Texnolollir

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CAPÍTULO 68 — MULTIVERSO 61: LA CONEJA Y EL GIGANTE DE GOMA
La nave descendió en un mundo que ya no era mundo. No había montañas, ni ríos, ni árboles. Lo que quedaba era polvo y silencio. El suelo estaba agrietado como si alguien lo hubiera pisado con demasiada fuerza, y el cielo no tenía color: era una mancha desvaída, como si la luz misma hubiera decidido irse. No había ruido de batalla. No había gritos. Solo la sensación de que todo lo que alguna vez vivió ahí, simplemente… se había detenido.
Texnolollir, Terrari, Perfección y la Reina Slime bajaron en medio de esa inmensidad vacía. El aire era pesado. Se sentía como caminar dentro de un recuerdo que se está olvidando.
TERRARI, mirando a su alrededor:
— No hay restos de pelea. No hay marcas de armas. Simplemente… todo dejó de existir. Como si alguien hubiera pasado por acá y con solo estar ahí, lo hubiera borrado todo.
PERFECCIÓN, con voz seria:
— Fue Domi. No necesitó pelear. No necesitó atacar. Simplemente pasó. Y el multiverso no pudo soportar su presencia. Eso es todo.
LOS DOS QUE QUEDARON
En medio de esa inmensidad vacía, no estaban solos. A lo lejos, brillando con una luz suave que se movía rítmicamente como un latido, había dos figuras. Una era pequeña, ágil, moviéndose con una gracia que parecía fuera de lugar en un mundo destruido. La otra era enorme. Seis metros de altura, ancho como una montaña, de color gris con el vientre blanco, de pie, firme, inmóvil, como si nada en todo el universo pudiera hacerlo caer.
Cuando se acercaron, vieron claramente a la primera: Francesca. Era una coneja humanoide, de pie, con orejas largas y expresión serena. Su cuerpo era hermoso y extraño: partes de ella eran de un blanco puro como la nieve, y otras estaban manchadas de un rosa suave y cálido, como si la misma vida la hubiera pintado con dos colores para que no se pareciera a nadie más. No era gelatinosa como la Reina Slime. Era sólida. Firme. Se veía como hecha de algo más denso, más real, como si nada pudiera atravesarla. Y sin embargo, sus ojos brillaban con una sabiduría que parecía venir de mucho más allá de ese mundo.
Junto a ella estaba el gigante. No tenía nombre que supieran, pero su presencia lo decía todo. Era ancho, robusto, de piel que parecía hecha de goma viva. Se movía lento, tranquilo, y cada vez que respiraba, su cuerpo se estiraba y volvía a su forma como si nada pudiera dejarle marca.
LA ESFERA Y EL SECRETO DE LAS CIENTO UNO
Francesca los saludó con una sonrisa que no encajaba en ese lugar de ruina y silencio. Tenía en sus manos una esfera, pequeña, brillante, que latía como si tuviera corazón propio.
FRANCESCA
— Bienvenidos. Sabía que vendrían. Este lugar suele espantar a la mayoría. Pero a mí… a mí me parece triste, no aterrador.
Texnolollir miró la esfera que sostenía con cuidado, como si fuera lo más valioso que existía.
TEXNOLOLLIR
— ¿Qué es eso? ¿Y por qué están acá? Este multiverso… fue destruido por Domi, ¿no es así?
FRANCESCA
— Sí. Pasó. No se detuvo. No miró. Y todo lo que vivía aquí… se acabó. Pero no todo se fue. —Ella acarició la esfera con suavidad—. Esto es lo que quedó. No es energía. No es alma. Es la esencia de este multiverso. Y no es la única. En cada multiverso que Domi destruyó, quedó una esfera igual a esta. Las hay escondidas. Las hay perdidas. Pero todas están ahí, esperando.
LA REINA SLIME, acercándose con curiosidad:
— ¿Esperando qué?
FRANCESCA, mirándolos a todos con seriedad:
— Hay ciento un esferas. Una por cada multiverso que él gobernó y cuidó. Si alguien logra juntar las ciento un esferas y unirlas… Mega volverá a la vida.
Un silencio profundo cayó sobre todos. Terrari dio un paso atrás, asombrado. Perfección procesó la información y por un momento no supo qué decir. Y Texnolollir sintió que todo el camino que habían recorrido tomaba de golpe un sentido que no había imaginado.
TEXNOLOLLIR
— ¿Es posible? ¿De verdad?
FRANCESCA
— Es difícil. Muy difícil. Pero es posible. Y por eso estamos acá. Juntándolas. Una por una.
EL GIGANTE DE GOMA
En ese momento, un sonido profundo y grave llenó el aire. El gigante movió la cabeza, y su voz sonó como tierra que se mueve despacio.
