Texnolollir

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CAPÍTULO 82 — MULTIVERSO 75: KROKODIN, EL COCODRILO BLANCO Y LA BESTIA QUE CRECE SIN LÍMITE
La nave descendió en un multiverso de llanuras infinitas cubiertas de pasto blanco que brillaba con una luz suave bajo un cielo sin sol, siempre iluminado por una claridad eterna y serena. No había montañas ni ríos profundos, solo una extensión plana y abierta que se perdía de vista. Pero esa calma se rompió en cuanto bajaron: el suelo temblaba. No era un temblor de tierra. Era el paso de algo enorme, algo que venía de lejos, haciendo resonar el mundo entero con cada paso que daba.
Bajaron Texnolollir, Terrari, Perfección, la Reina Slime, Francesca, el Dios Glotón, Jaguar, Lirael y Kael. Y al mirar hacia donde venía el ruido, vieron la figura más imponente que jamás hubieran visto.
KROKODIN
Era un cocodrilo humanoide de color blanco puro, brillante como la nieve que nunca se derrite. Tenía la cabeza de un cocodrilo, con ojos dorados que miraban con una inteligencia feroz y serena a la vez. Su cuerpo era erguido, musculoso, cubierto de escamas blancas que reflejaban la luz como si fueran hechas de luz sólida. Y lo más asombroso de todo: no tenía un tamaño fijo. Mientras más poder usaba, más grande se hacía. Y mientras más grande se hacía, más brazos le crecían.
Cuando apareció frente a ellos, era del tamaño de un gigante común, con dos brazos inmensos y músculos que se marcaban con fuerza bajo su piel blanca. Pero a medida que avanzaba, crecía. Y cada vez que crecía, dos brazos más aparecían en su espalda, luego otros dos, y otros más, hasta que su cuerpo quedó rodeado de extremidades poderosas, cada una con la fuerza de un ejército entero.
— Soy KROKODIN —dijo, con una voz que resonó como el choque de masas de hielo—. No vine por ustedes. No les hice nada. Y no les voy a hacer nada.
La Reina Slime lo miró sorprendida: — ¿Entonces a quién vas a atacar?
KROKODIN señaló hacia el horizonte, donde la luz blanca empezaba a oscurecerse, como si una mancha de tinta se extendiera por todo el cielo.
— A él —dijo con firmeza—. Al ser oscuro absoluto que vino a devorar este multiverso. Y les aviso: aléjense. Esto va a ser demasiado grande. Incluso para ustedes.
EL SER OSCURO ABSOLUTO
De la oscuridad que avanzaba salió el enemigo. Era una figura hecha de sombra pura, sin forma definida, que cambiaba constantemente, lanzando tentáculos de oscuridad que devoraban todo lo que tocaban. No tenía rostro, pero emanaba un odio tan profundo que hacía doler los huesos. Era el Ser Oscuro Absoluto, un ser que consumía mundos enteros simplemente con estar ahí.
— Pequeña bestia —rugió el ser oscuro, con voz que parecía venir de la nada—. ¿Crees que podrás detenerme? Yo soy la nada misma. Yo soy lo que queda cuando todo se acaba.
KROKODIN sonrió, mostrando dientes enormes y blancos como estalactitas.
— Vos sos la nada —respondió KROKODIN—. Y yo soy todo lo que crece. Y cuando algo crece sin límite… la nada no puede con él.
LA BATALLA Y EL CRECIMIENTO INFINITO
La pelea comenzó. El Ser Oscuro Absoluto lanzó rayos de oscuridad que podían borrar estrellas, envolvió a KROKODIN en sombras eternas, lo golpeó con tentáculos tan gruesos como montañas. Pero cada golpe que recibía KROKODIN lo hacía más fuerte. Más grande. Más imparable.
Cada vez que recibía un ataque, su cuerpo crecía unos metros más. Y al crecer, le aparecían más brazos. Cuando tenía cien metros de altura, tenía seis brazos. Cuando llegó a quinientos metros, tenía doce brazos. Y cuando superó el kilómetro de altura, tenía veinte brazos, todos golpeando al mismo tiempo, con una fuerza que hacía temblar los cimientos de la realidad.
