CAPÍTULO 103 — MULTIVERSO 94: LA VOZ QUE CREA Y DESTRUYE
Antes de seguir avanzando hacia los multiversos que faltaban, Texnolollir abrió un portal frente a su hija. La luz del portal era suave, cálida, y del otro lado se veía el cielo de su planeta, el lugar donde había nacido, el hogar que él le había pedido que no abandonara. Ella se detuvo un momento, miró a su padre con ojos que aún guardaban el dolor de lo que había pasado, y sin decir una palabra, cruzó el portal. La luz se desvaneció y el portal se cerró lentamente.
Texnolollir se quedó solo un instante, mirando el lugar donde ella había estado. No dijo nada. Solo apretó los puños y respiró hondo, como si estuviera cargando un peso que nadie más podía ver. Luego se dio vuelta y se reunió con los demás. No había tiempo para detenerse. Había mucho por recorrer.
La nave descendió en un multiverso que parecía hecho para caminar. No había ciudades enormes ni reinos construidos en piedra. Todo era caminos: senderos que subían montañas, que cruzaban valles, que se perdían en bosques donde los árboles eran más altos que torres. Y en cada camino, en cada rincón, había gente. Eran los aventureros, seres que vivían explorando, que iban de un lugar a otro sin quedarse mucho tiempo en ningún sitio. Su misión era clara: este multiverso estaba lleno de bestias enormes, feroces, que salían de lo más profundo de la tierra y de la oscuridad de los bosques para destruir los pueblos. Y los aventureros se interponían entre ellas y la gente. Eran la pared que las bestias no podían cruzar.
Entre todos esos aventureros, había una que se destacaba por encima de todos. No porque fuera más grande o más fuerte a simple vista, sino porque su presencia hacía que incluso las bestias más feroces dudaran antes de acercarse. Llevaba una armadura que no era lisa ni pulida, sino que estaba llena de ruinas: grabados antiguos, símbolos que brillaban con luz propia, marcas de batallas libradas hace siglos. Y cuando hablaba, su voz no era como la de los demás. Era una voz que hacía vibrar el aire, que hacía que el suelo se estremeciera suavemente, una voz que parecía venir desde más allá del tiempo.
— Yo soy la Divinidad —dijo con cordialidad, mirándolos a todos con una calma que imponía respeto—. Bienvenidos a este mundo. Soy la más poderosa de los aventureros. Y los veo venir. Veo que entre ustedes hay una que tiene un potencial que aún no conoce.
Sus ojos se posaron en la Reina Slime.
— Vos —le dijo—. Ven conmigo. Tenés algo que nadie más tiene. Y vamos a aprender a usarlo.
La llevaron a un espacio abierto, lejos de los caminos, donde el viento soplaba con fuerza y donde no había nadie que pudiera interrumpirlas. La Divinidad le explicó que la voz no era solo para hablar. Podía ser un arma. Podía ser energía pura que golpeaba sin tocar. Y al mismo tiempo, podía ser materia. Podía crear, dar forma, sostener. Y eso era algo que la Reina Slime podía hacer mejor que nadie, porque su cuerpo mismo era de algo que era a la vez energía y sustancia.
— Tu voz —le dijo la Divinidad— puede ser como tu cuerpo. Puede ser sólida como una roca o tan ligera como el aire. Puede envolver, puede golpear, puede proteger. Todo depende de cómo la liberes.
Y comenzó el entrenamiento. Pero no fue difícil. No fue algo que le costara semanas o meses. La Reina Slime abrió la boca y soltó un grito que no era solo sonido: era una ola de energía que empujó el viento mismo, y al mismo tiempo, de esa voz salieron formas hechas de su propia sustancia, como si su voz fuera slime que tomaba forma y fuerza al mismo tiempo. Lo hizo con facilidad. Lo hizo como si ya lo supiera.
La Divinidad sonrió con asombro.
— Lo aprendió casi al instante —dijo—. ¿Cómo es posible?
Porque nadie lo sabía aún, pero la Reina Slime había absorbido a dos seres que le daban exactamente eso. Había absorbido a un ser elemental que dominaba los siete elementos: fuego, agua, tierra, viento, luz, oscuridad y electricidad. Eso le daba el control sobre la energía misma. Y también había absorbido a la Diosa del Baile, que atacaba y defendía con movimientos y ritmos que convertían el movimiento en poder, que usaba la armonía como arma. Con esos dos poderes dentro de ella, usar la voz como energía y como materia a la vez no era algo que tuviera que aprender desde cero. Era algo que ya tenía. Solo necesitaba que alguien le mostrara cómo sacarlo.
— No fue gran entrenamiento —dijo la Reina Slime con una sonrisa, probando su nueva voz, que ahora hacía que pequeñas figuras de slime bailaran alrededor de ella cada vez que hablaba—. Solo fue... natural.
La Divinidad asintió con respeto.
— Algunas personas no aprenden porque ya lo saben. Solo necesitan que alguien les diga que lo saben. Y vos... vos tenés mucho más de lo que mostrás.
Cuando regresaron con los demás, todos notaron el cambio. No era que fuera más fuerte físicamente. Era que cuando hablaba, su voz tenía peso. Tenía presencia. Y si algún día lo necesitaba, esa voz podía derribar muros o crear refugios. Todo con el mismo sonido.
Texnolollir la miró y vio algo que le dio paz a pesar de todo lo que había pasado con su hija. Vio que ella estaba creciendo. Que cada paso, cada nueva habilidad, cada ser que conocía, la hacía más grande. Y quizás, solo quizás, eso era lo que necesitaban para lo que venía.
Mientras se preparaban para subir a la nave, la Divinidad los despidió desde el camino que se perdía en la distancia.
— Sigan caminando —les dijo—. Y cuando necesiten que su voz haga más que hablar... acuérdense de este lugar.
Y así, con la Reina Slime descubriendo una nueva parte de sí misma, dejaron atrás ese mundo de caminos y aventureros, listos para lo que el siguiente multiverso les tenía preparado.