Texnolollir

105

CAPÍTULO 105 — MULTIVERSO 96: EL PIANISTA QUE SOSTENÍA EL MUNDO
La nave descendió en un multiverso donde el silencio no existía. No era un silencio vacío, sino un silencio lleno, como si todo estuviera esperando que algo comenzara. Y entonces lo escucharon. Sonó la primera nota. No vino de un lugar en particular. Estaba en el aire, en el suelo, en el latido del corazón de cada ser que bajaba de la nave. Era el sonido de un piano.
Cuando avanzaron, lo vieron. En el centro de ese mundo, flotando sobre un escenario que parecía hecho de estrellas congeladas, estaba él. El Pianista. Frente a él había un piano que no era de madera ni de metal: parecía construido con la misma sustancia del espacio, con teclas que brillaban con luces que cambiaban cada vez que las presionaba. Y él tocaba. Tocaba como si cada nota fuera su último aliento. Como si de eso dependiera no solo su vida, sino todo lo que existía. Sus dedos volaban sobre las teclas, sin descansar ni un segundo, con una intensidad que hacía que el aire mismo vibrara.
Texnolollir, Terrari, Perfección, Reina Slime Eclipse, Francesca, el Dios Glotón, Jaguar, Lirael y Kael se detuvieron a escucharlo. La música era hermosa, pero había algo más en ella: una urgencia, un miedo contenido, como si cada acorde estuviera sosteniendo algo inmenso que amenazaba con caer sobre todos ellos en cualquier momento.
Cuando terminó una pieza y sus dedos se detuvieron apenas un instante, quisieron hablar con él. Pero cuando él les respondió, no entendieron nada. Su idioma no era como ninguno que hubieran escuchado antes. No eran palabras. Eran sonidos que se mezclaban con la música, vibraciones que tenían significado pero que no encajaban con ningún lenguaje conocido. Todos fruncieron el ceño, confundidos. No podían comunicarse.
Entonces Texnolollir dio un paso adelante. Activó su tecnología, los sistemas de traducción que había desarrollado a lo largo de todos los multiversos, procesó cada sonido, cada tono, cada matiz de la voz del ser, y en un instante comprendió. El idioma no era hablado, era sentido. Y con su inteligencia absoluta, pudo descifrarlo y responderle.
— Te entiendo —le dijo Texnolollir con voz clara.
El Pianista levantó la vista con sorpresa, como si nadie hubiera logrado entenderlo en siglos. Y entonces le contó todo, con una urgencia que no dejaba lugar a dudas:
— Tengo que seguir tocando. No puedo parar. Si dejo de tocar el piano aunque sea un segundo... este multiverso va a tomar vida propia. Y cuando lo haga, va a destruir todo. Va a consumir cada rincón, cada ser, cada partícula de existencia que encuentre a su paso. Yo soy la barrera. Yo soy lo que lo mantiene dormido. Mientras mis dedos se muevan sobre estas teclas... él sigue en silencio. Pero si paro... se despierta. Y nadie podrá detenerlo.
Texnolollir asintió gravemente.
— Tengo que irme —continuó el Pianista—. No puedo quedarme aquí para siempre. Tengo que ir a otros multiversos, tengo que seguir tocando en otros lugares donde también necesitan que alguien sostenga el mundo. Pero si me voy ahora, sin más... todo esto se acaba. El multiverso despierta y los destruye a todos.
Texnolollir volvió con los demás y les contó cada palabra. El silencio que siguió fue pesado, cargado de peligro. Todos entendieron la gravedad de lo que estaba pasando. El Pianista no era simplemente un músico. Era la prisión. Era la llave. Y la llave tenía que irse.
— Si se va —dijo Terrari con voz tensa—, ¿qué hacemos? ¿Quién lo reemplaza?
— No podemos reemplazarlo así nomás —respondió Perfección calculando probabilidades—. Lo que él está sosteniendo es más grande que cualquiera de nosotros por separado.
Fue entonces cuando Reina Slime Eclipse dio un paso adelante. Su aura era diferente ahora: más densa, más imponente, con esa sombra en forma de eclipse que se formaba levemente detrás de ella cada vez que se concentraba. Todos la miraron. Sabían que tras haber absorbido a la horda entera de dioses malvados, había obtenido poderes que ni ella misma conocía del todo.
