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CAPÍTULO 83 — MULTIVERSO 75: PARTE 2 — LA BESTIA QUE LLENÓ EL MULTIVERSO ENTERO
La nave ya estaba lista para partir. Todos habían subido a bordo, las puertas se habían cerrado, y desde las ventanillas veían a KROKODIN de pie en medio de la inmensa llanura blanca, reducido a su tamaño normal, tranquilo, viéndolos irse. Los motores comenzaron a rugir, el suelo empezó a alejarse lentamente. Pensaban que ya se habían despedido. Pensaban que todo había terminado.
Pero entonces, el cielo se oscureció. No fue una nube. No fue una sombra pasajera. Fue como si la luz misma se apagara de golpe. Y en el instante en que el aire se volvió pesado y silencioso, apareció él.
Domi.
DOMI LLEGA
No aterrizó. Simplemente estuvo ahí, flotando entre la nave y el suelo, con una calma que daba terror. Miró a KROKODIN, y su voz resonó en todo el multiverso, fría y despectiva:
— Vos. La bestia que crece. Pensé que te había visto antes. Nunca te presté atención. Pero hoy… hoy me molestás.
KROKODIN no dio un paso atrás. Al contrario, se enderezó, y sus escamas blancas empezaron a brillar con más intensidad.
— Domi —dijo con voz firme—. Ya se fueron. Y yo no te voy a dejar pasarlos.
Domi sonrió, una sonrisa que no llegaba a sus ojos.
— ¿Vos? ¿Me vas a detener? Qué gracioso.
Y sin decir una palabra más, levantó una mano y lanzó un golpe. No era un golpe común. Era una onda de fuerza pura que habría borrado galaxias enteras en su camino. Chocó contra KROKODIN con un estruendo que hizo temblar la realidad misma.
KROKODIN recibió el impacto de lleno. Su cuerpo se hundió en el suelo kilómetros adentro. Pero un segundo después, salió despacio, levantándose entre nubes de polvo y roca destrozada. Y ya no era del mismo tamaño. Había crecido.
— Eso fue todo lo que tenés —rugió KROKODIN, ahora con cien metros de altura y cuatro brazos moviéndose con fuerza—. ¡Cuanto más me golpeás, más grande me hago! ¡Y más fuerte!
EL CRECIMIENTO SIN LÍMITE
Domi frunció el ceño. No esperaba eso. Lanzó otro ataque. Y otro. Y otro. Cada golpe era más fuerte que el anterior. Cada impacto hacía que el cuerpo de KROKODIN se hiciera más grande, más denso, más musculoso. Le aparecían más brazos. Dos, cuatro, seis, diez… cada vez que crecía, más extremidades brotaban de su espalda, de su pecho, de sus costados, todos con la misma fuerza, todos golpeando al mismo tiempo.
Cuando llegó a los cincuenta kilómetros de altura, KROKODIN ya tenía más de cien brazos, golpeando todos a la vez, creando una lluvia de puños que hacía que el cielo se rompiera en pedazos. Domi lo esquivaba, lo golpeaba, lo destrozaba… y cada vez que lo destrozaba, KROKODIN se reconstruía más grande que antes.
— ¡No tiene fin! —gritó Domi, por primera vez con rabia—. ¡Cada vez que lo destruyo, vuelve más grande!
— ¡Exacto! —respondió KROKODIN, cuya voz ahora resonaba como truenos que cruzaban el cielo—. ¡No tengo límite! ¡Mientras me golpees, sigo creciendo! ¡Y mientras más grande soy, más poder tengo!
LOS CIEN KILÓMETROS Y LA COLA DE VÍBORA
Entonces llegó el momento decisivo. KROKODIN siguió creciendo. Sesenta kilómetros. Ochenta. Noventa. Y cuando alcanzó exactamente cien kilómetros de altura, ocurrió algo que nadie había visto nunca.
Sus piernas, que lo sostenían firmes desde que existía, empezaron a transformarse. Se fusionaron, se alargaron, se cubrieron de escamas blancas brillantes, y en lugar de dos piernas firmes y musculosas… se convirtieron en una cola gigante de víbora, larga, poderosa, que se enroscaba bajo su cuerpo y se extendía por kilómetros y kilómetros, cubriendo el suelo entero. La cola tenía escamas tan grandes como casas, y en la punta tenía un aguijón brillante que podía atravesar cualquier cosa.
KROKODIN rugió, y su voz fue tan fuerte que hizo temblar los cimientos de todos los multiversos cercanos. Con su cuerpo de cien kilómetros de altura, más de doscientos brazos golpeando a la vez, y esa cola de víbora que podía azotar y envolver todo, se lanzó contra Domi.
