CAPÍTULO 67 — MULTIVERSO 60: LA HUMILLACIÓN QUE NO NECESITÓ UN SOLO GOLPE
La nave descendió en un multiverso que temblaba desde sus cimientos. El cielo se rasgaba en cortinas de luz oscura, el suelo se abría y cerraba como si respirara con dificultad, y por todas partes, seres de mil mundos diferentes se habían congregado, atraídos por una presencia que hacía que el tiempo mismo se detuviera. Habían venido porque sabían que algo histórico estaba por suceder. Y lo que vieron superó todo lo que jamás hubieran podido imaginar.
En el centro de ese mundo, frente a todos, estaban Domi e Infinity.
LOS DOS EN EL CAMPO DE BATALLA
Domi era imponente. Su presencia pesaba tanto que las estrellas a su alrededor se apagaban. Cada movimiento suyo hacía que la realidad se doblara como tela. Era el ser más poderoso que todos conocían, el que había derrotado a Mega, el que gobernaba todo sin que nadie se atreviera a mirarlo a los ojos. Y frente a él, de pie, sereno, sin ninguna arma, sin ninguna armadura, estaba Infinity.
El Espinosaurio humanoide de color blanco puro brillaba con una luz suave que no venía de ninguna fuente, sino de su propio cuerpo. Sus escamas eran como nieve eterna, y sus ojos grises miraban a Domi con una calma tan profunda que parecía que no estaba viendo a un enemigo, sino a un niño que hacía un berrinche. No se movía. No se preparaba. No adoptaba ninguna postura de combate. Simplemente estaba ahí. De pie. Esperando.
DOMI ATACA Y NO PASA NADA
Domi rugió, y ese rugido hizo que galaxias enteras vibraran en la distancia. Levantó la mano y lanzó un ataque que habría borrado multiversos enteros en un instante. Una ola de energía destructiva, la misma que había acabado con Mega, la misma que nadie había podido detener. Y golpeó a Infinity de lleno.
La explosión fue inmensa. Todo quedó envuelto en luz cegadora. Los seres que miraban cerraron los ojos, convencidos de que ahí terminaba todo. Pero cuando la luz se disipó… Infinity seguía en el mismo lugar. En la misma postura. Sin un solo rasguño. Sin siquiera haberse movido un milímetro.
Domi lo miró con incredulidad y atacó de nuevo. Y otra vez. Y otra vez. Golpes que rompían el espacio. Rayos que atravesaban dimensiones. Explosiones que convertían la materia en nada. Golpeó con puños que habrían aplastado soles. Golpeó con fuerzas que nadie podía nombrar. Y cada golpe caía sobre Infinity… y nada pasaba.
Infinity no se defendía. No bloqueaba. No esquivaba. Simplemente recibía cada ataque, de pie, sereno, como si le cayeran hojas del otoño encima. Su cuerpo no se movía. Su respiración no se aceleraba. Sus ojos seguían fijos en Domi con esa misma calma infinita.
Minutos pasaron. Horas tal vez. Domi, el ser más temido de todos los tiempos, golpeaba con todo lo que tenía, con toda su furia, con todo su poder… y el que estaba frente a él ni siquiera se inmutaba. La tierra se hundió kilómetros a la redonda por la fuerza de los ataques, pero el pequeño espacio donde Infinity estaba de pie seguía intacto. Ni una piedra se movía bajo sus pies. Ni una sola escama suya se había desprendido.
LA HUMILLACIÓN
Los seres que miraban desde lejos no podían creer lo que veían. Habían venido esperando una batalla legendaria, un choque de poderes que reescribiría la existencia. Pero lo que estaban viendo era algo mucho más grande: era una humillación.
Domi daba lo mejor de sí mismo. Se esforzaba. Sudaba. Gritaba. Se desesperaba. Y su oponente ni siquiera levantaba las manos. No necesitaba hacerlo. Su sola presencia era suficiente para que nada pudiera tocarlo. Cada golpe que Domi lanzaba y no hacía nada… era una bofetada más fuerte que cualquier devolución. Cada segundo que pasaba sin que Infinity se moviera… le decía a Domi: "Tu poder no es nada frente a mí. Y yo ni siquiera me estoy molestando en usarlo".
