CAPÍTULO 70 — MULTIVERSO 63: EL DIOS GLOTÓN Y LOS SERES DEL TAMAÑO DE UNA PELOTA DE PING PONG
La nave descendió suavemente en un mundo que parecía hecho de algodón y luz. El suelo era suave, de un color crema cálido, y el cielo brillaba con un tono dorado que no venía de ninguna estrella, sino que parecía emanar del propio aire. No había montañas altas ni ríos caudalosos. Todo era suave, redondo, acogedor. Y por todas partes, esparcidos por cada rincón de ese mundo, había seres diminutos, del tamaño exacto de una pelota de ping pong. Eran redonditos, suaves, con ojitos grandes y curiosos, y se movían dando pequeños saltitos o rodando despacio.
Cuando la inmensa nave aterrizó, esos seres se detuvieron todos a la vez. Miles de pares de ojitos se abrieron de par en par. Y en silencio, sin hacer ruido, se acercaron despacio, escondiéndose unos detrás de otros, asomándose entre las hierbas redondas y las flores suaves, mirando esa nave enorme que parecía una montaña caída del cielo. Estaban completamente indefensos. No tenían armas. No tenían poderes. No sabían pelear. Solo miraban. Con miedo, sí, pero también con una curiosidad inmensa.
QUIÉN ES ÉL
Bajaron Texnolollir, Terrari, Perfección, la Reina Slime, Francesca y su compañero. Y mientras los demás se preparaban para explorar, el compañero de Francesca se detuvo, se sacudió un poco el pelaje, y con una voz profunda y sonora que hizo que los seres diminutos se quedaran quietos como estatuas, habló:
— Permítanme presentarme. Muchos me conocen, pero pocos saben quién soy realmente. Yo soy el Tío de Francesca. Y soy conocido como el Dios Glotón.
Todos lo miraron sorprendidos. Francesca negó con la cabeza, sonriendo como quien ve a un familiar haciendo una de las suyas.
FRANCESCA
— Ahí va de nuevo… no le hagan caso, siempre se presenta así. Pero bueno… es verdad. Es mi tío. Y sí, es el Dios Glotón.
El Dios Glotón se acomodó, con su gran cuerpo de conejo imponente, y siguió hablando con orgullo:
— No soy cualquier ser. En mi época, yo desafié a todos los seres que existían. A dioses, a reyes, a creadores, a destructores. A todos. ¿Y saben qué pasó? Nadie pudo contra mí. Nadie pudo detenerme. Porque mi cuerpo no es como el de los demás. Es como si fuera de goma: todo lo que me lanzan, lo que sea, entra en mí y lo absorbo. Rayos, magia, golpes, energía, incluso el tiempo mismo… todo se queda adentro. Y cuanto más fuerte me atacan, más poderoso me vuelvo, porque todo ese poder lo recibo y lo hago mío. Por eso me llaman el Dios Glotón. No porque coma comida. Porque absorbo todo lo que se atreve a enfrentarme. Nadie pudo romperme. Nadie pudo lastimarme. Soy indestructible. Y cuanto más me golpeaban… más fuerte se volvía yo. Al final… nadie se atrevía a pelear contra mí. Porque sabían que cuanto más fuerte golpearan, más poderoso se volvía yo.
PERFECCIÓN, analizándolo con interés:
— ¿Desafió a todos los seres? ¿A todos sin excepción?
EL DIOS GLOTÓN
— A todos. Uno por uno. Juntos. Como quieran. Nadie pudo hacerme mella. Si me lanzaban un rayo, mi cuerpo lo absorbía. Si me golpeaban, el golpe se hundía en mí y se perdía. Si intentaban borrarme, el poder que intentaba borrarme entraba y se quedaba adentro. Y nada me dejaba marca. Nada me rompía. Soy indestructible. Y todo lo que me lanzaban… se volvía mi fuerza.
La Reina Slime lo miró con los ojos brillantes de admiración.
LA REINA SLIME
— ¡Eso es increíble! O sea… cuanto más te atacan, más te alimentás de eso. ¡Es como yo! Pero vos… lo hacés con todo. Y además nada te puede romper.
EL DIOS GLOTÓN, sonriendo con orgullo:
— Exactamente, jovencita. Por eso cuando nació mi sobrina Francesca, yo fui quien la guió. Yo le enseñé que la fuerza no siempre es romper cosas. A veces… es saber recibirlas. Dejarlas entrar. Y saber qué hacer con ellas una vez que las tenés adentro.
