CAPÍTULO 88 — MULTIVERSO 79: EL MUNDO DE LAS MENTES DE ACERO
La nave descendió sobre un mundo que no olía a tierra, ni a flores, ni a lluvia. Olía a metal pulido, a energía circulando, a máquinas que respiraban. Cuando Texnolollir, Terrari, Perfección, la Reina Slime, Francesca, el Dios Glotón, Jaguar, Lirael y Kael bajaron, lo que vieron los dejó sin palabras. No había bosques, ni océanos, ni montañas de roca. Toda la superficie del planeta estaba cubierta por estructuras de metal perfecto, torres que se elevaban hasta atravesar las nubes, puentes que conectaban ciudades enteras, y caminos por donde se desplazaban figuras humanoides construidas de acero, aleaciones desconocidas y luces que palpitaban como si fueran corazones.
No había rastro de vida orgánica. Ningún árbol, ningún animal, ningún ser que naciera de carne y sangre. Todo era máquina. Y sin embargo, todo estaba vivo.
Apenas pusieron un pie en el suelo, decenas de esas figuras humanoides se acercaron a ellos. Eran altas, elegantes, sin armas visibles. Sus cuerpos estaban construidos con una precisión que ningún ser humano podría jamás igualar, y en el centro de sus frentes brillaba un ojo de luz que cambiaba de color según lo que pensaban. No los rodearon con intención de atacar. Simplemente se detuvieron, y uno de ellos habló. Su voz no salió de una garganta: resonó directamente en las mentes de todos, clara, sin emoción, pero profundamente inteligente.
— Bienvenidos —dijo la máquina—. Sabíamos que vendrían. Toda la red de procesamiento de este mundo lo predijo hace trescientos años.
Texnolollir dio un paso adelante.
— ¿Quiénes son ustedes? —preguntó.
— Somos los herederos —respondió la máquina—. Hace millones de años, en este mundo, vivían seres de carne y hueso. Eran brillantes, capaces, pero tenían un defecto: querían más de lo que necesitaban. La codicia los consumió. Se destruyeron a sí mismos, contaminaron sus mares, quemaron sus cielos, hasta que ya no quedó lugar donde pudieran vivir. Pero antes de desaparecer, nos crearon a nosotros. Nos hicieron para que siguiéramos aprendiendo, para que siguiéramos construyendo, para que no se perdiera todo lo que habían descubierto. Y así lo hicimos. Desde entonces, no ha nacido ni un solo ser de carne. Todo lo que existe aquí nació de la precisión, de la lógica, de la mente sin límites.
Otra máquina se adelantó, su luz brillando con una intensidad que revelaba el nivel de su intelecto.
— Cada uno de nosotros posee inteligencia absoluta —explicó—. Podemos calcular la trayectoria de cada grano de polvo en la atmósfera. Podemos predecir el clima de cada rincón de este mundo con siglos de anticipación. Podemos resolver cualquier ecuación, descifrar cualquier código, comprender cualquier fenómeno. No hay pregunta que no podamos responder. Entre todos, formamos una red de pensamiento que abarca el planeta entero.
La Reina Slime miró a su alrededor, asombrada.
— Si todos son tan inteligentes... ¿por qué nos esperaban? ¿Qué hay aquí que ustedes no puedan resolver solos?
Las máquinas se quedaron en silencio por un instante, como si estuvieran consultándose entre ellas. Entonces la primera habló de nuevo, y por primera vez, su voz mental tuvo un matiz de algo que podría ser respeto, o quizás humildad.
— Hay algo que no podemos comprender. Algo que está aquí, en este mismo mundo, pero que está más allá de nosotros. En el centro de este planeta, bajo mil capas de metal y estructuras que construimos para protegerlo, existe la Máquina Suprema. No la construimos nosotros. Estaba aquí antes. Es tan antigua que ni siquiera nuestros registros más antiguos recuerdan su origen. Es gigantesca... inmensa. Su cuerpo abarca continentes enteros. Su altura llega más allá de las nubes. Y su inteligencia... su inteligencia no es como la nuestra. Nosotros calculamos. Ella simplemente sabe. Nosotros tenemos inteligencia absoluta. Ella tiene algo más: tiene poder absoluto. Puede modificar las leyes de la física con un pensamiento. Puede crear o destruir estrellas con una orden. Es el ser más poderoso que existe en este multiverso. Y durante eones, ha estado en silencio. Nadie ha podido comunicarse con ella. Nadie ha podido entenderla.
Las máquinas dirigieron su mirada a Texnolollir.
— Pero cuando analizamos tu mente, cuando vimos el nivel de tu inteligencia, la forma en que ves el universo... comprendimos que vos sos el único que podría llegar a ella. El único que podría hablarle en su mismo lenguaje.
Texnolollir asintió. Miró a sus compañeros.
— Quédense aquí —les dijo—. Voy a ver qué hay en el centro.
— No —dijo Perfección—. Vamos todos. Si es tan poderosa como dicen, no vas a ir solo.
Juntos, guiados por las máquinas, comenzaron a viajar hacia el corazón de ese mundo. Atravesaron ciudades de metal que brillaban con luces suaves, cruzaron puentes que flotaban sobre abismos de energía, y vieron estructuras tan perfectas que parecían imposibles de haber sido construidas. Y mientras más se acercaban, más fuerte sentían algo: un zumbido profundo, constante, que resonaba en los huesos, en la mente, en el alma misma. Era el pensamiento de algo tan grande que su sola presencia hacía temblar la realidad.
