Texnolollir

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CAPÍTULO 87 — MULTIVERSO 78: LA RUPTURA DE LA REALIDAD
Nadie supo exactamente en qué momento comenzó a fallar. La nave descendió en silencio hacia un mundo que, a primera vista, parecía igual a tantos otros: cielos de un azul profundo, montañas que se alzaban hacia el infinito, vientos que arrastraban aromas de tierras lejanas. Pero apenas Texnolollir, Terrari, Perfección, la Reina Slime, Francesca, el Dios Glotón, Jaguar, Lirael y Kael pusieron un pie en el suelo, algo se quebró. No fue un sonido, ni un temblor. Fue como si el mundo entero hubiera perdido el equilibrio. Como si el suelo bajo sus pies dejara de saber dónde estar.
Texnolollir dio un paso adelante y entonces lo vio. A lo lejos, en el horizonte, donde el cielo se tocaba con la tierra, había otra figura. Una figura idéntica a él. Con la misma postura, la misma silueta, la misma presencia. Y no estaba solo. Al mirar a los costados, vio más. A la derecha, junto a un río, otro ser igual a él. A la izquierda, sobre una roca, otro más. Y detrás. Y arriba. Y abajo.
— No puede ser —murmuró Perfección, con los ojos fijos en lo que estaba ocurriendo—. La estructura de este multiverso no está diseñada para esto. La realidad tiene reglas. Y la regla más antigua es sencilla: una misma persona no puede existir dos veces en el mismo lugar.
Pero allí no eran dos. Eran miles. De la nada, de los pliegues del espacio, de los rincones que el ojo no alcanza a ver, empezaron a aparecer versiones de Texnolollir. Cada uno distinto, cada uno igual. Algunos llevaban armaduras que brillaban con tecnologías que nadie había visto jamás. Otros tenían el cuerpo cubierto de cicatrices, como si hubieran peleado contra el tiempo mismo. Otros eran jóvenes, otros parecían tan antiguos que sus pasos pesaban más que las montañas. Algunos reían, otros lloraban, otros miraban con seriedad absoluta. Todos eran él. Todos venían de realidades alternas, de caminos que Texnolollir no tomó, de vidas que pudieron ser y no fueron.
— Se están acumulando —dijo Lirael con voz temblorosa—. El espacio no los puede contener. Cada vez que aparece uno, el mundo se tuerce un poco más.
Y era verdad. El cielo empezó a agrietarse. Las grietas no eran de fuego ni de oscuridad: eran de nada. Por donde pasaban, el cielo desaparecía, y se veía el vacío que había detrás de todo. Las montañas se doblaban como si fueran de papel. Los ríos dejaban de correr y empezaban a fluir hacia todos lados a la vez. La realidad, forzada más allá de su límite, estaba rompiéndose pedazo a pedazo.
— ¡Se va a desmoronar todo! —gritó Jaguar, cubriéndose los ojos cuando tres Texnolollir más aparecieron de la nada, haciéndose tangibles con un estruendo que sacudió los cimientos del multiverso—. ¡No puede sostenerlos a todos! ¡La estructura colapsa!
Y seguían llegando. De cada grieta, de cada sombra, de cada reflejo. Millones de versiones. Algunas poderosas, otras humildes, algunas tristes, algunas terribles. Y cada una que aparecía hacía que el mundo temblara con más fuerza. El suelo se abría en fosas infinitas. El aire se volvía líquido y luego sólido y luego nada. Todo lo que era real empezaba a volverse irreal.
Texnolollir miraba a todos esos seres que eran él, pero que no eran él. Sentía sus pensamientos cruzarse con los suyos. Sentía sus memorias, sus vidas, sus decisiones. Y comprendió con horror que la realidad no estaba equivocada al rechazarlos: no podían estar todos juntos. Era imposible. El universo no tenía suficiente espacio para contener a todas las posibilidades de un solo ser.
— No podemos detenerlo —dijo Kael, con la voz llena de desesperación—. Cada segundo que pasa, aparecen miles más. Y cuanto más tiempo pasan aquí, más se rompe todo.