LA EXPLORACIÓN Y LOS HABITANTES
Mientras hablaban, los seres diminutos del tamaño de pelotas de ping pong se fueron acercando un poco más. Ya no tenían tanto miedo. Uno de ellos, el más atrevido, rodó hasta los pies del Dios Glotón y miró hacia arriba, con la cabecita totalmente inclinada para poder verle la cara. El Dios Glotón se agachó con cuidado, con una delicadeza que no se esperaba de alguien tan grande y poderoso, y le habló bajito:
— No tengan miedo. No venimos a lastimarlos. Venimos buscando algo. ¿Nos ayudan?
Ese pequeño ser asintió con energía y se volvió hacia los demás, haciendo señas con sus bracitos diminutos. Y de golpe, todos esos seres redonditos empezaron a moverse rápido, rodando y saltando, guiándolos hacia el centro de ese mundo. No hablaban con palabras, pero se entendían perfectamente. Se les veía amables, curiosos, y ahora que sabían que no venían a hacerles daño, estaban felices de poder ayudar.
Caminaron juntos durante horas. Atravesaron praderas de hierba suave, cruzaron ríos de agua cristalina que cantaba al correr, y subieron colinas redondas desde donde se veía todo el mundo. Los seres diminutos iban adelante, señalando con sus manitas, mostrándoles cada rincón, cada piedra, cada planta. No tenían nada que ocultar. Eran completamente abiertos, completamente sinceros, completamente… pequeños e indefensos. Y sin embargo, había algo en ellos que hacía que todos se sintieran tranquilos.
LA BÚSQUEDA DE LA ESFERA
Al llegar al punto más alto de la colina más grande, los seres diminutos se detuvieron y señalaron hacia una pequeña cueva que se abría suavemente en la ladera. No era oscura ni aterradora. Estaba llena de luz dorada que salía de adentro.
Texnolollir fue el primero en entrar. Y en el centro de esa cueva, sobre un pedestal de piedra lisa y redonda, descansaba la esfera. Brillaba con una luz suave que cambiaba de tono lentamente, como respirando. Era la esencia de ese multiverso, la que faltaba para completar las ciento una.
Pero cuando se acercaron, notaron algo extraño. La esfera no estaba quieta del todo. Tenía un pequeño temblor constante. Como si tuviera frío. Como si estuviera esperando.
FRANCESCA, acercándose con cuidado:
— Está asustada. Siente que la buscan. Siente que Domi podría llegar en cualquier momento.
EL DIOS GLOTÓN, entrando detrás de ella:
— No va a dejar que nadie se la lleve fácil. Pero no se preocupen. Si alguien viene… yo me ocupo. Que venga. Que me ataque. Que haga lo que quiera. Que me lance todo lo que tenga. Mi cuerpo lo absorbe todo. Y cuanto más fuerte me golpee… más fuerte me vuelvo yo. Y no me puede romper. Soy indestructible.
Francesca tomó la esfera entre sus manos. Al tocarla, el temblor se detuvo. La esfera brilló con más fuerza, como si reconociera que estaba a salvo. Y en ese instante, todos los seres diminutos que estaban afuera soltaron un grito de alegría, un sonido suave como campanitas, sabiendo que lo más valioso que tenían estaba a salvo.
EL CIERRE
Antes de subir a la nave, el Dios Glotón se agachó una vez más frente a todos esos seres pequeños que lo miraban con admiración.
EL DIOS GLOTÓN
— Gracias. Gracias por cuidarla hasta que llegáramos. Nadie los hubiera culpado si la hubieran escondido o si hubieran huido. Pero la cuidaron. Y eso… eso vale más que cualquier poder.
Se levantó, se acomodó la ropa con aire importante, y les dijo a todos mientras subían a la nave:
— Y acuérdense: si algún día viene alguien malo, alguien poderoso que quiera hacerles daño… manden a decirle al Dios Glotón. Que venga. Que me desafíe. Que me ataque con todo lo que tenga. Yo lo espero. Mi cuerpo lo absorbe todo. Y cuanto más fuerte golpee… más fuerte me vuelvo. ¡Jajaja!
Francesca le dio un empujón suave con el codo, sonriendo:
— Tío, no te jactes tanto. Sabés que no es para tanto.
EL DIOS GLOTÓN, riéndose:
— ¡Es para tanto! ¡Yo desafié a todos los seres que existieron! ¡Nadie pudo conmigo! ¡Nadie pudo romperme! ¡Es para tanto!
Y mientras la nave se alejaba, dejando atrás ese mundo suave y dorado, los seres diminutos se quedaron mirando hacia arriba, con sus ojitos grandes, sabiendo que habían visto a alguien que era más grande que todos ellos, pero que había sido más suave que todo lo que conocían. Y sabían también que ahora, la esfera que habían cuidado con tanto amor, estaba en manos de quienes sabían exactamente qué hacer con ella.