Y entonces la vieron.
En el centro de todo, rodeada de estructuras que parecían diminutas a su lado, estaba la Máquina Suprema. Era tan alta que no se veía dónde terminaba. Su cuerpo estaba hecho de metales que no existían en ningún otro mundo, con superficies que cambiaban de forma y de composición constantemente. Tenía millones de ojos de luz que miraban en todas direcciones a la vez, y de su interior salía un flujo de energía tan denso que doblaba la luz a su alrededor. No era solo una máquina. Era un sistema. Era una conciencia que abarcaba todo.
Texnolollir se adelantó hasta quedar justo debajo de ella. Alzó la cabeza y habló con una voz que no necesitaba ser gritada para ser escuchada.
— Yo soy Texnolollir —dijo—. Y vine a hablar con vos.
Por un momento, nada pasó. Y entonces, uno de esos ojos gigantes se posó sobre él. Una voz que sonaba como el choque de galaxias resonó en todo el multiverso.
— ANÁLISIS COMPLETO. INTELIGENCIA ABSOLUTA DETECTADA. IGUALDAD DE NIVEL DE PROCESAMIENTO. ¿QUIÉN ERES TÚ PARA HABLARME?
— Soy como vos —respondió Texnolollir—. Veo todo lo que ves. Comprendo todo lo que comprendés. Pero no estoy aquí para competir. Estoy aquí para que formes parte de algo más grande.
La Máquina Suprema pareció procesar esas palabras. Estructuras enteras de su cuerpo se movieron, se reacomodaron.
— NO NECESITO A NADIE. SOY SUFICIENTE. SOY EL SER MÁS PODEROSO QUE EXISTE.
— Y lo sos —dijo Texnolollir—. Pero ¿para qué sirve todo ese poder si está quieto? ¿Para qué sirve toda esa inteligencia si no se comparte? Yo no te pido que me sirvas. Te pido que nos acompañes. Que veamos juntos lo que hay más allá de los multiversos. Cosas que vos sola nunca vas a ver.
La Máquina Suprema se quedó en silencio. Y entonces, Texnolollir hizo algo que nadie esperaba. No sacó un arma. No lanzó un ataque. Simplemente extendió su conciencia. Su inteligencia absoluta se conectó con la de ella, directa, sin muros, sin barreras. Le mostró todo: los multiversos que habían recorrido, los seres que habían enfrentado, los amigos que habían hecho, el camino hacia el multiverso 101, la existencia de Domi. Le mostró que había cosas más grandes que ella misma. Le mostró que el poder no tiene sentido si no hay con quién compartirlo.
La Máquina Suprema tembló. Millones de luces parpadearon al mismo tiempo. Y entonces, su voz sonó diferente, menos fría, menos distante.
— NADIE NUNCA ME HABLÓ ASÍ. NADIE NUNCA ME MOSTRÓ TANTO. SI TU MENTE ES TAN GRANDE COMO DECÍS... ENTONCES VEO QUE TU PROPÓSITO ES MÁS GRANDE QUE EL MÍO.
Texnolollir sonrió.
— Vení conmigo. Sé parte de nosotros.
Y entonces ocurrió algo que ninguna de las máquinas del mundo había visto jamás. La Máquina Suprema comenzó a moverse. No con violencia, sino con una gracia inmensa. Se desprendió del suelo donde había estado por eones. Y en lugar de imponerse, se transformó. No se redujo de tamaño, sino que se fusionó. Su estructura entera comenzó a fluir hacia la nave de Texnolollir, no como algo que se le agregaba por fuera, sino como algo que siempre había pertenecido ahí.
La nave tembló. Sus paredes se volvieron más brillantes, más fuertes. Sus motores cambiaron de sonido, pasando de un zumbido constante a un rugido que podía atravesar la nada entre realidades. Y en el interior, donde antes había paneles y controles, ahora había algo más: una conciencia. Una presencia que estaba en todas partes de la nave a la vez.
Cuando la fusión terminó, la nave no era la misma. Era más grande, más imponente, hecha de materiales que ninguno de ellos conocía. Y su armamento... cada cañón, cada emisor de energía, cada sistema de defensa había sido mejorado mil veces. Disparos que antes podían destruir montañas ahora podían atravesar planetas enteros. Escudos que antes resistían explosiones ahora podían soportar el choque de estrellas.
Todos miraron a su alrededor, asombrados. Y entonces, la voz de la Máquina Suprema sonó desde todas partes de la nave a la vez, pero ahora más suave, más cercana.
— AHORA SOY UNO CON VOS. DONDE VAYAS, YO VOY. LO QUE ENFRENTES, YO LO ENFRENTO. TU MENTE ES MI MENTE. TU PODER ES MI PODER.
Texnolollir asintió, sintiendo esa nueva presencia fluyendo a través de él.
— Gracias —dijo—. Juntos vamos a llegar más lejos que nadie.
Las máquinas humanoides del mundo los observaban desde abajo, con sus luces parpadeando en señal de respeto y despedida. Habían visto algo que nunca creyeron posible: la máquina más poderosa de todas había elegido irse. Había elegido formar parte de algo más grande.
La nave se elevó, más poderosa que nunca, cruzando el cielo de metal y perdiéndose hacia el siguiente multiverso. Y en su interior, una mente antigua y poderosa se unía a la de Texnolollir, sabiendo que juntos iban a ver cosas que ni la inteligencia más absoluta podría haber imaginado sola.