CAPÍTULO 95 — MULTIVERSO 86: LA DIOSA DEL AMOR Y LA NIEBLA QUE ENAMORA
La nave descendió en un multiverso donde todo parecía teñido de los colores más suaves que jamás habían visto. Cielos de rosa y lavanda, flores que se abrían al paso del viento, ríos que brillaban con una luz dorada y cálida. Y en el centro de ese mundo, de pie sobre una colina cubierta de pétalos, estaba ella: la Diosa del Amor. No tenía armas ni armaduras. Vestía un manto que parecía hecho de pétalos vivos, y su presencia era tan suave que hacía que cualquiera que la mirara sintiera que todo estaba bien. Pero en ese momento, sus ojos estaban llenos de determinación, porque enfrente de ella, con esa calma que siempre lo acompañaba, estaba Domi.
— No vas a pasar —dijo la Diosa del Amor con voz firme, pero sin rastro de odio—. Aquí no se rompe nada. Aquí no se destruye nada.
Domi la miró como quien mira algo hermoso pero que no entiende.
— El amor es una debilidad —respondió él—. Todo lo que ama, termina perdiendo. Y yo no pierdo nada.
Entonces la Diosa del Amor alzó las manos. Y de ella comenzó a brotar una niebla. No era una niebla gris ni fría. Era una niebla rosada, espesa, suave, que se extendió rápidamente por todo el campo de batalla. Esa niebla tenía un poder terrible: quien la respirara, caería completamente hipnotizado. Quedaría perdido, enamorado, sin voluntad propia, sin poder moverse, sin querer hacer nada más que estar allí, entregado a esa sensación dulce que lo llenaba todo.
Pero Domi no respiró. No abrió la boca. No dejó que nada de esa niebla tocara sus pulmones. Y en lugar de eso, levantó un brazo y creó un campo de energía perfecto alrededor de su cuerpo. Una burbuja invisible que lo separaba de todo. Y dentro de esa burbuja, el aire se renovaba solo. Tenía oxígeno. Respiraba perfectamente. Pero no tocaba la niebla rosada. No la sentía. No la dejaba entrar.
— Sabía que lo harías —dijo la Diosa del Amor, sin bajar los brazos—. Sabía que te protegerías. Pero no importa. Tarde o temprano vas a tener que respirar. Y cuando lo hagas... vas a entender. Vas a sentir. Y entonces vas a dejar de destruir.
— No voy a respirar —respondió Domi con frialdad—. No necesito sentir nada.
La Diosa del Amor sabía que la niebla sola no bastaría. Domi era demasiado poderoso, demasiado cerrado. Entonces juntó todo su poder, toda la esencia de su ser, y lo concentró en una sola técnica. De sus manos nació una figura inmensa, hecha completamente de luz blanca y dorada, tan brillante que dolía mirarla. Era el Cisne. Majestuoso, sereno, con alas que abarcaban kilómetros, una criatura de luz pura que representaba todo lo que es bello, todo lo que une, todo lo que perdura. Era la técnica más poderosa que tenía.
— ¡Esto es lo que soy! —gritó ella, lanzando al Cisne contra Domi.
Y por primera vez, todos los que miraban contuvieron el aliento. Porque Domi no borró la técnica con un gesto. No la anuló con la mente. Por primera vez, él también lanzó algo. Alzó la mano, y de entre sus dedos nació una figura de fuego inmenso, ardiente, que quemaba el aire a su paso. Era el Ave Fénix. Hecha de llamas que podían consumir multiversos enteros, de un rojo y naranja tan intenso que parecía arrancado del corazón de una estrella moribunda. El Fénix de Domi voló directamente hacia el Cisne de luz.
Y chocaron.
No hubo ruido al principio. Fue como si el universo entero contuviera el aliento. Y luego estalló. Una explosión de luz y fuego que iluminó todos los multiversos cercanos. El cielo se partió en dos. El suelo se desmoronó. Ondas de energía pasaron por encima de Texnolollir, Terrari, Perfección, la Reina Slime, Francesca, el Dios Glotón, Jaguar, Lirael y Kael, haciéndolos tambalear. Cuando el brillo se fue apagando, vieron que ambos seres seguían de pie. El Cisne y el Fénix se habían destruido mutuamente. Ninguno había ganado. Ninguno había perdido.
— ¡Vamos a ayudarla! —gritó Texnolollir, dando un paso adelante.
— ¡No se metan! —les advirtió la Diosa del Amor, pero ya era tarde. Todos se disponían a correr hacia ella, a unir sus fuerzas, a pelear junto a ella.
Y entonces, justo cuando iban a intervenir, el aire se abrió. No fue una grieta ni una explosión. Fue como si el espacio mismo se apartara para dejar pasar a alguien. Y apareció él. Infinity. El ser que ya habían visto antes, el que Domi no había podido hacerle ni un rasguño, el que simplemente se quedó de pie recibiendo todos los golpes sin moverse. Estaba allí, con esa calma que lo caracterizaba, mirando la escena sin sorpresa.
En el instante en que Infinity apareció, Domi desapareció. No se despidió. No dijo nada. Simplemente dejó de estar allí. Y al mismo tiempo, Infinity también se fue. Uno apareció y el otro se fue. Y ambos se perdieron al mismo tiempo, dejando a todos solos en medio de ese campo de pétalos y niebla rosada que se iba disipando lentamente.
La Diosa del Amor se quedó sola, con las manos aún extendidas, mirando el lugar donde ambos habían estado. Texnolollir y los demás se acercaron a ella.
— Es él —dijo Terrari con voz baja—. Infinity. Lo vimos antes. Y otra vez Domi se fue apenas lo vio.
— Eso significa que hay alguien a quien Domi no se atreve a enfrentar —dijo la Diosa del Amor con una sonrisa suave—. Alguien que lo hace irse sin pelear. Si él se fue... significa que hay algo que él no puede contra eso. Y eso nos da esperanza.
Texnolollir miró el cielo donde Domi había estado y donde Infinity había aparecido.
— Ya lo vimos una vez —dijo Texnolollir—. Pero cada vez que aparece, nos confirma lo mismo: que incluso el ser más poderoso que existe tiene un límite. Y ese límite tiene nombre.
— Mientras eso sea verdad —dijo la Diosa del Amor, mirándolos a todos—, todavía hay algo más grande que él. Y mientras haya algo más grande, hay esperanza.
Se quedaron allí un rato más, en silencio, sabiendo que acababan de presenciar algo que cambiaría todo. Que Domi no era invencible. Que Infinity estaba ahí. Y que el amor, aunque parezca la debilidad más grande, a veces es la fuerza que hace que incluso los más poderosos se detengan.