Texnolollir

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CAPÍTULO 94 — MULTIVERSO 85: EL CREADOR DE DEVORADIOSES
La nave descendió en un lugar donde el cielo no tenía estrellas, ni sol, ni luna. Era un cielo de sombras vivientes, que se movían como si respiraran. El suelo estaba cubierto de una sustancia oscura, palpitante, que parecía ser la carne misma de ese multiverso. Y en el centro de todo, de pie sobre una plataforma que se elevaba hacia la nada, estaba él. El Creador de Devoradioses.
No tenía aliados. Nunca los quiso. Siempre estuvo solo. No porque nadie quisiera estar con él, sino porque él no permitía que nadie se acercara. Su única compañía eran sus creaciones: seres inmensos, hambrientos, hechos para una sola cosa: devorar dioses. Vivían para eso. Nacían para eso. Y morían para eso. Y él, el Creador, los hacía uno tras otro, sin descanso, sin quejarse, sin pedir ayuda.
Cuando Texnolollir, Terrari, Perfección, la Reina Slime, Francesca, el Dios Glotón, Jaguar, Lirael y Kael pusieron un pie en ese mundo, lo primero que vieron fue la pelea. Ya había comenzado. Domi estaba allí, de pie, con esa calma que tenía cuando sabía que nada podía hacerle daño. Y enfrente de él, el Creador. No pedía ayuda. No pedía que nadie se metiera. Estaba defendiendo su multiverso, su lugar, sus creaciones, solo como siempre.
— Nadie entra aquí —había dicho el Creador antes de que llegaran—. Nadie. Todo el que pise este suelo, muere. No importa de qué lado estés. Este es mi mundo. Y yo solo lo cuido.
La pelea estalló. Domi alzó una mano y lanzó una técnica, una onda de energía tan densa que habría borrado galaxias enteras en su camino. Y entonces, delante del Creador, surgió una criatura inmensa: un gusano, tan largo que no se le veía el final, con bocas llenas de dientes que masticaban la realidad misma. Se lanzó contra el ataque de Domi con la boca abierta, dispuesto a devorarlo todo. Eso era lo que estaba hecho para hacer: devorar dioses. Devorar su poder. Devorar sus técnicas. Pero esta vez... no pudo.
El gusano mordió la energía de Domi, y en lugar de consumirla, estalló. Se hizo pedazos desde la boca hasta la cola. Su cuerpo entero se desintegró como si fuera de polvo. El gusano, que había devorado dioses durante eones, no pudo con eso. Cayó destruido.
El Creador no lloró. No gritó. Simplemente cerró los ojos un instante, y luego volvió a abrirlos. Y creó más. Más rápido, más grande, más poderoso. Esta vez no fue uno. Fueron diez. Veinte. Seres de formas imposibles, con mandíbulas que podían partir el espacio, estómagos que podían contener estrellas. Eran los más fuertes que jamás había hecho. Y cuando Domi lanzó su siguiente ataque, todos se lanzaron juntos. Esta vez sí pudieron. Devoraron la técnica. La masticaron, la consumieron, la hicieron desaparecer. Por un instante, el Creador creyó que lo había logrado.
Pero Domi hizo algo que rompió con toda lógica. Algo que ningún ser debería poder hacer. No lanzó más energía. No hizo más técnicas. Simplemente pensó en esos seres. Y con un gesto que no debería haber significado nada, los destruyó a todos. No los golpeó. No los quemó. Simplemente... los hizo dejar de existir. Como si nunca los hubiera creado. Una fuerza que no se puede devorar, porque no es energía. Es voluntad. Es realidad cambiada al instante. Y todos los devoradioses cayeron al mismo tiempo, convertidos en polvo sin que nadie supiera cómo había pasado.
El Creador vio caer a sus creaciones una y otra vez. Y entonces algo cambió en él. La furia lo cegó. Si Domi venía a destruir todo lo que él hacía, entonces él destruiría todo lo que se le pusiera enfrente. No importaba quién fuera.
Giró la cabeza y vio a Texnolollir y a su grupo observando desde lejos. Y en sus ojos ya no había distinción entre amigos y enemigos. Había solamente intrusos. Y en ese instante, creó más bestias. Miles de ellas. Y no solo las lanzó contra Domi. Las lanzó contra todos.
— ¡Salgan de mi multiverso! —rugió—. ¡Nadie entra aquí! ¡Nadie! ¡El que pise este suelo, muere!
Las bestias vinieron hacia ellos. Eran enormes, feroces, hechas para devorar lo que fuera. Pero Texnolollir levantó una mano y detuvo a todos antes de que nadie atacara.
— No les devuelvan los ataques —ordenó con firmeza—. Solo defiéndanse. No las maten. Él no sabe lo que hace. Está defendiendo su mundo. Dejémoslo pelear su batalla. Nosotros no nos metemos.
Así fue. Mientras el Creador seguía creando bestias que caían sobre ellos, el grupo solo se defendía. Bloqueaban, esquivaban, se apartaban. No destruían nada. No atacaban al Creador. No interferían en la pelea entre él y Domi. Sabían algo que el Creador aún no quería ver: sabían que Domi lo iba a matar. Lo veían venir. Lo sentían en el aire. El Creador era poderoso, sí. Creaba seres que podían comerse dioses. Pero Domi era otra cosa. Domi rompía las reglas mismas de la existencia. Y tarde o temprano, el Creador se quedaría sin creaciones. Y sin fuerzas.
Y así pasó. Una tras otra, las bestias cayeron. Devoradioses inmensos, terribles, cayeron convertidos en nada. El Creador se cansó. Sus manos temblaban. Ya no podía crear tan rápido. Ya no podía hacerlos tan fuertes. Y Domi seguía de pie, intacto, esperando. Cuando la última bestia cayó, el Creador se quedó solo. Sin creaciones. Sin aliados. Sin nadie. Exactamente como siempre vivió.
Domi dio un paso adelante. No lo hizo con odio. Lo hizo con una especie de indiferencia terrible. Alzó la mano, y con un movimiento simple, terminó con todo. El Creador cayó. No hubo un discurso final. No hubo un grito. Simplemente se apagó. El ser que había creado tantos monstruos terribles, que había vivido solo toda su existencia defendiendo su mundo, dejó de estar allí.
Domi miró el lugar donde había caído, luego miró a Texnolollir y a su grupo, que seguían defendiéndose de las últimas bestias que quedaban sin control. Y sin decir una palabra, sin darles ni una mirada más, se fue. Se desvaneció de la misma forma en que llegó: sin prisa, sin esfuerzo, sabiendo que había ganado.
Cuando todo terminó, cuando el silencio volvió a ese multiverso oscuro, Texnolollir miró el suelo donde el Creador había estado.
— Nunca quiso aliados —dijo en voz baja—. Siempre dijo que estar solo era mejor. Y al final... murió solo.
La Reina Slime lo miró con tristeza.
— No nos dejó ayudarlo —dijo ella—. Nos atacó a nosotros también. Pero aun así... no pudimos odiarlo. Solo quería proteger lo suyo.
— Y lo protegió hasta el último momento —agregó Perfección—. Aunque nadie le ayudara. Aunque nadie estuviera de su lado.
Subieron a la nave dejando atrás ese mundo lleno de sombras y de bestias que ya no tenían creador. Y todos llevaban consigo la misma sensación: que Domi no solo mata a los poderosos. También mata a los que no quieren compañía. A los que prefieren estar solos. A los que creen que pueden con todo sin ayuda. Y esa... esa es la lección más dura de todas.




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