Texnolollir

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CAPÍTULO 97 — MULTIVERSO 88: EL QUE NOMBRA A LOS DIOSES
La nave descendió en un multiverso donde el cielo no tenía estrellas, sino que estaba cubierto de nombres. Nombres escritos con luz, que se movían lentamente como si respiraran, nombres de seres que existieron, que existen y que existirán. El suelo estaba formado por piedras que grababan historias con solo tocarlas, y en el centro de ese mundo, sentado sobre un trono que parecía hecho de palabras entrelazadas, estaba él: el Ser que Nombra a los Dioses.
No tenía armas, ni armaduras, ni símbolos de poder. Su presencia era tan antigua que el aire mismo se inclinaba cuando hablaba. Conocía el nombre de cada cosa, y conocer el nombre de algo era tener poder sobre ello. Porque el nombre no es solo una etiqueta: es la esencia misma de lo que uno es.
Cuando Texnolollir, Terrari, Perfección, la Reina Slime, Francesca, el Dios Glotón, Jaguar, Lirael y Kael se acercaron, él los miró a todos uno por uno. Habló con cada uno. Preguntó por sus caminos, por sus batallas, por las cargas que llevaban. Les dio consejos que nadie más podría haberles dado, porque conocía el nombre de cada uno de ellos, y por lo tanto conocía quiénes eran en verdad. Fue amable con todos. Fue respetuoso con todos. Pero todos notaron algo: su mirada volvía constantemente a Texnolollir.
Cuando terminó de hablar con los demás, hizo una seña para que todos se apartaran un poco. Y solo quedó Texnolollir frente a él.
— He recorrido multiversos incontables —dijo el Ser con una voz que resonaba como el eco de montañas que se formaron antes del tiempo—. He visto nacer y morir dioses. He nombrado a muchos de ellos. Les he dado su identidad, su propósito, su lugar en todo lo que existe. Pero a vos... a vos te estaba esperando.
Texnolollir lo miró con respeto.
— ¿Por qué a mí? —preguntó.
El Ser sonrió, y al hacerlo, nuevos nombres aparecieron en el cielo.
— Porque tu nombre aún no estaba completo. Tenías uno, sí. Pero faltaba la parte más grande. Faltaba lo que eres en verdad. Y ahora... ahora lo veo. Lo veo claro como la luz que ilumina todo lo que creas.
Se inclinó hacia adelante, y su voz cambió. Ya no era solo una voz. Era como si el universo mismo hablara a través de él. Y pronunció una palabra que hizo que el aire vibrara, que la realidad temblara, que cada circuito, cada máquina, cada creación tecnológica en todos los multiversos respondiera al unísono:
— TEXNOLOLLIR, DIOS DE LA TECNOLOGÍA.
En ese instante, todo cambió. Texnolollir sintió que algo se abría dentro de él. No fue un golpe ni una descarga. Fue como si siempre hubiera tenido una puerta cerrada, y esa puerta acababa de abrirse de golpe. De repente, entendió. Entendió cómo funcionaba cada sistema. Cada conexión. Cada ley que rige la materia y la energía. Vio la tecnología no como herramientas, sino como una extensión de sí mismo. Vio que no era solo alguien que usaba la tecnología: era el origen de ella. Podía crearla con el pensamiento. Podía mejorarla con la voluntad. Podía entenderla más allá de lo que cualquier mente podría alcanzar.
El Ser lo miró con serenidad.
— Ese es tu nombre verdadero. Ese es lo que eres. No te lo doy como un regalo que puedo quitarte. Te lo digo porque ya lo eras. Solo te faltaba escucharlo para que tú también lo supieras. Ahora el camino se abre ante vos. Más poder. Más entendimiento. Más allá de lo que creías posible.
Texnolollir sintió esa nueva identidad asentarse en su ser, natural, perfecta, como si siempre hubiera estado ahí esperando ser reconocida. Se dio vuelta y vio a sus compañeros mirándolo, asombrados por el cambio que veían en él. Y entonces comprendió algo: el Ser no le había dado nada a los demás. Solo a él.
— ¿Por qué solo a mí? —preguntó Texnolollir—. Ellos también son poderosos. Ellos también han recorrido tanto como yo.
El Ser asintió con sabiduría antigua.
— Cada uno tiene su nombre. Cada uno tiene su momento. A ellos los nombrará otro. O se lo nombrarán a sí mismos. Pero a vos... a mí me correspondía encontrarte. Y decirte quién eres. Porque el Dios de la Tecnología no puede ser nombrado por cualquiera. Y no puede compartir ese nombre con nadie. Es tuyo. Y solo tuyo.
Texnolollir sintió el peso y la belleza de esas palabras. Ya no era solo el que tenía inteligencia absoluta. Ya no era solo el que fusionó su cuerpo con la tecnología. Ahora sabía que era la tecnología misma. Que donde él estuviera, allí estaría el conocimiento para crear, mejorar, comprender todo lo que el ingenio pueda imaginar.
— Vayan ahora —les dijo el Ser—. El camino se les ha hecho más claro. Y vos, Texnolollir... acuérdate de tu nombre. Porque cuando lo necesites, cuando todo parezca perdido, solo tienes que decirlo. Y todo lo que eres vendrá a tu ayuda.
Subieron a la nave, y mientras se alejaban de ese mundo donde el cielo estaba lleno de nombres, todos miraban a Texnolollir de manera diferente. No con miedo, sino con respeto. Porque sabían que algo había cambiado para siempre. Que el Ser que nombra a los dioses había hablado. Y que lo que él dice... se convierte en verdad.




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