CAPÍTULO 84 — MULTIVERSO 76: EL VIDENTE DE TODAS LAS REALIDADES
En un espacio que no tiene nombre, que no tiene coordenadas, que no se encuentra arriba ni abajo, ni a la izquierda ni a la derecha, existe un ser que no habita en ningún multiverso, sino que los abraza a todos. No tiene forma fija, ni voz única, ni nombre que pueda pronunciarse. Algunos lo llaman El Vidente, porque sus ojos no ven solo lo que es, sino todo lo que pudo ser. Mira cada línea de tiempo que se bifurca en cada decisión, cada vida que se desvía en un instante, cada mundo que nace y muere en un parpadeo. Para él, el pasado, el presente y el futuro son una sola cosa: puede mirar hacia atrás y ver el primer suspiro de la creación, y mirar hacia adelante y ver el último latido de la última estrella. Y entre todo eso, ve también los mundos que nunca llegaron a existir, las historias que se quedaron en silencio, las vidas que fueron borradas antes de empezar.
Allí, en ese lugar donde el aire brilla con la luz de mil universos, llegan Texnolollir, Terrari, Perfección, la Reina Slime, Francesca, el Dios Glotón, Jaguar, Lirael y Kael. Han recorrido multiversos incontables, han enfrentado seres que pueden destruir realidades con un gesto, han visto cosas que nadie más ha visto. Pero ahora, Texnolollir los detiene a todos. Siente una duda que le viene dando vueltas desde que su mente alcanzó niveles que ningún otro ser ha conocido jamás. Una pregunta que ningún dios, ningún sabio, ningún ser absoluto supo responderle. Y sabe que aquí, con El Vidente, por fin va a tener la respuesta.
El Vidente los mira llegar sin sorprenderse. Ya los vio venir. Ya vio esta conversación repetirse en mil realidades distintas. Ya vio cómo termina y cómo empieza, una y otra vez.
— Venías con una pregunta —dijo El Vidente, y su voz sonaba como el eco de todas las voces que han existido y que existirán—. La llevás cargando hace mucho tiempo, aunque no la dijiste en voz alta.
Texnolollir asintió. Dio un paso adelante, con todos sus compañeros detrás de él, observando en silencio.
— Tú lo ves todo —dijo Texnolollir con firmeza—. Ves cada mundo, cada decisión, cada camino que se pudo tomar y no se tomó. Entonces dime... ¿qué hubiera sido de mí si yo no hubiera nacido con esta inteligencia absoluta? Si no hubiera tenido la capacidad de comprender el universo entero, de ver patrones que nadie ve, de planear cada movimiento con siglos de anticipación. Si hubiera nacido... simplemente sin eso. ¿Qué hubiera sido de mí?
El Vidente señaló el vacío que los rodeaba. Y en ese vacío comenzaron a aparecer imágenes: millones de escenas, de mundos, de vidas que se entrelazaban.
— Mira —dijo con calma profunda—. Hubieras nacido igual. Mismo ser, misma esencia, misma voluntad. Pero sin esa mente que te hace diferente. Sin esa capacidad de verlo todo, de entenderlo todo, de calcularlo todo. Hubieras nacido como uno más. Pero aún así... aún así nunca hubieras sido común.
Texnolollir frunció el ceño.
— ¿Sin mi inteligencia? ¿Cómo podría no ser común?
— Porque lo que te define no es solo lo que pensás —respondió El Vidente—. Es lo que hacés. Es la fuerza que llevás adentro. Si no hubieras podido entender el mundo con la mente, lo hubieras entendido con el cuerpo. Hubieras decidido que si no podías convencer con palabras, lo harías con hechos. Y así... hubieras forjado tu cuerpo hasta límites que nadie se atrevió a cruzar jamás.
Las imágenes se aclararon. Y todos vieron una versión de Texnolollir que ninguno conocía. No tenía armaduras tecnológicas. No tenía dispositivos incrustados. No analizaba nada al instante. Pero su cuerpo... su cuerpo era como una montaña hecha carne. Cada músculo había sido construido con años y años de esfuerzo implacable. Cada hueso era más denso que el acero más puro. No había nada que le fuera dado: todo lo que tenía lo había ganado, golpe tras golpe, día tras día.
