Texnolollir

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CAPÍTULO 99 — MULTIVERSO 90: EL INVOCADOR QUE MODIFICA CON TECNOLOGÍA
La nave descendió en un multiverso donde el cielo estaba cubierto de símbolos brillantes que se abrían y cerraban como portales. En cada rincón de ese mundo, la tierra misma se abría y de ella surgían formas de vida, criaturas, bestias, seres de toda clase y tamaño. No nacían de la manera común. Eran invocadas. Y detrás de cada una de ellas, en algún lugar, había alguien que las llamaba.
Cuando Texnolollir, Terrari, Perfección, la Reina Slime, Francesca, el Dios Glotón, Jaguar, Lirael y Kael bajaron, comprendieron de inmediato cómo funcionaba ese lugar. Todos los habitantes de ese mundo eran invocadores. No peleaban con sus propias manos, no desarrollaban su propio poder. Su fuerza no estaba en ellos mismos. Su fuerza estaba en lo que podían traer desde otros lugares. Invocaban bestias, espíritus, monstruos, dioses menores... y esos seres peleaban por ellos. Ellos solo daban la orden.
Entre todos esos invocadores, había uno diferente. No era el más fuerte físicamente. De hecho, era uno de los más frágiles. Delgado, de pie inestable, con ropa manchada de grasa y cables sueltos. Era evidente que si alguien lo tocaba con fuerza, caería. No tenía poder propio. No tenía energía acumulada. Su cuerpo era débil, casi insignificante. Pero lo que hacía él, nadie más podía hacerlo.
Cuando invocaba a sus seres, no los llamaba y ya. Los modificaba. Les instalaba piezas. Les conectaba circuitos. Les añadía sistemas, armas, mejoras. Fusionaba la esencia mágica de la invocación con la tecnología más avanzada que se había visto jamás. Sus creaciones no eran simples bestias. Eran máquinas vivientes, construcciones de poder y metal, programadas con estrategias que solo él entendía. Era inteligente, sí, pero no al nivel de los grandes pensadores o de los seres con sabiduría absoluta. No era un genio. Simplemente entendía algo que nadie más entendía: cómo mejorar lo que no es suyo.
Y las invocaciones que salían de sus manos eran extremadamente poderosas. Tan poderosas que podían destrozar montañas con un golpe, atravesar el cielo como flechas de fuego, romper la realidad solo con moverse. Pero él seguía siendo el mismo: pequeño, débil, dependiente de cada una de esas criaturas para no ser aplastado.
Mientras todos observaban, el cielo se oscureció de golpe. Una sombra inmensa cubrió todo el horizonte, y del suelo, surgiendo como si la tierra misma lo vomitara, apareció él. El Golem Oscuro. No era una invocación común. Era una masa de piedra negra tan densa que absorbía la luz, de piezas enormes que se unían sin juntas, con ojos que ardían de un fuego que no consumía nada. Medía kilómetros. Cada paso suyo hacía temblar el multiverso entero. No tenía inteligencia propia, no necesitaba. Solo tenía una orden: destruir todo lo que estuviera frente a él.
El invocador frágil levantó la vista. Sabía que no podía huir. Sabía que si ese golem lo tocaba, dejaría de existir en menos de un instante. Pero no retrocedió. Apretó los dientes, extendió las manos, y comenzó a invocar. Una tras otra, salieron sus criaturas modificadas con tecnología. Bestias con armaduras que brillaban, seres con cañones integrados, criaturas que disparaban rayos y campos de fuerza. Fueron contra el Golem Oscuro con todo lo que tenían.
Pero el golem no era una criatura cualquiera. Cada golpe suyo desintegraba las invocaciones como si fueran polvo. Las bestias tecnológicas caían una tras otra, rotas, destruidas, sus sistemas quemados, sus circuitos hechos pedazos. El invocador no se detenía. Seguía invocando, modificando, enviando más y más. Pero cada vez le costaba más. El sudor le corría por la frente. Sus manos temblaban. Su cuerpo débil apenas podía sostener el flujo de energía que necesitaba para mantener todo en pie.
— No puede seguir así —dijo Perfección observando desde lejos—. Se está agotando. Si se queda sin fuerzas, el golem lo aplasta.
— Y sin embargo no se rinde —agregó Terrari—. Aunque él mismo no pueda pelear, no deja de llamar a sus criaturas.
El Golem Oscuro avanzaba paso a paso, acercándose cada vez más al invocador. Ya no quedaban tantas bestias tecnológicas como al principio. El invocador respiraba con dificultad, se tambaleaba, sus piernas apenas lo sostenían. Y entonces, cuando el golem estaba a punto de alzar su puño final, el invocador hizo algo que nadie esperaba. En lugar de invocar algo más grande, algo más fuerte... modificó a la última criatura que le quedaba de una manera distinta. No le agregó más armas. No le dio más fuerza. Le cambió la lógica. Le programó una estrategia que nadie habría pensado.
La última invocación, una bestia que ya estaba herida y casi destruida, se lanzó contra el Golem Oscuro. No chocó de frente. Se movió en ángulos que el golem no esperaba, aprovechó cada movimiento que hacía para encontrar el hueco, el punto débil, la falla en su estructura. Fue difícil. Fue peligroso. Hubo momentos en que todos pensaron que caería. Pero con una dificultad mínima, apenas suficiente, la bestia tecnológica encontró el punto exacto donde el golem se unía a la nada que lo sostenía, y golpeó. No fue el golpe más fuerte. Pero fue el correcto. Y el Golem Oscuro, esa masa inmensa que parecía indestructible, se detuvo, se agrietó desde adentro, y se desmoronó en pedazos que se desvanecieron en la nada.
El invocador cayó de rodillas, exhausto, apenas con fuerzas para respirar. No había ganado con facilidad. Había ganado con lo justo. Con lo mínimo necesario. Porque él no era poderoso. Sus creaciones lo eran. Y esa era su fuerza y su debilidad al mismo tiempo.
Texnolollir y los demás se acercaron mientras él intentaba levantarse.
— Lo hiciste —dijo Texnolollir—. Sabías que eras débil. Sabías que no podías pelear con tus propias manos. Y aun así ganaste.
El invocador sonrió con cansancio.
— Mi cuerpo es débil, sí —respondió él—. Pero lo que yo creo... lo que yo mejoro... eso no tiene por qué ser débil. No necesito ser fuerte yo. Solo necesito saber qué hacer con lo que llamo.
La Reina Slime lo miró con curiosidad.
— Y si te quedas sin invocaciones —preguntó ella—, ¿qué hacés?
El invocador se limpió una mancha de polvo de la mejilla.
— Entonces invento algo nuevo. Siempre hay algo que se puede mejorar. Siempre hay algo que se puede modificar. Y si no hay nada... lo creo.
Se quedaron allí un momento más, viendo cómo ese ser frágil, que no tenía poder propio, había derrotado a algo que habría aplastado a mundos enteros. Y comprendieron que no hace falta ser el más fuerte para ganar. A veces basta con saber qué necesita ser mejorado. Y saber cómo hacerlo.




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