Texnolollir

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CAPÍTULO 69 — MULTIVERSO 62: LOS SERES DE SANGRE Y EL AGUJERO NEGRO DE FRANCESCA
La nave descendió en un mundo que no tenía suelo firme. Todo estaba cubierto por un líquido rojo, espeso y oscuro, que se movía como si tuviera pulso. El cielo era del mismo color, como si el aire mismo se hubiera transformado en sangre. No había sol, ni estrellas, ni horizonte. Solo una inmensidad roja que respiraba. Y de todas partes, desde el suelo, desde el aire, desde las sombras que no existían, empezaron a formarse figuras.
Eran seres hechos completamente de sangre. No tenían forma fija. Un momento parecían personas con brazos y piernas, al siguiente se convertían en bestias deformes, en tentáculos, en sombras que chorreaban ese líquido rojo. Miles de ellos. Decenas de miles. Y todos tenían los ojos fijos en Texnolollir y su grupo. No gritaban. No hacían ruido. Simplemente se movían. Y todos querían una sola cosa: matarlos.
LA PELEA QUE NO TERMINABA
La batalla comenzó de inmediato. Terrari se transformó en su forma Calamity y lanzó rayos que habrían borrado montañas. Los seres de sangre se hacían pedazos, se desintegraban en gotas rojas… y antes de que la última gota tocara el suelo, se volvían a juntar. Se reconstruían. Volvían a levantarse, iguales, intactos, como si nada hubiera pasado.
Perfección lanzó ataques de energía pura que los reducían a vapor. El humo rojo subía al cielo… y minutos después, llovía sangre de nuevo, y ahí estaban otra vez, mirándolos, avanzando.
Texnolollir usó cada técnica, cada runa, cada arma que conocía. Los cortaba en mil pedazos, los quemaba, los congelaba, los destrozaba. Y cada vez, sin excepción, volvían. Como el agua que se rompe y se vuelve a formar. Como el vapor que se convierte en lluvia. Era imposible destruirlos. No importaba cuánto los golpearan, cuánto esfuerzo pusieran, cuánto poder descargaran sobre ellos. Siempre volvían. Siempre más. Siempre iguales.
Horas pasaron. El cansancio empezó a pesarles. Terrari respiraba con dificultad. Perfección procesaba cálculos una y otra vez buscando una debilidad que no existía. La Reina Slime absorbía a docenas de ellos a la vez, pero mientras tragaba a unos, cientos más tomaban su lugar.
— ¡No se acaban nunca! —gritó la Reina Slime, golpeando a uno que se reformaba justo después de que ella lo había hecho pedazos—. ¡Los rompo y vuelven! ¡Es como pelear contra el mar!
Texnolollir cortó a tres de un solo golpe, viendo cómo se deshacían en el aire y se rearmaban antes de tocar el suelo.
— No mueren —dijo él, con voz tensa—. No importa qué les hagamos. No hay nada que destruir. Son como un fluido. Si separás las partes, se vuelven a juntar.
La desesperación empezaba a crecer. Los rodeaban por todos lados. Estaban cada vez más cerca. Ya no había espacio para moverse. Cada golpe que daban parecía inútil. Cada victoria duraba un segundo antes de que el mismo enemigo volviera a estar ahí. Era una pelea que no tenía fin. Y sabían que si seguía así, tarde o temprano… iban a caer.
LA LLEGADA
Y justo cuando todo parecía perdido, cuando ya no sabían qué más hacer, se escuchó algo entre los sonidos de la batalla. No era un grito. No era un ataque. Era una risa. Suave, clara, que se abría paso entre el ruido de la sangre moviéndose.
Todos miraron hacia un lado. Y ahí estaban.
Francesca avanzaba con paso tranquilo entre los seres de sangre. A su lado venía su compañero: otro conejo humanoide, de la misma especie, con orejas largas y postura serena, pero mucho más grande que ella. Era alto, imponente, con pelaje espeso y fuerte, caminando con pasos firmes que hacían temblar suavemente el suelo rojo. Eran dos seres distintos, pero se movían con una sincronía perfecta, como si hubieran caminado juntos desde siempre.
