CAPÍTULO 101 — MULTIVERSO 92: EL MUNDO DE LA REINA
La nave descendió en un multiverso donde el cielo tenía el color de los ojos de Francesca. No era un cielo cualquiera: estaba cruzado por bandas de luz que se movían al ritmo de una melodía que nadie escuchaba con los oídos, pero que todos sentían en el pecho. Las montañas no eran rocas frías, sino que parecían esculpidas con una gracia que ninguna mano mortal podría haber logrado, y los ríos fluían con un brillo que cambiaba según el estado de ánimo de quien los miraba. En el aire flotaba una calma tan profunda que daba la impresión de que el tiempo mismo caminaba más despacio por respeto a ese lugar.
Cuando bajaron de la nave, todos notaron algo extraño. Apenas pusieron un pie en el suelo, la vegetación se inclinó hacia ellos como saludándolos. Las flores abrieron sus pétalos al paso de Francesca, y el viento sopló suavemente, acomodando su cabello como si quisiera cuidarla. Nadie decía nada. Nadie necesitaba decirlo. Ese mundo la conocía. La esperaba.
Fue entonces cuando el Dios Glotón dio un paso adelante. Conocía este lugar. Había venido con ella antes. Y mirando a todos los presentes, con esa voz que siempre tenía un peso tranquilo pero profundo, les reveló lo que nadie había dicho claramente:
— Ustedes caminan con la Reina. Y quizás no todos saben quién camina a su lado. Ella no es solo una compañera en nuestro viaje. Ella es la soberana de este multiverso. Este mundo nació de ella. Fue formado por su voluntad. Cada río, cada montaña, cada ser que vive aquí... todo existe porque ella así lo quiso.
Un murmullo de asombro recorrió al grupo. La Reina Slime abrió los ojos con sorpresa, mirando a Francesca como si la viera por primera vez.
— ¿Vos? —preguntó la Reina Slime—. ¿Todo esto es tuyo?
Francesca sonrió con una sonrisa que tenía tristeza y cariño a la vez. Miró los campos que se extendían hasta donde alcanzaba la vista, luego miró a todos sus compañeros, y finalmente dijo:
— Sí. Este lugar es mío. Lo creé hace mucho tiempo. Cuando necesitaba un refugio. Un lugar donde nada pudiera lastimar a nadie. Donde todo fuera hermoso y todo estuviera en paz. Y aquí lo dejé. Mientras yo viajaba con ustedes, este mundo siguió creciendo, siguió floreciendo, esperando a que yo volviera.
El Dios Glotón asintió con respeto profundo. Él había sido testigo de cómo ella lo creó. Había visto nacer los primeros bosques a su lado. Y mientras ella estaba lejos, él había sido uno de los que cuidó que nada se perdiera.
— Y ahora que estás de regreso —dijo él—, todo se siente completo otra vez.
Francesca caminó unos pasos hacia adelante, tocó una flor que crecía cerca de sus pies, y la flor brilló con una luz más intensa. Luego se volvió hacia todos, y con voz suave pero firme, dijo:
— Estuve rota. Por mucho tiempo. Cuando dejé este lugar y salí a recorrer los multiversos, cuando vi todo lo que había allá afuera, todo el dolor, toda la destrucción... me olvidé de lo que yo era. Me olvidé de que yo también podía crear algo hermoso. Me olvidé de que yo era la reina de algo. Pero estando acá... viendo que todo sigue igual, que todo sigue esperándome... entendí que no estaba perdida. Estaba rota. Pero rota no significa destruida.
La Reina Slime se acercó y la abrazó con fuerza, sin decir nada, pero ese abrazo lo decía todo.
— Y ahora —continuó Francesca—, ya que estamos aquí, no vamos a irnos con las manos vacías. Este mundo tiene riquezas que no se encuentran en ningún otro lugar. Recursos que la nave necesita. Materiales que mejorarán nuestra tecnología, nuestra armadura, nuestras armas. Vamos a llevar lo que necesitemos. Lo que este mundo nos regala, lo vamos a usar para protegerlo.
Entonces comenzaron a recorrer ese multiverso. El Dios Glotón la acompañó guiándolos por valles donde crecían cristales que almacenaban energía infinita, por montañas donde el metal era tan liviano como la pluma y más resistente que cualquier cosa que existiera, por llanuras donde crecían plantas que podían sanar cualquier herida. Cada cosa que tomaban, Francesca la bendecía con un gesto de su mano, y al hacerlo, esos objetos adquirían un brillo especial, una energía que no se podía explicar.
El Dios Glotón probó frutos que llenaban de energía sin fin, como solo él sabía apreciar. Jaguar encontró armas que parecían haber sido forjadas esperando que él las tomara. Texnolollir encontró materiales que mejoraron la nave de maneras que ni su inteligencia absoluta habría podido imaginar. Y mientras todos recolectaban, Francesca caminaba por su mundo, saludando a los seres que vivían allí, escuchando sus historias, tocando la tierra como quien recupera algo que amó profundamente.
Cuando terminaron de cargar todo lo que necesitaban en la nave, se reunieron todos una vez más en la colina donde habían empezado. El Dios Glotón se quedó junto a ella, mirando todo lo que habían recogido, y le dijo:
— Todo está listo. Este mundo te da lo mejor de sí mismo para que sigas. Y cuando quieras volver, aquí estará. Y yo voy a estar aquí cuidándolo, como siempre.
Francesca le sonrió con gratitud.
— Gracias —le dijo ella—. Gracias por no dejar que nada se rompiera mientras yo no estaba.
Subieron a la nave, y mientras se alejaban, todos miraban por las ventanas ese mundo hermoso que se alejaba. La Reina Slime se acercó a Francesca y le dijo:
— No me contaste que eras reina.
Francesca sonrió mirando hacia el horizonte.
— No lo era hasta que volví —respondió ella—. Ser reina no es tener un trono. Es tener algo que cuidar. Y ahora que volví a verlo... sé que voy a cuidarlo con todo lo que tengo.
Y así, con la nave llena de los regalos de su mundo y con el corazón lleno de algo que había recuperado, Francesca siguió el camino con ellos. Ya no rota. Ya no perdida. De vuelta.