CAPÍTULO 104 — MULTIVERSO 95: LA REINA SLIME ECLIPSE
La nave descendió en un multiverso donde el cielo estaba manchado de sombras que no pertenecían a las nubes. El aire olía a destrucción antigua, y del horizonte, surgiendo de todas partes al mismo tiempo, aparecieron ellos. Las copias malvadas de todos los dioses. Eran figuras imponentes, cada una reflejando la forma de un ser poderoso que había existido en algún multiverso, pero deformadas, corrompidas, llenas de una maldad que no tenía nombre. No venían a hablar. No venían a negociar. Vinieron a borrar todo lo que encontraran a su paso. Eran miles. Decenas de miles. Y cada uno de ellos tenía poder suficiente para destruir galaxias.
Terrari dio un paso adelante, con la mano sobre el pecho donde su energía comenzaba a hervir. Perfección cerró los puños, preparándose para calcular cada probabilidad. Francesca y el Dios Glotón tomaron posición. Pero antes de que nadie pudiera lanzar el primer ataque, una voz se alzó por encima de todo, clara, firme, sin rastro de miedo.
— No —dijo la Reina Slime—. Yo me encargo. Solamente yo.
Todos se giraron hacia ella. No estaba bromeando. No estaba jugando. Su aura, que normalmente era cálida y juguetona, se había vuelto densa, pesada, como si todo el peso de ese multiverso descansara sobre ella.
— Quédense todos atrás —les ordenó—. Esto es mío.
Las copias de los dioses rugieron al unísono, un sonido que hizo temblar la tierra misma, y se lanzaron sobre ella. Miles de ataques cayeron al mismo tiempo: rayos de destrucción, llamas que consumían la realidad, golpes que partían el cielo. Todo golpeó contra ella. Todo la envolvió. La explosión fue tan grande que borró montañas enteras de la faz de ese mundo.
Pero cuando el humo y la luz se disiparon, la Reina Slime estaba allí. De pie. Intacta. Sin un rasguño. Sin siquiera el cabello desordenado.
— ¿Eso fue todo? —preguntó ella con una calma que heló la sangre de todos los que miraban.
Los dioses copias se miraron entre sí, confundidos. No podían creer que su ataque combinado no hubiera hecho ni el más mínimo daño. Y entonces lo que no entendían comenzó a suceder. Dondequiera que la hubieran golpeado, habían quedado restos de su sustancia. Pequeñas gotas de su baba, invisibles al principio, que se habían quedado pegadas a los cuerpos de esos seres. Y esas gotas no eran simples restos. Comenzaron a actuar. Lentamente, sin que ellos lo notaran, esas manchas de baba empezaron a consumir su energía. A chupar su poder, su fuerza, su esencia misma.
Uno de los dioses rugió de dolor y miró su brazo. La parte donde tenía la mancha de baba se estaba derritiendo. No su carne, no su armadura. Su divinidad misma. Se estaba deshaciendo.
— ¿Se dan cuenta? —dijo la Reina Slime—. Cada vez que me golpean, me hacen más fuerte. Porque parte de mí se queda en ustedes. Y parte de ustedes deja de ser suya para volverse mía.
Entonces ella levantó el arma que había creado: la Hoz. No era una hoz común. Tenía la forma de esa guadaña imponente, parecida a la que lleva la Parca, pero estaba hecha completamente de su propia sustancia endurecida, brillando con una luz que no pertenecía a ninguna estrella. El filo de la hoz no cortaba solo el cuerpo: cortaba la existencia misma. Y cuando la hizo girar, el aire mismo se partió. Ese arma golpeó a miles de ellos al mismo tiempo. Y donde la hoz pasaba, los dioses se doblaban, se rompían, caían de rodillas. No podían defenderse de algo que cortaba incluso lo que no se veía. No podían bloquear algo que atravesaba sus escudos y sus armaduras como si no existieran.
— ¡Destrúyanla! —gritó uno de los dioses copias, y todos se lanzaron sobre ella al mismo tiempo.
