CAPÍTULO 100 — MULTIVERSO 91: EL GUERRERO QUE ROMPIÓ LAS CADENAS
La nave descendió en un multiverso donde la luz no venía de estrellas ni de soles, sino que parecía brotar de la nada misma, como si el aire estuviera hecho de brillo puro. No había sombras allí. Todo se veía con una claridad tan perfecta que daba la impresión de que se podía ver hasta el fondo de cada pensamiento. Y en el centro de ese mundo, de pie, esperándolos, estaba él. El Guerrero de Luz.
No llevaba armadura pesada ni armas visibles. Su cuerpo parecía tejido de la luz misma, translúcido y sólido a la vez, con un resplandor que no cegaba, sino que abrigaba. Cuando Texnolollir, Terrari, Perfección, la Reina Slime, Francesca, el Dios Glotón, Jaguar, Lirael y Kael se acercaron, el guerrero no los miró a todos. Sus ojos se fijaron únicamente en Texnolollir. Se acercó a él con paso tranquilo, firme, y le dijo con una voz que resonó directamente en su interior:
— Vos cargás algo que no te pertenece. Cadenas que no ves, pero que sentís. Cadenas que te atan a la realidad, que te limitan, que te dicen hasta dónde podés llegar y qué podés ser. Yo vine a romperlas.
Texnolollir lo miró con sorpresa.
— ¿Cadenas? —preguntó—. Yo no siento ninguna cadena.
— Porque naciste con ellas —respondió el Guerrero de Luz—. Están tan integradas a tu ser que dejaste de notarlas. Todos las tenemos. Cada ser que existe nace atado a las reglas de este mundo. Pero vos... vos estás destinado a ir más allá. Y para eso, primero hay que cortar lo que te sostiene.
Entonces el Guerrero de Luz extendió la mano, y en su palma apareció una espada. No era una espada de metal ni de fuego. Estaba hecha de luz tan pura que casi no tenía forma definida. Era como si hubiera tomado la esencia misma de la libertad y la hubiera moldeado en forma de hoja. Se la entregó a Texnolollir.
— Agarrala —le dijo—. Y cortá. Cortá todo lo que te detiene. Todo lo que te dice que no podés. Todo lo que te pone un techo. Rompé las cadenas que te atan a la realidad. Y cuando lo hagas... vas a entender cuánto te estaban pesando.
Texnolollir tomó la espada. En el instante en que la sostuvo, sintió algo que nunca había sentido: como si algo que siempre lo había sostenido de repente se soltara. Algo que siempre lo había limitado de repente dejara de existir. Levantó la espada y la bajó con fuerza. No golpeó nada visible. No había nada enfrente de él. Pero todos sintieron el sonido: un crujido profundo, como si el mundo mismo se partiera, y luego... silencio. Un silencio liviano, como si algo pesadísimo se hubiera caído de encima de todos.
Y en ese instante, el Guerrero de Luz simplemente desapareció. No se fue. No se teletransportó. Se desvaneció entre ellos como un rayo de sol que se oculta tras una nube. Un momento estaba allí, y al siguiente, ya no estaba. No se despidió. No dio explicaciones. Simplemente se fue.
Se quedaron todos mirando el lugar donde había estado. Nadie hablaba. Nadie se movía. Hasta que la Reina Slime se acercó a Texnolollir con los ojos llenos de preocupación. Lo miró de arriba abajo, como si le faltara algo, como si hubiera cambiado sin que se diera cuenta.
— ¿Estás bien? —le preguntó ella con voz suave pero llena de inquietud—. ¿Qué te hizo? ¿Sentís algo raro? ¿Te quitó algo?
Texnolollir se tocó el pecho, movió las manos, sintió su propio ser de una manera diferente.
— No me quitó nada —respondió él lentamente—. Al contrario. Siento como si me hubiera sacado algo de encima. Algo que no sabía que estaba cargando. Me siento... más liviano. Como si el mundo entero pesara menos.
— ¿Pero quién era él? —preguntó Terrari, mirando a todos con desconcierto—. Apareció de la nada, te dio esa espada, te dijo eso, y se fue. ¿Quién lo mandó? ¿Qué quería realmente?
— No lo sé —dijo Perfección, con la mirada fija en el lugar donde había desaparecido—. Pero no sentí maldad en él. No sentí engaño. Hablaba como alguien que ya sabía quién sos. Como alguien que te conocía desde siempre.
— ¿Y si fue una trampa? —insistió la Reina Slime, sin dejar de mirar a Texnolollir—. ¿Y si esas cadenas te protegían de algo? ¿Y ahora que las rompió, algo más grande puede venir por vos?
— No lo sé —repitió Texnolollir—. Pero lo que dijo... tiene sentido. Siempre sentí que había algo que no me dejaba llegar más lejos. Algo invisible que me detenía. Y ahora... ya no lo siento.
Se quedaron hablando entre ellos un largo rato. Discutían quién podría haber sido ese sujeto. Si era un aliado, si era un enemigo, si era alguien que ya habían visto antes o alguien que verían después. Nadie tenía respuestas. Nadie sabía su nombre. Nadie sabía de dónde venía ni a dónde fue. Solo sabían una cosa: había venido por Texnolollir. Solo por él. Y le había dado algo que cambiaría todo lo que él era.
Mientras subían a la nave, la Reina Slime no se apartó de su lado ni un segundo. Lo miraba de reojo, preocupada, como si esperara que en cualquier momento algo le pasara. Y Texnolollir lo notó. Le tomó la mano y le dijo:
— Estoy bien. De verdad. No te preocupes.
Ella lo miró con esos ojos que solo ella tenía, llenos de cariño y de miedo a la vez.
— No me importa si sos más fuerte —le dijo ella—. Me importa que sigas siendo vos. No dejes que nada te cambie, ni siquiera eso.
Y mientras la nave se alejaba de ese mundo de luz pura, todos llevaban la misma pregunta en la mente: ¿quién era ese guerrero? ¿Y por qué estaba tan seguro de que Texnolollir necesitaba que le rompieran las cadenas?