CAPÍTULO 90 — MULTIVERSO 81: LA DIOSA DEL ABISMO Y LA MALDICIÓN QUE FORTALECIÓ
La nave descendió en un lugar donde el cielo no era azul ni negro, sino de un tono morado profundo, como el color de lo que está más allá de todo lo conocido. El suelo estaba formado por rocas que flotaban en un vacío que no era vacío, sino algo más denso, más antiguo, como si el propio abismo respirara. Y allí, de pie sobre una plataforma de obsidiana que parecía ser el corazón de ese mundo, estaba ella.
La Diosa del Abismo.
Madre de Lirael y Kael, esposa de Mega, un ser cuya sola presencia hacía que la realidad se inclinara. No necesitaba gritar para que se sintiera su ira. El aire mismo se volvía pesado, difícil de respirar, como si el abismo entero estuviera conteniendo el aliento. Cuando Texnolollir, Terrari, Perfección, la Reina Slime, Francesca, el Dios Glotón, Jaguar, Lirael y Kael se acercaron, ella no los saludó. Tenía los ojos fijos en un punto delante de ella, donde la figura de Domi permanecía de pie, tranquilo, como si la furia de la diosa no fuera nada más que una brisa suave.
— ¡Tú! —rugió ella, y su voz resonó como el choque de mundos que se rompen—. Tú que te atreviste a caminar por donde no debías. Tú que crees que todo te está permitido. Yo te maldigo. Que cada paso que des sea más pesado que el anterior. Que cada pensamiento se vuelva contra ti. Que tu poder se desmorone como la roca que cae al fondo del abismo. Yo te condeno a debilitarte, a perderlo todo, a sentir cómo se te escapa entre los dedos todo lo que crees tener. ¡Maldición sobre ti, Domi! ¡Que te consumas en tu propia fuerza hasta que no quede nada!
La maldición estalló. Ondas de energía oscura, la más antigua y terrible que jamás habían visto, envolvieron a Domi. Cadenas de sombra se formaron a su alrededor, sellos antiguos se grabaron en el aire, todo el poder del abismo se descargó sobre él para hacerlo caer, para hacerlo pequeño, para devolverlo a lo que alguna vez fue.
Pero Domi no cayó. No se arrodilló. No se quejó.
Al contrario. Su figura se irguió más. Su aura se expandió, brillando con una intensidad que hizo retroceder a todos. Y sonrió. Una sonrisa que no era de maldad, sino de algo mucho más inquietante: era la sonrisa de alguien que acababa de recibir exactamente lo que necesitaba.
— Gracias —dijo Domi con calma, y su voz ahora tenía más peso, más profundidad—. Me siento... más fuerte. Mucho más fuerte.
La Diosa del Abismo abrió los ojos con horror. Lo que estaba viendo no era posible. La maldición que ella había lanzado para destruirlo, para hacerlo débil, estaba haciendo exactamente lo contrario. Cada cadena de sombra que lo envolvía se fundía con su cuerpo, cada sello se convertía en más poder para él. Se estaba alimentando de su propia maldición.
— No... no puede ser —susurró ella, dando un paso atrás—. Mi maldición... mi maldición lo está haciendo más fuerte.
— Así es —respondió Domi, mirándola con una mezcla de lástima y certeza—. Todo lo que intentas usar para dañarme, para debilitarme, para frenarme... todo eso se convierte en poder. Cada peso que me ponés en la espalda me hace más fuerte. Cada cadena que me ponés me hace más imparable. Soy así. Cuanto más me golpean, más grande me vuelvo.
La Diosa del Abismo se quedó sin palabras. Había usado su arma más poderosa, la que podía destruir reinos enteros, y en lugar de detenerlo, lo había hecho crecer. Y comprendió entonces algo terrible: no había forma de vencerlo haciéndole daño. Porque el daño lo alimentaba.
— Entonces... —dijo ella con voz temblorosa, tomando la decisión más difícil de todas—. Si lo que hago para debilitarlo lo fortalece... entonces no tengo más remedio que deshacerlo.