La pelea se volvió sanguinaria, pero de una manera que ninguno de ellos había visto jamás. Los dioses la golpeaban con todo lo que tenían. Golpes que habrían hecho pedazos a planetas enteros. Y cada golpe la atravesaba como si ella fuera hecha de agua, sin dejarle ni una marca, sin hacerle sentir el más mínimo dolor. Pero al mismo tiempo, cada golpe dejaba más de ella sobre ellos. Más baba. Más sustancia que los consumía desde adentro. Y mientras ellos se desesperaban, mientras su poder se les escapaba como agua entre los dedos, la Reina Slime se movía entre ellos con una calma aterradora, haciendo girar su hoz una y otra vez, cortando todo lo que se ponía enfrente.
Cuando uno la atravesó con una lanza hecha de luz negra, ella simplemente miró el arma que salía de su pecho, sonrió, y el arma se derritió, volviéndose baba que cayó al suelo.
— ¿Creen que pueden lastimarme? —les dijo—. Yo no soy como ustedes. Yo no tengo cuerpo que romper. Yo soy aquello que se adapta. Que vuelve a crecer. Que lo absorbe todo.
Y entonces comenzó lo que ellos temían. Uno tras otro, los dioses comenzaron a desmoronarse. La energía que los sostenía se les escapaba, absorbida por las manchas de baba que llevaban encima. Sus cuerpos divinos, sus armaduras, sus armas, todo se derretía. Todo se convertía en baba. En baba igual a la de ella. Y esa baba no caía al suelo y se perdía. Se arrastraba. Volvía hacia ella. Y cuando tocaba sus pies, se fundía con ella. Y cada vez que eso pasaba, la Reina Slime crecía. Su aura se hacía más densa. Su presencia más pesada. Más poderosa.
— Cada uno de ustedes —decía ella mientras avanzaba entre ellos, empuñando una vez más su hoz—, cada golpe que me dan, cada ataque que lanzan... solo me alimentan. Solo me hacen más grande.
Los últimos miles intentaron huir. Intentaron alejarse lo más rápido que pudieron, cruzando el cielo, saltando entre dimensiones. Pero era inútil. La baba que tenían encima no se iba. Los seguía. Los consumía. Y uno a uno, se fueron derritiendo. Se convirtieron en parte de ella.
Cuando el último de los dioses copias cayó, el silencio volvió a ese mundo. Y en el centro de todo, donde había estado la horda entera, estaba ella. La Reina Slime. Pero ya no era igual. Su forma brillaba con una luz que no era de este mundo. Su presencia llenaba todo el multiverso. Y entonces sucedió algo que hizo que todos los que miraban contuvieran el aliento. Su cuerpo cambió. Se volvió más alta, más imponente, con una coraza de baba endurecida que brillaba como obsidiana con bordes de luz dorada. Y alrededor de ella, una sombra en forma de eclipse se formó en el cielo, oscureciendo todo lo que había, dejando ver solo sus ojos, que ahora brillaban con una intensidad que quemaba.
— Reina Slime... Eclipse —susurró ella, probando su nuevo nombre. Y al decirlo, todo lo que quedaba de los dioses derretidos se elevó del suelo y se fundió con ella, completando su evolución.
Se dio vuelta hacia sus compañeros. No había rastro de cansancio. No había heridas. Solo había algo más en su mirada. Algo que antes no estaba.
— Ya está —les dijo con una sonrisa tranquila, pero con un poder que hacía que el aire mismo vibrara—. Se acabaron. Y ahora... soy más fuerte que antes. Mucho más fuerte.
Todos la miraban sin saber qué decir. Había derrotado a una horda entera de dioses malignos. Sola. Sin recibir un solo rasguño. Y lo más aterrador de todo: cada vez que la atacaban, ella se hacía más poderosa. Si eso era lo que podía hacer en esa forma... nadie quería imaginarse qué sería capaz de hacer cuando realmente lo necesitara.