Terrari, que miraba desde la nave junto a Texnolollir, Perfección y la Reina Slime, tenía la respiración contenida.
TERRARI
— Es… es increíble. Domi hace todo lo que puede. Y para Infinity no es ni siquiera un esfuerzo.
PERFECCIÓN, con la voz baja y seria:
— Mis cálculos ya no pueden medirlo. Cada ataque de Domi debería haberlo destruido mil veces. Y no hay ninguna barrera visible, ningún escudo, ninguna técnica. Simplemente… no le afecta. Su existencia misma está por encima del poder de Domi.
La Reina Slime miraba a Infinity con los ojos brillantes, apretada al brazo de Texnolollir.
LA REINA SLIME
— ¿Se dan cuenta de lo que está haciendo? Podría destruirlo con un solo pensamiento. Pero no lo hace. Solo está ahí. Dejando que Domi se desgaste solo. Y eso… eso es lo que más le duele.
LA DECISIÓN DE DOMI
Finalmente, Domi se detuvo. Estaba cansado. Respiraba con dificultad. Sus manos temblaban. Y miró a Infinity, que seguía ahí, igual que al principio, sin una sola marca, sin una sola señal de que hubiera recibido miles de ataques capaces de borrar la realidad.
En los ojos de Domi se vio algo que nadie jamás había visto: miedo. Se dio cuenta. Entendió. Todo ese tiempo, todo ese esfuerzo, toda esa furia… y no había logrado absolutamente nada. No había movido ni un centímetro a su oponente. No había logrado ni siquiera hacerlo parpadear. Y entendió algo que lo llenó de terror: Infinity no estaba tratando de ganar. Estaba demostrándole que Domi nunca tuvo nada contra él.
No dijo una palabra. No gritó. No lanzó una amenaza. Simplemente, con un gesto de frustración y vergüenza que sacudió todo el multiverso, se teletransportó y desapareció. Huyó. Se fue al multiverso 101, ese lugar donde pensaba estar a salvo, lejos de esos ojos grises que lo veían tal como era: poderoso, sí, pero nada comparado con lo que tenía enfrente.
EL SILENCIO DESPUÉS
Cuando Domi se fue, Infinity no lo siguió. No dio un paso. No lo persiguió. No dijo ni una sola palabra de triunfo. Simplemente miró el lugar donde Domi había estado, y luego miró a todos los seres que observaban, y con una mirada llena de una sabiduría inmensa, les hizo saber sin necesidad de hablar: "No es el momento. Aún no es el momento".
Y entonces, Infinity desapareció. No se teletransportó con un destello ni con un ruido. Simplemente… dejó de estar ahí. Como si siempre hubiera sido parte del aire, y simplemente se hubiera mezclado con él. Se fue a otro lugar, lejos, esperando como siempre, dejando atrás a todos los que habían visto lo que nadie creía posible.
LO QUE QUEDÓ
Los seres que habían presenciado todo se quedaron en un silencio profundo, abrumados, sin poder procesar lo que habían visto. No hubo batalla. No hubo choque. No hubo sangre. Y sin embargo, fue la derrota más completa que jamás había sufrido Domi. No necesitó que nadie lo golpeara. No necesitó que nadie lo lastimara. Simplemente, al ver que todo su poder no servía para nada… él mismo se rindió y huyó.
Texnolollir miró el lugar donde Infinity había estado de pie todo ese tiempo, y entendió la verdad más grande de todas: el poder más grande no es el que destruye. Es el que se queda quieto y hace que todo lo demás se vea pequeño a su lado.
TEXNOLOLLIR
— Lo humilló sin siquiera tocarlo. Le demostró que podía destruirlo cuando quisiera… y eligió no hacerlo. Eso es más poderoso que cualquier golpe.
LA REINA SLIME
— Y lo más impresionante… es que no se quedó para que lo aplaudieran. No se quedó para que lo adoraran. Simplemente se fue. Como si nada hubiera pasado. Como si para él… eso fuera lo más normal del mundo.
Y así, el multiverso 60 se quedó en silencio, con la huella imborrable de esa presencia blanca que había demostrado a todos que el ser más temido de todos los tiempos… no era tan poderoso después de todo. Y que el verdadero poder… siempre había estado esperando en las sombras, sin que nadie lo supiera.