CAPÍTULO 76 — MULTIVERSO 69: EL DIOS DE LA DEFENSA ABSOLUTA Y LA PELEA QUE NADIE PODÍA GANAR
La nave descendió en un multiverso que parecía haber sido aplastado por una fuerza inmensa. El suelo estaba partido en profundas grietas de donde salía un humo gris y frío. Las montañas estaban derrumbadas, como si alguien las hubiera golpeado una por una hasta derribarlas. El cielo no tenía nubes, sino que estaba surcado de líneas oscuras que se cruzaban como cicatrices en la tela de la realidad. Y en medio de toda esa destrucción, había un silencio tan profundo que dolía en los oídos. No había viento. No había agua. No había vida. Solo el eco de una batalla que había terminado hacía poco.
Bajaron Texnolollir, Terrari, Perfección, la Reina Slime, Francesca, el Dios Glotón, Jaguar, Lirael y Kael. Apenas pusieron un pie en el suelo, sintieron que el aire mismo pesaba. Como si la gravedad de ese lugar hubiera aumentado, como si todo lo que había pasado ahí todavía dejara su huella.
EL GUERRERO QUE ESTABA POR CAER
En el centro de ese campo de ruinas, vieron a una figura. Estaba de pie, pero apenas. Era un ser inmenso, de una estatura que superaba cualquier edificio, cubierto de una armadura antigua que brillaba con un tono bronceado oscuro. En cada uno de sus brazos sostenía un escudo. No eran escudos comunes: eran enormes, redondos, hechos de un material que no se parecía a ningún metal conocido, grabados con runas que brillaban débilmente, como si estuvieran perdiendo su luz poco a poco. Era el Dios de la Defensa Absoluta. Y estaba a punto de morir.
Su cuerpo estaba lleno de heridas que no cerraban. Grietas profundas recorrían su armadura, y de ellas no salía sangre, sino una luz dorada que se filtraba despacio, como la arena de un reloj que se está acabando. Sus rodillas temblaban. Sus manos, que sostenían los escudos con firmeza desde hacía eones, empezaban a ceder. Y sin embargo… no se había caído. Seguía de pie. Porque incluso en sus últimos momentos, no podía rendirse.
TERRARI, con voz baja y llena de respeto:
— Mirenlo. Lo destruyeron por completo. Y aun así no se rinde. Sigue ahí.
PERFECCIÓN, escaneándolo con rapidez:
— Su energía vital está bajando a una velocidad impresionante. Si no hacemos algo ahora… en minutos se apaga por completo.
El Dios de la Defensa Absoluta los miró con ojos que pesaban como montañas. Su voz sonó como piedra rozando contra piedra, lenta, cansada, pero firme.
— Váyanse… —dijo—. Este lugar ya no tiene nada que ofrecer. Lo que pasó acá… ya terminó. No hay nada que puedan hacer.
LA CURA CON ONDAS SONORAS
Pero Texnolollir no se movió. Se quedó mirándolo, analizando cada herida, cada grieta, cada rastro de energía que se escapaba. Y de pronto, sus ojos se iluminaron.
— No se va a morir —dijo Texnolollir con seguridad—. Su cuerpo está roto, sí. Pero su esencia sigue ahí. Sigue entera. Solo necesita que la volvamos a unir. Y para eso… no necesito fuerza. Necesito ritmo. Necesito armonía.
La Reina Slime lo miró sin entender: — ¿Ritmo? ¿Qué vas a hacer?
Texnolollir levantó las manos. Y entonces comenzó a emitir un sonido. No era un grito. No era un ataque. Era una onda sonora, pura, precisa, calculada al milímetro. Una frecuencia que coincidía exactamente con la vibración natural del cuerpo del Dios de la Defensa Absoluta.
El sonido llenó todo el multiverso. No lastimaba. No empujaba. Simplemente… hacía vibrar todo a su paso. Y poco a poco, las grietas en la armadura del Dios de la Defensa Absoluta empezaron a cerrarse. La luz dorada que se escapaba dejó de salirse y volvió a meterse adentro. Las heridas se unieron. Su cuerpo se reacomodó. Las ondas sonoras entraban en cada parte de él, ordenándola, alineándola, devolviéndole la forma que tenía antes. Como si el sonido mismo fuera el pegamento que lo sostenía todo.
Minutos pasaron. Y cuando el sonido se detuvo, el Dios de la Defensa Absoluta ya no estaba a punto de caer. Estaba de pie. Fuerte. Entero. Sus ojos brillaban con la misma intensidad de siempre. Miró sus manos, miró sus escudos, y luego miró a Texnolollir con una expresión de asombro que nadie jamás había visto en un ser tan antiguo.
— Me curaste… —dijo él, con voz que ya no temblaba—. Nadie pudo hacer esto. Nadie. Ni siquiera los seres más poderosos sabían cómo reparar lo que él rompió. Y vos… lo hiciste con sonido. Con ritmo.
LA PELEA CON DOMI
Se sentaron sobre unas rocas derrumbadas, y el Dios de la Defensa Absoluta les contó lo que había pasado. Su voz resonó por todo el multiverso, grave y cargada de recuerdos terribles.