— Yo tengo una solución —dijo ella con voz firme—. Cuando derroté y absorbí a todos esos dioses malignos, uno de ellos poseía una técnica extraordinaria. Se llamaba Vacío Absoluto. Esa técnica lo absorbe todo: materia, energía, existencia misma. Y como yo hago con todo lo que absorbo, la modifiqué. La adapté a mi propia esencia. Ahora no solo absorbe. Retiene. Contiene. Y crece con ello.
— ¿Vas a contener a todo un multiverso vivo? —preguntó Francesca con asombro.
— Eso mismo —respondió Reina Slime Eclipse—. Si el multiverso va a despertar y destruir todo... yo lo absorbo. Lo traigo dentro de mí. Y así no puede lastimar a nadie.
Sin esperar más, Reina Slime Eclipse se colocó en el centro de ese mundo, justo debajo del escenario donde estaba el Pianista. La sombra del eclipse se expandió suavemente a su alrededor. Extendió sus manos, cerró los ojos, y comenzó a canalizar esa técnica. Al principio no pasó nada. Pero luego apareció un punto negro en el aire, pequeño como una moneda. Ese era el Vacío Absoluto. Y comenzó a crecer.
El Pianista miró a Texnolollir, que le asintió. Entonces el Pianista hizo lo más difícil: dejó de tocar.
El último acorde se desvaneció en el aire. Y en ese silencio que siguió, el multiverso rugió. No fue un sonido cualquiera. Fue como si el cielo entero abriera la boca y gritara. La tierra se sacudió con violencia. Las estrellas parecieron desprenderse del firmamento. Todo ese mundo cobró vida, despertó furioso, hambriento, listo para devorar todo lo que estuviera a su alcance. Se lanzó contra ellos como una marea infinita de fuerza bruta y conciencia salvaje.
Pero Reina Slime Eclipse estaba esperando. Abrió los brazos, y el Vacío Absoluto se expandió, envolviendo todo. Todo ese multiverso furioso, toda su energía, toda su furia, toda su existencia... fue atraído hacia ella. Entró en ese vacío que ella había creado. Y entró en ella.
El cielo se calmó. La tierra dejó de temblar. Las estrellas se quedaron quietas. Todo lo que había sido ese multiverso pasó a estar dentro de Reina Slime Eclipse. Lo había absorbido todo.
Todos esperaban verla cambiar. Esperaban que su cuerpo creciera, que se deformara, que se volviera inmensa. Pero no pasó nada. Su cuerpo seguía exactamente igual. No cambió de tamaño. No cambió de forma. No se veía diferente. Y sin embargo, todos podían sentirlo: algo inmenso, algo infinito, ahora vivía dentro de ella. Había absorbido un multiverso entero y no había cambiado en lo más mínimo. Su capacidad era tan grande que ni siquiera se notaba que había sumado algo tan colosal.
Reina Slime Eclipse abrió los ojos, respiró hondo, y sonrió.
— Ya está —dijo con su voz habitual, como si nada extraordinario hubiera pasado—. No va a lastimar a nadie. Está aquí conmigo. Y... me siento bien. Más fuerte. Mucho más fuerte.
El Pianista la miró con gratitud y asombro profundo.
— Nadie había podido hacer algo así —le dijo—. Contener un multiverso entero sin que se note. Sin romperse. Sin cambiar. Sos algo que yo no tengo palabras para describir.
— Podés irte ahora —le dijo ella—. Seguí tocando en otros lugares. Acá ya está seguro.
El Pianista asintió, tomó su piano que se desvaneció junto con él, y se fue a seguir su camino, sabiendo que por primera vez en su vida podía irse tranquilo.
Cuando subieron a la nave, todos seguían mirando a Reina Slime Eclipse. No entendían cómo era posible que alguien absorbiera algo tan inmenso y se viera exactamente igual. Pero ella lo sabía. Sonrió para sí misma, sabiendo que había conseguido algo que nadie más habría podido lograr. Y que su verdadero poder... apenas estaba empezando a mostrarse.




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