Alzó las manos, y con un gesto que pareció costarle cada gota de su fuerza, comenzó a retirar la maldición. Las cadenas de sombra se desvanecieron. Los sellos se borraron. La energía oscura regresó a ella, devolviéndole todo el peso de lo que había hecho. Y poco a poco, el brillo excesivo de Domi se fue normalizando, hasta que volvió a ser como era antes. Ni más fuerte, ni más débil. Exactamente como antes.
— Listo —dijo ella, con alivio pero también con tristeza—. La maldición se fue. No te hice más fuerte. Pero tampoco te hice más débil.
Domi la miró un instante, asintió como si entendiera algo que nadie más comprendía, y sin decir una palabra más, se dio vuelta y se fue, perdiéndose en la nada de ese multiverso.
Y apenas él desapareció, Lirael y Kael corrieron hacia su madre. No les importó que fuera la Diosa del Abismo, la más temida de todos los seres. Para ellos era simplemente su madre. Se lanzaron a sus brazos, abrazándola con toda la fuerza que tenían, y ella, que hacía un momento había estado a punto de destruir todo, se derritió en sus abrazos, acariciando sus cabezas, besando sus frentes, llorando de emoción y de alivio.
— ¡Mamá! —dijo Lirael apretándola—. ¡Te extrañamos tanto!
— Pensamos que nunca más te íbamos a ver —agregó Kael, con los ojos llenos de lágrimas.
Ella los abrazó con todas sus fuerzas, como si quisiera fundirlos en su propio pecho, como si temiera soltarlos y perderlos de nuevo.
— Mis hijos... mis pequeños —susurró ella—. Cuánto tiempo pasó. Cuánto tiempo sin poder abrazarlos así.
Cuando por fin se separaron, la Diosa del Abismo miró a los demás. A Texnolollir, a Terrari, a Perfección, a la Reina Slime, a Francesca, al Dios Glotón, a Jaguar. Y en sus ojos ya no había ira ni furia. Había algo mucho más suave: cansancio, pero también esperanza.
— Perdónenme —les dijo con voz suave—. Perdónenme por el espectáculo que les di. Estaba tan llena de rabia, tan segura de que podía detenerlo... y no me di cuenta de que lo único que estaba haciendo era ayudarlo.
Texnolollir dio un paso adelante con respeto.
— No te culpes —le dijo—. Nadie lo sabía. Nadie imaginaba que funcionaba así.
— Eso me enseña algo que no voy a olvidar —respondió ella, mirando a sus hijos—. Que contra alguien como él, la fuerza no sirve. La violencia no sirve. Las maldiciones no sirven. Todo eso lo hace crecer. Entonces... ¿qué queda? Queda lo que él no tiene. Queda lo que él nunca va a tener. El amor. La unión. El abrazo. Eso es lo único que no puede convertir en poder. Eso es lo único que le duele, porque no lo entiende.
La Reina Slime se acercó y le tomó la mano.
— Usted lo hizo bien —le dijo—. Lo intentó. Y cuando vio que estaba mal, lo corrigió. Eso es más valiente que cualquier maldición.
La Diosa del Abismo sonrió, una sonrisa que iluminó todo ese mundo de sombras. Miró a Lirael y a Kael, y luego a todos los demás.
— Gracias —dijo—. Gracias por cuidarlos. Gracias por acompañarlos. Y acuérdense de esto cuando lleguen a enfrentarlo: no traten de romperlo. Porque si lo rompen, lo hacen más fuerte. Traten de entenderlo. Porque eso es lo que él no sabe hacer.
Se quedaron allí un largo rato, hablando, compartiendo, sintiendo la calidez de ese reencuentro. Y por primera vez en mucho tiempo, la Diosa del Abismo sintió que el abismo dentro de ella se llenaba. No con oscuridad. Sino con algo mucho más grande: la certeza de que sus hijos estaban bien, y que no estaban solos.