La pelea se volvió feroz. Domi golpeaba la cola, y la cola lo azotaba con fuerza suficiente para partir montañas. Domi intentaba esquivar los cientos de puños que venían desde todos los ángulos a la vez. KROKODIN no se cansaba. No se detenía. Cada vez que Domi lo golpeaba, crecía más. Cada vez que lo destruía, volvía más grande.
Ciento veinte kilómetros. Ciento cincuenta. Doscientos.
KROKODIN LLENA EL MULTIVERSO ENTERO
Ya no cabía en la llanura. Ya no cabía en el continente. Su cuerpo se extendía por todas partes. Sus brazos cruzaban el cielo de un extremo a otro. Su cola de víbora se enroscaba alrededor de mundos enteros. Y siguió creciendo. Trescientos kilómetros. Quinientos. Mil.
Hasta que llegó el momento en que KROKODIN ocupó el multiverso entero. No había un solo lugar donde no estuviera él. Su cuerpo llenaba todo el espacio. Sus escamas tocaban los bordes de la realidad misma. Sus brazos sostenían el cielo. Su cola envolvía todo lo que existía. Ya no era solo un ser peleando en un lugar. Él era el multiverso mismo.
Domi estaba flotando en medio de ese ser inmenso, rodeado de cientos de miles de brazos que lo rodeaban por todos lados, con la cola de víbora que podía aplastarlo con un solo movimiento, y con la mirada de KROKODIN que lo miraba desde todas partes a la vez.
— ¿Y ahora? —preguntó KROKODIN, su voz viniendo de todos lados—. ¿A quién vas a golpear? ¿A dónde te vas a mover? Yo soy todo lo que hay acá. Si me golpeás… me golpeás a mí en todas partes. Y si me destruís… me destruís a mí en todas partes. Y entonces… ¿quién te va a detener?
Domi miró a su alrededor. Vio que no había espacio para moverse. Vio que cada vez que lanzaba un ataque, KROKODIN lo recibía y crecía más. Vio que si seguía peleando, KROKODIN seguiría creciendo hasta que no quedara nada más que él. Y entendió algo terrible: no podía derrotarlo. Porque la única forma de derrotarlo era dejar de golpearlo. Y si dejaba de golpearlo, KROKODIN seguía ahí, llenando todo, imparable.
DOMI SE VA
Por primera vez, Domi se quedó sin palabras. Miró esa forma inmensa que ocupaba todo, que no tenía fin, que mientras más la atacaban más grande se hacía… y entendió que no tenía forma de ganar. No podía borrarlo, porque KROKODIN se reconstruía más grande. No podía superarlo en fuerza, porque su fuerza no tenía techo. No podía hacer nada.
Entonces, Domi dio un paso atrás. Y sin decir una sola palabra, se fue. Simplemente desapareció. No porque lo hubieran vencido. Sino porque se dio cuenta de que no había nada que pudiera hacer contra una bestia que crecía sin límite.
KROKODIN lo vio irse. Y poco a poco, empezó a reducirse. Los brazos sobrantes se fusionaron de vuelta en su cuerpo. La cola de víbora se transformó nuevamente en sus dos piernas fuertes y firmes. Su tamaño disminuyó hasta volver a ser el cocodrilo humanoide blanco que era al principio. Y cuando la nave volvió a bajar, KROKODIN estaba de pie en la llanura, tranquilo, como si nada hubiera pasado.
EL CIERRE
Bajaron todos de la nave, asombrados, sin poder creer lo que acababan de ver.
— Lo llenaste todo —dijo Terrari con voz llena de asombro—. Fuiste más grande que el multiverso mismo.
KROKODIN asintió, mirando hacia el lugar donde Domi había desaparecido.
— Él piensa que todo se puede borrar —dijo KROKODIN—. Pero hay cosas que no se pueden borrar. Hay cosas que mientras más las golpean, más grandes se vuelven. Más fuertes. Más imparables. Y yo soy una de esas cosas.
Miró a todos con sus ojos dorados, y agregó con una sonrisa feroz y serena:
— Y ustedes también. Acuérdense de esto cuando lo enfrenten. Si él los golpea, no se rompan. Crezcan. Porque al final, el que ocupa todo el espacio… es el que gana.
Y así, dejando atrás ese mundo donde una bestia había crecido hasta llenar el universo entero y había hecho irse a Domi sin recibir ni un solo golpe que lo derrotara, subieron a la nave llevando consigo la lección más poderosa que habían aprendido hasta entonces: que la fuerza que tiene un límite siempre pierde contra la fuerza que no tiene techo.




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