Y entonces, justo cuando el cielo estaba por caerse por completo, cuando el último pedazo de tierra estaba por desvanecerse, algo cambió. En medio de esa multitud infinita de Texnolollir, uno se destacó. No era más alto, ni más imponente. Pero brillaba. Brillaba con una luz dorada que no venía de afuera, sino de adentro. Brillaba como si tuviera dentro de sí el sol de mil mundos. No llevaba armadura. No tenía marcas ni cicatrices. Era simplemente él, pero con una claridad, una serenidad que ninguno de los demás tenía.
Todos los demás se callaron. Las versiones guerreras, las sabias, las destruidas, las que habían reinado sobre galaxias... todas lo miraron. Y él dio un paso adelante.
No dijo nada. No necesitó explicar nada. Sabía por qué estaba allí. Sabía que era el único que podía hacerlo. Porque él era la versión que había comprendido algo que todas las demás aún no habían entendido: que existir no es solo estar, es también saber cuándo volver a su lugar.
Levantó la cabeza. Y abrió la boca.
No fue un grito de rabia. No fue un grito de guerra. Fue un grito que venía desde lo más profundo de su ser, un sonido que no era solo voz, sino pura esencia. Un sonido que resonó en cada rincón de ese multiverso roto, en cada grieta del cielo, en cada pedazo de tierra que flotaba en la nada.
¡AAAAAAAHHHHHHHHH!
Ese grito no lastimó los oídos. Lastimó la realidad misma. La luz dorada estalló desde él, envolviendo a todos los millones de versiones de Texnolollir. Y en esa luz, cada uno de ellos comenzó a desvanecerse. No desaparecían con dolor ni con miedo. Se iban reconociendo en él. Sabían que era hora de volver. Que cada uno tenía su propio mundo, su propio tiempo, su propia historia que cumplir.
— Vuelvan —se escuchó su voz, mezclada con el eco de su grito—. Cada uno a su línea. Cada uno a su camino. Ninguno de ustedes es menos que yo. Pero ninguno de nosotros puede ocupar el lugar de los demás.
Y uno por uno, como hileras de luces que se apagan en la distancia, fueron desapareciendo. El que había levantado montañas volvió a su mundo. El que había caminado solo toda su vida volvió al suyo. El que había sido rey, el que había sido esclavo, el que había salvado universos y el que los había destruido... todos volvieron. La luz dorada los empujaba suavemente, pero con una fuerza que no admitía negativa, de regreso a sus realidades, a sus tiempos, a sus vidas.
Y cuando el último de ellos se fue, el que brillaba se quedó solo por un instante. Miró a Texnolollir, a su Texnolollir, el que estaba allí con sus amigos. Le asintió, como diciendo: "Sé fuerte. Vos sos el que se queda. Vos sos el que carga con todo". Y entonces él también se desvaneció.
El cielo dejó de agrietarse. Las grietas se cerraron como si nunca hubieran existido. Las montañas se enderezaron. Los ríos volvieron a su curso. La realidad, que había estado a un segundo de desaparecer por completo, volvió a encajar. Como si nada hubiera pasado. Pero todos sabían que sí había pasado.
Texnolollir se quedó de pie, temblando levemente. No sabía quién había sido ese. No sabía de qué realidad venía. Pero sabía algo: era la mejor versión de él. La que no necesitaba demostrar nada, la que no necesitaba conquistar nada, la que simplemente sabía cuándo sostener el mundo para que no se cayera.
Se giró hacia sus compañeros. Terrari, Perfección, la Reina Slime, Francesca, el Dios Glotón, Jaguar, Lirael y Kael lo miraban en silencio, con los ojos llenos de asombro y alivio.
— ¿Quién era? —preguntó al fin la Reina Slime, acercándose a él.
Texnolollir miró el horizonte, donde la luz dorada aún parecía brillar débilmente.
— Era yo —respondió en voz baja—. O lo que yo puedo llegar a ser. Si sigo caminando. Si sigo eligiendo bien. Si no me rindo.
Y en ese momento, comprendió algo que le acompañaría para siempre: que entre todas las versiones posibles de él, la más poderosa no era la que tenía más fuerza, ni la que tenía más inteligencia. Era la que sabía devolver a todos a su lugar.




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