— Hubieras levantado rocas que pesaban toneladas sin que nadie te lo pidiera —continuó El Vidente—. Hubieras arrastrado estructuras enteras para construir refugios, para mover recursos, para salvar a quienes no podían salvarse solos. Docenas de toneladas... para vos hubieran sido como levantar una piedra pequeña. Sin esfuerzo. Sin alardear. Simplemente porque había que hacerlo. Mientras los demás calculaban, vos cargabas. Mientras los demás dudaban, vos ya estabas en movimiento.
Vieron escenas que los dejaron sin aliento: ese Texnolollir alterno sosteniendo el techo de una caverna entera mientras todos escapaban; rompiendo muros de piedra con los puños cuando el camino se cerraba; caminando a través de tormentas que doblaban montañas sin que su paso se detuviera ni un segundo.
— Y tu raza —siguió El Vidente, y las imágenes cambiaron—. Al principio te miraron raro. Después te miraron con asombro. Y después... te empezaron a temer. Porque veían que cada día eras más fuerte. Que cada golpe te hacía más imparable. Que cuanto más te golpeaba el mundo, más te levantabas. Nadie entendía de dónde sacabas esa fuerza. No tenía explicación lógica, no tenía fórmula. Simplemente estaba ahí. Y el miedo creció: te respetaban profundamente, te admiraban, pero también te temían. Porque sabían que vos podías hacer cosas que ninguno de ellos jamás podría hacer. Eras el más fuerte de todos, y todos lo sabían.
Texnolollir se quedó mirando esas imágenes. Vio esa versión de sí mismo: silencioso, inmenso, cargando con el peso de todo sobre sus hombros. Y sintió algo extraño en el pecho.
— ¿Y entonces? —preguntó con voz más baja—. ¿Qué hubiera sido de todo esto? ¿De nosotros?
El Vidente apagó las imágenes. Lo miró directamente a los ojos, con una mirada que abarcaba todo el tiempo.
— Entonces... esta aventura nunca hubiera existido. No habrías recorrido multiversos. No habrías desarrollado la tecnología que te hace quien eres. No habrías conocido a Perfección, ni a Terrari, ni a la Reina Slime, ni a Francesca, ni al Dios Glotón, ni a Jaguar, ni a Lirael, ni a Kael. No habrían enfrentado a dioses juntos. No habrían salvado realidades. No habrían caminado lado a lado. Hubieras sido algo más simple, pero al mismo tiempo inmenso: hubieras sido la fuerza que sostiene lo que los demás no pueden cargar. Nadie te cantaría canciones. Nadie te temblaría desde otros mundos. Pero muchos te deberían la vida. Y casi nadie sabría quién eras realmente.
Hubo un silencio largo y profundo. Texnolollir miró a sus compañeros, uno por uno. Miró a Terrari, que lo miraba con comprensión; a Perfección, que asentía con seriedad; a la Reina Slime, que le apretó suavemente el brazo; a Francesca, que lo miraba con una sonrisa tierna; al Dios Glotón, que lo miraba con respeto; a Jaguar, que lo escuchaba con atención; a Lirael y Kael, que reflexionaban en silencio. Y luego miró sus propias manos, las mismas manos que han sostenido galaxias, que han construido máquinas que pueden cambiar el universo.
— ¿Y hubiera sido mejor? —preguntó al fin.
El Vidente sonrió, una sonrisa que contenía millones de respuestas.
— Eso solo lo podés responder vos. Pero te diré algo: en todas esas realidades donde no tenías tu inteligencia absoluta, donde solo tenías tu cuerpo y tu voluntad... en todas ellas, seguías siendo vos. Igual de decidido. Igual de dispuesto a cargar con más de lo que te correspondía. Igual de firme cuando todo lo demás se rompía.
Texnolollir asintió lentamente. Dio media vuelta y comenzó a caminar hacia la salida de ese lugar, con todo su grupo siguiéndolo de cerca.
— Gracias —dijo sin detenerse—. Al menos ahora sé... que sea cual sea la versión de mí, siempre termino cargando con el peso de todos.
Y El Vidente los vio irse, sabiendo que esa misma conversación se estaba repitiendo en mil otros mundos al mismo tiempo, y que en cada uno de ellos, Texnolollir cargaba con todo, siempre.