EL GIGANTE
— Nadie puede lastimarme. Lo que golpea, se queda adentro. Y vuelve. Cien veces más fuerte.
Francesca asintió, poniendo una mano sobre el brazo del gigante, que se deformó suavemente bajo su toque y luego recuperó su forma.
FRANCESCA
— Él es indestructible. No porque tenga una armadura dura. Sino porque su cuerpo absorbe todo lo que le tiran. Si lo golpeás, el golpe entra, se queda adentro, y él te lo devuelve multiplicado. Mientras más fuerte lo ataques… más fuerte te lo devuelve. Por eso caminamos entre mundos rotos. Nadie puede detenernos. Y nada puede romperlo.
Para demostrarlo, tocó el brazo del gigante con su dedo. La piel se hundió suavemente, como goma elástica, y luego volvió a su forma sin dejar ni una marca.
FRANCESCA
— Es como si estuviera hecho de la materia más resistente que existe… pero suave. No se rompe. No se quiebra. Simplemente… recibe. Y devuelve.
EL ESPÍRITU QUE NO MUERE
Entonces Francesca se sentó sobre una roca que todavía estaba en pie, y su expresión se volvió más seria, más profunda, como si fuera a contar algo que muy pocos saben.
FRANCESCA
— Y ahora les voy a contar algo que casi nadie conoce. Algo que me hace diferente a casi todos los seres de todos los multiversos.
Se miró las manos, y la esfera brilló entre sus dedos.
FRANCESCA
— Si me destruyen el cuerpo… no muero. Mi espíritu sigue existiendo. Pero hay algo más. Si alguien destruye tu espíritu… si te borran completamente, hasta lo más profundo de lo que sos… vas a parar en un lugar. Nadie sabe de ese lugar. Nadie ha vuelto para contarlo. Pero yo sí.
Todos se inclinaron hacia adelante. La Reina Slime apretó el brazo de Texnolollir, con los ojos muy abiertos.
FRANCESCA
— Ese lugar es completamente blanco. No hay cielo. No hay suelo. No hay nada. No hay dolor, no hay alegría, no hay tiempo. Es simplemente… vacío. Un mundo en blanco donde flotás para siempre, sin saber quién sos, sin saber de dónde venís. La mayoría de los seres que llegan ahí… se quedan. Se olvidan. Se vuelven parte del blanco. Y ya no vuelven. Pero yo… yo aprendí algo. Descubrí que ese lugar no es una prisión. Es solo un paso más. Y sé cómo salir. Sé cómo volver.
TERRARI, con voz temblorosa:
— ¿Volver de la nada misma? ¿De donde no hay nada?
FRANCESCA, asintiendo con calma:
— Sí. Porque incluso en ese lugar blanco… hay algo que no se puede borrar. Algo que llevás adentro y que ni la nada puede apagar. Si sabés encontrarlo… si sabés escucharlo… podés volver. Podés reconstruirte. Podés volver a la vida. Y yo lo hice. Más de una vez. Por eso sigo acá. Por eso no me pueden destruir del todo. Pueden borrar mi cuerpo. Pueden romper mi espíritu. Pero yo sé el camino de regreso.
EL CIERRE
Francesca se levantó, guardó la esfera en un pequeño recipiente que llevaba consigo, y miró a Texnolollir con esos ojos que parecían ver mucho más de lo que mostraba.
FRANCESCA
— Ya tenemos muchas esferas juntadas. Pero faltan muchas más. Y Domi sabe que las estamos buscando. Va a intentar detenernos. Va a intentar destruirlas. Y si lo hace… Mega no volverá nunca.
Miró al gigante, que la miraba con una calma infinita, y luego volvió a mirarlos a ellos.
FRANCESCA
— Pero no estamos solos. Ahora los tenemos a ustedes. Y sé que juntos… podemos llegar a las ciento una. Y cuando las tengamos todas… vamos a llamarlo. Y él va a volver.
La Reina Slime se acercó a Francesca, y por primera vez en mucho tiempo, no hizo bromas, no saltó, no hizo porras. Simplemente la miró con respeto.
LA REINA SLIME
— Vos podés volver de donde no hay nada… eso es más fuerte que cualquier poder que conozcamos.
FRANCESCA, sonriendo suavemente:
— No es poder. Es saber que siempre hay un camino de regreso. Incluso cuando todo parece perdido. Incluso cuando te quedás solo en el blanco absoluto.
Y mientras la nave se preparaba para partir, dejando atrás ese mundo destruido pero llevando consigo la esperanza de las esferas, todos entendieron algo: la esperanza de que Mega volviera no era solo un sueño. Era algo que ya estaba en marcha. Y al frente de todo… había una coneja de blanco y rosa, y un gigante de goma que devolvía el daño cien veces más fuerte.




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