— Él vino —comenzó—. No me dijo nada. No me explicó nada. Simplemente apareció y empezó a pelear. Yo soy el Dios de la Defensa Absoluta. Nadie jamás había podido traspasar mis escudos. Nadie había podido tocarme. Mi defensa era perfecta. Era absoluta. Yo creía que era imposible de romper.
Hizo una pausa, y apretó los escudos con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos.
— Pero Domi… Domi no rompió mi defensa. Simplemente… la ignoró. Cada golpe que me daba no chocaba contra mis escudos. Pasaban a través de ellos como si no existieran. Como si mi protección no fuera más que aire. Yo bloqueaba, levantaba los escudos, ponía toda mi energía en defenderme… y aun así, cada golpe me llegaba. Cada ataque me atravesaba.
Lirael lo miró con los ojos muy abiertos: — ¿Cómo es posible? ¿Nada lo detenía?
EL DIOS DE LA DEFENSA ABSOLUTA:
— Nada. Yo usé cada técnica de protección que existe. Barreras, campos de fuerza, duplicaciones, escudos múltiples. Nada servía. Él golpeaba y todo se desvanecía. Fue la pelea más larga de mi vida. Días enteros. Semanas. Yo resistía, me reparaba, volvía a ponerme de pie… y él seguía golpeando. Sin prisa. Sin esfuerzo. Como si estuviera probando cuánto podía aguantar.
Kael apretó los puños con rabia: — ¿Y por qué se fue? Si te estaba ganando… ¿por qué no te terminó?
El Dios de la Defensa Absoluta bajó la mirada, y por un momento pareció sentir frío.
— Porque yo no me caí. Me rompió en mil pedazos. Me dejó al borde de la muerte. Pero yo… nunca caí de rodillas. Nunca solté los escudos. Y cuando él vio que, incluso destruido, yo seguía de pie frente a él… simplemente se dio la vuelta y se fue. No porque lo hubiera vencido. Sino porque se aburrió. Porque sabía que yo no le iba a dar la satisfacción de verme caer. Y eso… eso no le servía.
LA PELEA IMPOSIBLE
En ese momento, su voz se volvió más profunda, más seria, como si estuviera diciendo algo que cambiaría todo lo que ellos creían saber.
— Yo soy el Dios de la Defensa Absoluta. Si yo no pude detenerlo… si mi mejor defensa no fue nada frente a él… entonces quiero que entiendan algo: la pelea de ustedes es imposible de ganar.
Un silencio pesado cayó sobre todos.
— No lo digo para asustarlos —siguió él—. Lo digo porque lo vi con mis propios ojos. No importa cuánto se entrenen. No importa cuánto poder junten. No importa qué técnicas aprendan. Si él puede ignorar mi defensa… puede ignorar cualquier cosa que ustedes pongan enfrente. Puede ignorar cualquier escudo, cualquier barrera, cualquier ataque. Esa es la diferencia entre él y todos los demás. Nosotros jugamos con las reglas de este universo. Él… él las rompe cuando quiere.
Francesca lo miró a los ojos, con serenidad: — ¿Entonces nos estás diciendo que no lo intentemos?
EL DIOS DE LA DEFENSA ABSOLUTA, negando con la cabeza:
— No. Les digo que no busquen ganarlo con fuerza. Porque no van a poder. Les digo que busquen otra cosa. Algo que él no tiene. Algo que él olvidó hace mucho tiempo. Porque si van a pelear contra él pensando que es cuestión de poder contra poder… ya perdieron. Antes de empezar.
Se levantó, acomodó sus dos escudos en los brazos, y miró hacia el horizonte roto de su multiverso.
— Pero también les digo algo: yo estuve a punto de morir. Y ustedes me salvaron. Con sonido. Con algo tan simple y tan suave que nadie lo hubiera imaginado. Y eso me hace pensar… que tal vez la respuesta no es golpear más fuerte. Tal vez la respuesta es saber escuchar. Y saber unir.
LA ESFERA Y LA DESPEDIDA
Del interior de su armadura, sacó una esfera que brillaba con una luz blanca y dorada, protegida por dos escudos pequeños grabados en su superficie.
— Esta esfera la guardé conmigo desde que él se fue. Sabía que alguien vendría por ella. Y ahora sé que son ustedes. Cuídense. Y acuérdense de lo que les dije: la pelea contra Domi no se gana rompiendo cosas. Se gana construyendo algo que él no pueda destruir.
Texnolollir tomó la esfera, y sintió su peso. No era pesada por la materia. Era pesada por la verdad que llevaba adentro.
— Gracias —dijo Texnolollir—. Gracias por no caer. Gracias por esperarnos.
El Dios de la Defensa Absoluta asintió, y por primera vez, una sonrisa apareció en su rostro de piedra.
— Vayan. Y cuando llegue el momento de enfrentarlo… recuerden que la defensa más fuerte no es la que bloquea golpes. Es la que sostiene a los demás.
Y mientras la nave se alejaba, dejando atrás ese mundo de ruinas donde la defensa absoluta había caído pero no se había roto, todos llevaban consigo la misma certeza: el camino que tenían por delante era más difícil de lo que imaginaban. Pero también sabían algo más: que cuando todos parecían estar solos, había alguien que había resistido hasta el final, esperando a que llegaran ellos.