Texnolollir

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CAPÍTULO 92 — MULTIVERSO 83: EL GUERRERO PERDIDO DE LA RAZA DE LOS LEONES
La nave descendió en un mundo de llanuras infinitas y cielos de un dorado pálido que parecían no tener fin. No había ruinas de otras civilizaciones, ni rastros de otras razas. Aquí solo habitó, hace mucho tiempo, la raza de los leones. Fueron los únicos señores de este multiverso, orgullosos, fuertes, guardianes de su propia historia, hasta que un día, uno de sus guerreros más grandes desapareció. Lo buscaron por todas partes. Revisaron cada rincón de las llanuras, cada cueva, cada valle. Pero nunca encontraron su cuerpo. Simplemente se fue. Y con el paso de los siglos, se convirtió en una leyenda: el guerrero que se perdió sin dejar rastro.
Cuando Texnolollir, Terrari, Perfección, la Reina Slime, Francesca, el Dios Glotón, Jaguar, Lirael y Kael comenzaron a recorrer esas tierras, no encontraron monumentos ni tumbas. Solo el viento que soplaba como si estuviera contando una historia que nadie escuchaba. Y entonces, en el lugar más abierto de la llanura, donde el sol se ponía más hermoso que en ningún otro sitio, el aire comenzó a cambiar. No fue un temblor ni un sonido. Fue como si la luz misma se concentrara en un punto, tomando forma, volviéndose sólida, hasta que apareció frente a ellos.
Era un león. Pero no era carne y hueso. Era puro espíritu, hecho de luz dorada y recuerdos antiguos. Su melena fluía como llamas que no se consumen, y en sus ojos había una sabiduría tan profunda que parecía haber visto el nacer y el morir de mil mundos. Era el guerrero perdido. El que nunca fue hallado. El que se había quedado esperando, mucho después de que los suyos se hubieran ido de este lugar.
— Bienvenidos —dijo su voz, resonando en el alma de cada uno—. Yo soy el que se perdió. El que nadie encontró. Y estuve esperando. Sabía que vendrían.
Todos lo miraron con respeto. Pero entonces, Terrari dio un paso adelante, y su expresión cambió por completo. Abrió los ojos con asombro, como si estuviera viendo algo que le pertenecía, algo que ella misma había creado sin saberlo. Tembló levemente.
— Ese poder... —susurró Terrari—. Lo reconozco. Cada parte de él.
El espíritu del león la miró y asintió lentamente.
— Así es, Terrari. Todo lo que llevo dentro, toda la fuerza que tengo aquí reunida... no me pertenece solo a mí. Es el poder de cada bestia, cada criatura colosal, cada ser inmenso que vos venciste en tu camino. Fueron batallas que te costaron todo. Contra muchas de ellas tuviste que usar tu transformación más terrible, tu forma más destructiva... la Calamity. Cuando las derrotaste, su poder no desapareció. No se perdió. Se acumuló. Y aquí, en este lugar, yo lo recibí. Y ahora lo llevo todo conmigo.
Terrari sintió que el aire se volvía más ligero y más pesado a la vez. Comprendió que ese espíritu no era simplemente un guerrero león. Era un recipiente. Un guardián que cargaba con la fuerza de cada ser que ella había vencido. Todo ese poder que ella había enfrentado para proteger, ahora estaba allí, en esa figura majestuosa, esperando el momento de ser usado una vez más.
Y ese momento llegó antes de lo que esperaban. El cielo se oscureció de golpe. No fue una nube. Fue una sombra que lo cubrió todo, una presencia que no necesitaba presentarse para ser temida. Domi apareció en medio de la llanura, con esa calma que tenía cuando sabía que nadie podía detenerlo. Miró al espíritu del león con una mezcla de curiosidad y lástima.
— Un león —dijo Domi con voz suave—. Y un león que ya no está vivo. Qué curioso.
El espíritu del león no retrocedió. Su melena de luz brilló con más fuerza.