— ¡Más grande! —rugía KROKODIN—. ¡Más fuerte! ¡Cuanto más me golpeás, más me haces crecer! ¡Y cuanto más grande soy, más poder tengo!
El Ser Oscuro Absoluto lo golpeaba con todo su poder, sin saber que cada ataque era alimento para su enemigo. KROKODIN se hacía más musculoso con cada segundo. Sus venas sobresalían llenas de energía blanca, sus escamas brillaban con tanta intensidad que la oscuridad se alejaba de él por sí sola. Cuantos más brazos tenía, más rápido golpeaba, más ataques lanzaba, más difícil era tocarlo.
— ¡No puede ser! —gritó el ser oscuro, aterrorizado—. ¡Cuanto más lo golpeo, más fuerte se vuelve! ¡No se detiene! ¡No tiene límite!
— Exacto —respondió KROKODIN, que ahora tenía más de tres kilómetros de altura y treinta brazos moviéndose a la vez—. Vos tenés un límite. Todo lo que es oscuridad tiene un límite. Pero yo… yo no dejo de crecer. Nunca.
LA VICTORIA DE LA BESTIA IMPARABLE
KROKODIN reunió toda su energía en uno de sus brazos más grandes, que brilló con una luz blanca cegadora. Y con todos los demás brazos sosteniendo al Ser Oscuro Absoluto, lo golpeó. No fue un golpe cualquiera. Fue un golpe que llevaba toda la fuerza que había acumulado: cada golpe recibido, cada metro crecido, cada nuevo brazo que le había aparecido. Todo concentrado en un solo impacto.
El estruendo fue tan fuerte que hizo que todos cerraran los ojos. Cuando los abrieron, el Ser Oscuro Absoluto ya no estaba. Se había desvanecido, dispersado, vencido por una fuerza que no podía dejar de crecer, que no conocía el cansancio ni el límite.
KROKODIN se quedó de pie, inmenso, brillante, con decenas de brazos y un cuerpo que llenaba el horizonte. Y poco a poco, sin prisa, empezó a reducirse. Los brazos sobrantes se fusionaron de vuelta en su cuerpo. Su tamaño disminuyó hasta volver a ser un cocodrilo humanoide de tamaño respetable pero ya no gigantesco. Su luz se suavizó. Y cuando volvió a estar frente a ellos, estaba tranquilo, como si nada hubiera pasado.
LA DESPEDIDA Y LA ESFERA
Se acercó a ellos, con sus ojos dorados brillando con calma.
— Se fue —dijo KROKODIN—. Y este multiverso está a salvo.
Texnolollir lo miró con respeto: — Nunca vi nada igual. Mientras más lo golpeaban, más fuerte te volvías. ¿No tenés límite?
KROKODIN sonrió: — No. Mientras tenga energía que recibir, sigo creciendo. Mientras alguien me ataque, me vuelvo más grande. Más brazos. Más fuerza. No hay techo. No hay tope. Por eso la oscuridad no puede conmigo. Porque ella se acaba… y yo sigo creciendo.
Del interior de su pecho, KROKODIN sacó la esfera de ese multiverso. Era blanca, lisa, y tenía grabadas figuras de brazos que se multiplicaban sin fin.
— Tomen esto —dijo, entregándola a Francesca—. Guárdela. Y acuérdense de mí cuando alguien los golpee pensando que los van a debilitar. Díganle que mientras más los golpeen… más fuertes se van a volver.
EL CIERRE
Antes de subir a la nave, KROKODIN les dijo una última cosa:
— Cuando enfrenten a Domi, acuérdense de mí. Él piensa que borrando cosas gana. Pero hay cosas que no se pueden borrar. Hay cosas que mientras más las golpeás, más grandes se vuelven. Más fuertes. Más imparables. Y ustedes… ustedes son una de esas cosas.
Y así, dejando atrás ese mundo de luz blanca donde una bestia inmensa había vencido a la oscuridad simplemente porque no dejaba de crecer, subieron a la nave sabiendo algo nuevo: que la verdadera fuerza no es la que tiene un límite máximo. Es la que no tiene techo. La que mientras más la atacan, más grande se vuelve.




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