Avanzaron entre los seres de sangre como si nada pudiera tocarlos. Los enemigos se abalanzaban sobre ellos… y simplemente pasaban de largo, como si no pudieran verlas, como si no pudieran alcanzarlos. El conejo más grande, con su tamaño imponente, caminaba al lado de Francesca sin necesidad de pelear, solo con su presencia hacía que los seres de sangre se apartaran instintivamente.
Francesca se detuvo a pocos metros de ellos, miró a los seres que seguían rodeándolos, y negó con la cabeza con una sonrisa tranquila.
— Qué molestos, ¿verdad? —dijo ella, como comentando el clima—. Siempre hacen lo mismo. Los rompés y vuelven. Los quemás y vuelven. Como el agua. Nunca se les ocurre que hay formas más fáciles de resolver esto.
LA TÉCNICA DEL AGUJERO NEGRO
Antes de que nadie pudiera responder, Francesca levantó una mano. No cargó energía. No gritó el nombre de ningún ataque. Simplemente extendió los dedos en el aire, y en el centro de la multitud de seres de sangre, apareció algo. Un punto pequeño, oscuro, que no era parte de ese mundo rojo. Un agujero negro. Pequeño al principio, pero que creció rápido, con una gravedad que lo arrastraba todo.
Los seres de sangre intentaron resistir. Se aferraron al suelo. Se hicieron pesados, sólidos, intentaron no moverse. Pero no pudieron. El agujero los jalaba. Y como eran fluidos, como no tenían forma fija, no pudieron resistir. Fluyeron hacia él. Miles de ellos, decenas de miles, se derramaron como ríos rojos hacia ese punto oscuro que los esperaba. Uno tras otro, todos, sin excepción, fueron siendo absorbidos. Se metían adentro, se perdían en la oscuridad, y no volvían a salir.
No podían regenerarse. No podían reconstruirse. Porque no estaban destruidos: estaban contenidos. Guardados. Encerrados en un lugar del que no podían escapar.
En cuestión de minutos, el campo de batalla quedó vacío. No quedó ni una gota de sangre en ningún lado. Todo ese ejército interminable había desaparecido dentro de ese pequeño agujero que flotaba en la palma de la mano de Francesca.
EL CIERRE
Entonces, Francesca miró a todos, que la miraban sin palabras, con la boca abierta, sin poder creer lo que acababan de ver. Y simplemente… chasqueó los dedos.
El agujero negro se cerró. Desapareció. Como si nunca hubiera existido. Y con él, todos esos seres que habían sido imposibles de destruir.
Francesca soltó una risa suave, como si nada de eso hubiera sido gran cosa, mientras su compañero, el conejo más grande, se acercaba a ella y asentía con una sonrisa tranquila, orgulloso de verla actuar.
— Ya está —dijo ella, sacudiéndose un poco la manga de su ropa—. A veces hay que buscar la forma más simple. Si no podés destruirlos… simplemente los llevás a otro lado. ¿No?
La Reina Slime fue la primera en reaccionar, acercándose todavía asombrada.
— ¡Eso fue… increíble! —dijo—. Luchamos horas y horas y vos lo resolviste en un segundo.
FRANCESCA, sonriendo:
— A veces el problema no es cómo romperlo, sino dónde ponerlo. Si no se puede destruir… se lo encierra. Y listo.
Texnolollir la miró con respeto, sabiendo que acababan de ver algo que iba a quedarse grabado en su memoria para siempre.
— Gracias —dijo él—. Estábamos empezando a pensar que no había salida.
FRANCESCA
— Siempre hay salida. Solo hay que saber mirar bien. Y ahora… ¿nos vamos? Que seguro en el próximo multiverso nos están esperando las esferas.
Y así, entre risas y la tranquilidad de quien sabe exactamente de qué es capaz, subieron todos a la nave, dejando atrás ese mundo de sangre que ahora… estaba completamente limpio.




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