CAPÍTULO 65 — MULTIVERSO 58: LOS MONJES Y EL MAESTRO QUE MEGA SUPERÓ
La nave descendió en un valle escondido entre montañas que parecían tocar el límite del cielo. El aire era fresco y limpio, y en el centro del valle se extendía un complejo de templos construidos con piedra blanca que brillaba suavemente con la luz del sol. Por todas partes se veían monjes, vestidos con túnicas sencillas de colores suaves, moviéndose con calma y silencio. Muchos estaban junto a grandes estanques de agua cristalina, lavando ropas, herramientas y objetos sagrados. No había prisa. No había ruido. Solo el sonido constante del agua y el murmullo suave de las conversaciones.
Cuando bajaron Texnolollir, Terrari, Perfección y la Reina Slime, uno de los monjes mayores se acercó a ellos con una sonrisa serena. Sabía quiénes eran. Sabía por qué habían venido.
EL MONJE MAYOR
— Bienvenidos. Sabíamos que llegarían. Aquí guardamos la memoria de los días en que Mega caminaba entre nosotros. Y hay algo que pocos saben, algo que guardamos como uno de nuestros tesoros más grandes.
EL ENTRENADOR DE MEGA
Se sentaron junto a uno de los estanques, donde el agua corría clara y fresca. Los monjes siguieron lavando sus cosas alrededor de ellos, sin detenerse, sin dejar de trabajar, pero escuchando atentamente cada palabra que se decía.
EL MONJE MAYOR
— Muchos creen que Mega nació siendo poderoso. Que lo sabía todo desde el primer momento. Pero no fue así. Al principio, él era inmenso, sí, pero no sabía cómo usar lo que tenía. Era como un niño que sostiene el sol en sus manos: no sabe que puede quemar, no sabe que puede iluminar. Y necesitaba a alguien que le enseñara. Alguien que supiera más que él. Alguien que pudiera guiarlo hasta que aprendiera a caminar solo.
TERRARI, inclinándose hacia adelante:
— ¿Quién fue? ¿Quién pudo enseñar al ser más poderoso que jamás existió?
EL MONJE MAYOR, con respeto en la voz:
— Se llamaba Infinity. Era un Espinosaurio humanoide, de color blanco puro. Sus escamas brillaban como la nieve recién caída, y sus ojos eran de un gris profundo, como el cielo antes de la tormenta. Era alto, imponente, y sin embargo se movía con una suavidad que hacía que ni siquiera el viento se atreviera a hacer ruido cuando él pasaba. No era de este multiverso. Vino de muy lejos, porque sintió que algo nuevo y grande estaba a punto de despertar. Y se ofreció a enseñarle.
EL ENTRENAMIENTO Y LA SUPERACIÓN
La Reina Slime, abrazada al brazo de Texnolollir, escuchaba con gran atención, sin apartar la vista del monje.
LA REINA SLIME
— ¿Y cómo era? ¿Cómo se entrena a alguien que puede ser todo?
EL MONJE MAYOR
— Infinity no le enseñó a golpear fuerte. No le enseñó a destruir. Le enseñó a contenerse. Le enseñó que el verdadero poder no se muestra cuando lo das todo, sino cuando sabes cuánto guardar. Le enseñó a controlar cada forma que tenía dentro, cada fuerza, cada habilidad. Le enseñó a ser agua que se adapta, viento que no se rompe, tierra que sostiene sin quejarse. Durante siglos entrenaron juntos. Nadie sabe todo lo que hicieron. Nadie vio todas las lecciones. Pero todos los que los vieron alguna vez… sabían que estaban presenciando algo que no se repetiría jamás.
Hizo una pausa, y una sonrisa tranquila se formó en sus labios.
EL MONJE MAYOR
— Pero llegó el día. Un día que Infinity sabía que llegaría desde el primer momento en que aceptó enseñarle. Mega lo estaba superando. Cada día era más rápido, más fuerte, más sabio. Y no porque quisiera, sino porque así era como funcionaba: él estaba hecho de todo, y cuando aprende de alguien, lo supera. Absorbe la lección y va más allá.
PERFECCIÓN
— ¿Y cómo reaccionó Infinity? ¿Se enojó? ¿Se sintió amenazado?
EL MONJE MAYOR
— Al contrario. Estaba orgulloso. Un día, estaban en el campo de entrenamiento, y Mega lanzó un golpe, o tal vez fue simplemente un movimiento, y en ese instante Infinity se detuvo y dijo: "Ya no tengo nada más que enseñarte. Lo que eres ahora… ya está más allá de lo que yo puedo ser. Y eso es lo que siempre quise para vos". Y desde ese día, Mega ya no fue su alumno. Fue su igual. Y después… fue más grande. Pero nunca lo olvidó. Siempre lo respetó. Siempre lo trató como a su maestro. Incluso cuando gobernaba todos los multiversos, si Infinity aparecía, Mega se inclinaba primero.
LA DESPEDIDA DE INFINITY
TEXNOLOLLIR lo miró con profundo respeto.
TEXNOLOLLIR
— ¿Dónde está Infinity ahora? ¿Sigue vivo?
EL MONJE MAYOR bajó la mirada, y por primera vez se le vio un poco de tristeza.
EL MONJE MAYOR
— Cuando Mega desapareció… cuando sentimos que ya no estaba… Infinity se fue. No dijo adiós. No hizo ruido. Simplemente una mañana no estaba. Se dice que se fue a los confines más lejanos de la creación, esperando. Esperando a que alguien encuentre a Mega, o a que alguien lo encuentre a él. O tal vez… esperando el momento en que tenga que volver a enseñar.
Los monjes siguieron lavando sus cosas, el agua corría, y el silencio volvió a llenar el valle. Pero ya no era un silencio vacío. Era un silencio lleno de historias, de lecciones, de un maestro blanco que había formado al ser más grande de todos, y que había aceptado ser superado con amor y orgullo.
LA REINA SLIME, susurrándole al oído a Texnolollir:
— ¿Ves? Hasta el más grande necesitó a alguien que le enseñara. Y hasta el más grande terminó superando a su maestro. Eso es lo que pasa cuando uno aprende de verdad: termina yendo más lejos que quien lo guió. Y eso… eso es lo que un maestro quiere que pase.
Texnolollir asintió, mirando hacia las montañas, imaginando a ese Espinosaurio blanco caminando por algún lugar lejano, esperando.
TEXNOLOLLIR
— Si algún día lo encontramos… le vamos a decir que su alumno no lo olvidó. Y que lo que enseñó… sigue vivo.
Y con eso, se despidieron de los monjes, subieron a la nave, y dejaron atrás el valle del silencio y el agua clara, llevando consigo la historia de Infinity: el maestro que hizo posible que Mega fuera quien fue.