— Yo estoy aquí para que no pases —respondió con firmeza—. No vas a hacerles daño. Ni a ellos, ni a este lugar.
Domi sonrió. Una sonrisa que no llegaba a sus ojos.
— ¿Y vos creés que vas a poder detenerme?
La pelea comenzó antes de que nadie lo esperara. Domi se movió con esa velocidad que rompe el sonido, lanzó un golpe que habría desintegrado una montaña entera, y el espíritu del león lo bloqueó con una sola pata. El impacto hizo que el suelo se abriera en grietas que se extendían kilómetros a la redonda. Desde el primer instante, era evidente: Domi tenía la pelea ganada. Su poder era tan inmenso, tan absoluto, que cada movimiento del león parecía insignificante al lado del suyo. Domi lo golpeaba, lo mandaba contra el suelo, lo atravesaba con ondas de energía que habrían borrado cualquier otro ser de la existencia.
Pero el león no desaparecía. Y no solo eso: lograba conectar golpes. Golpes que llevaban el peso de cada bestia que Terrari había vencido. El zarpazo de un ser que podía partir el mar. El rugido de una criatura que hacía temblar las estrellas. Cada vez que el león golpeaba, era como si mil seres golpearan al mismo tiempo. Y aunque Domi no caía, aunque ni siquiera se tambaleaba... esos golpes lo hacían detenerse. Lo hacían mirar con más atención.
Pero a pesar de todo ese poder, cuando el león logró darle un golpe directo al pecho, Domi simplemente se sacó el polvo de la ropa.
— Eso fue... entretenido —dijo Domi—. Me hizo cosquillas. Nada más.
Y con un movimiento de mano, simple, sin esfuerzo, borró al espíritu del león. No fue un golpe violento. Fue como apagar una vela. La figura luminosa se desvaneció, la luz se fue dispersando en el aire, y el guerrero que llevaba el poder de mil bestias dejó de estar allí.
Pero antes de desaparecer por completo, antes de que la última partícula de luz se fuera, el espíritu del león miró a Terrari por última vez. No había miedo en sus ojos. No había derrota. Había algo más.
— No es el fin —le dijo con una voz que solo ella pudo escuchar—. Esto no se termina aquí. El poder que llevo... nunca fue mío. Siempre fue tuyo. Y cuando lo necesites de nuevo... yo volveré. En otra forma. En otro lugar. Pero volveré.
Y entonces se fue. No se desvaneció como si hubiera sido destruido. Se fue como quien termina una tarea y se retira. Se fue sabiendo que había cumplido su propósito: los había defendido. Les había dado tiempo. Les había mostrado que incluso lo que parece imposible... vale la pena intentarlo.
Domi miró el lugar donde el león había estado, luego miró a todos ellos, encogió los hombros como si nada hubiera pasado, y se fue de la misma forma en que llegó: sin prisa, sin esfuerzo. Pero cuando se fue, el silencio que dejó atrás no era de derrota. Era de algo más grande.
Terrari se quedó mirando el lugar donde el espíritu había estado. Sentía que algo de esa fuerza seguía en el aire, que algo de ese poder ahora corría por sus propias venas.
— No lo destruyó —dijo Terrari en voz baja—. Solo lo mandó a descansar. Pero volverá.
Texnolollir le puso una mano en el hombro.
— Lo hizo bien —dijo Texnolollir—. Los defendió. Y nos mostró algo importante: que incluso contra alguien como Domi, vale la pena levantarse y pelear. Aunque solo sean cosquillas para él... cada golpe que le damos lo hace pensar. Y pensar es algo que él no suele hacer.
Se quedaron allí un momento más, en silencio, honrando al guerrero perdido que había vuelto por una sola razón. Y cuando subieron a la nave, todos sabían algo que antes no sabían: que hay fuerzas que ni siquiera la muerte puede borrar. Y que el valor de un guerrero no se mide por si gana o pierde, sino por quién está dispuesto a proteger.




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