Texnolollir

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CAPÍTULO 107 — MULTIVERSO 98: EL HUEVO CÓSMICO
La nave no descendió sobre un suelo ni se detuvo frente a un horizonte conocido. Al entrar en este multiverso, todos comprendieron que habían llegado a algo que no se parecía a nada que hubieran visto antes. No había estrellas dispersas, ni galaxias que giraran a lo lejos. Todo el multiverso era una sola cosa: un huevo cósmico inmenso, que ocupaba cada rincón de esa realidad, tan grande que sus bordes se perdían en una neblina de luz dorada y oscuridad profunda.
La cáscara no era de piedra ni de metal. Parecía tejida de la misma sustancia del tiempo y el espacio, con vetas que brillaban como ríos de energía pura que corrían por toda su superficie. A veces se veían grietas que no eran roturas, sino señales de que algo se movía adentro, algo que empujaba desde el interior, probando la solidez de su propio refugio. Y cada cierto tiempo, el huevo respiraba: una vibración tan profunda que hacía temblar la nave entera, un latido que resonaba en el pecho de cada uno de ellos como si fuera suyo propio.
Texnolollir, Terrari, Perfección, Reina Slime Eclipse, Francesca, el Dios Glotón, Jaguar, Lirael y Kael salieron al exterior de la nave, flotando en el vacío que rodeaba esa inmensa forma. Al acercarse más, vieron que la cáscara era lisa al tacto, pero tenía una textura viva, como si estuviera hecha de carne estelar que crecía y cambiaba lentamente. Y al apoyar la mano sobre ella, podían sentirlo: adentro había algo vivo. Algo enorme. Algo que dormía, pero que soñaba, y esos sueños eran los que hacían brillar las vetas de la cáscara.
— Es increíble —susurró Terrari, mirando hacia arriba, hacia la curva que se perdía en la inmensidad—. Todo un multiverso contenido en un solo ser. Todo lo que hay acá... es él. Todo es parte de él.
— No es solo un ser —dijo Perfección, que ya había comenzado a calcular y a medir cada vibración—. Es una bestia que está creciendo. Cada segundo que pasa, se hace más grande, más fuerte, más completa. Y lo más asombroso: no va a nacer mañana. Ni en mil años. Ni en un millón.
Se acercaron más, y desde lo más profundo del huevo llegó una sensación de antigüedad que hizo que todos se callaran. Era como escuchar el eco de algo que llevaba ahí desde antes de que existiera el tiempo.
— Va a tardar eones —continuó Perfección con voz llena de asombro—. Millones de trillones de eones. Tiempo que la mente apenas puede comprender. Para nosotros, para todo lo que existe allá afuera, él va a parecer eternamente dormido. Va a parecer que nunca va a romper esta cáscara. Pero cada latido suyo es un paso más hacia el momento en que despierte.
Reina Slime Eclipse apoyó ambas manos sobre la superficie del huevo. Sintió cómo algo respondía desde adentro: una presencia antigua, poderosa, que no era malvada ni buena, simplemente era. Estaba creciendo. Estaba completándose. Y no tenía prisa.
— Es como si el universo entero estuviera esperando a que él esté listo —dijo ella suavemente—. Como si nada pudiera empezar de verdad hasta que él nazca.
— ¿Y qué pasa cuando nazca? —preguntó Jaguar, mirando esa inmensidad con respeto profundo—. ¿Qué pasa cuando rompa la cáscara?
Texnolollir miró hacia lo alto, siguiendo el curso de una de esas vetas de luz que recorrían el huevo como venas.
— Nadie lo sabe —respondió él—. Quizás cuando salga, él sea el nuevo cielo y la nueva tierra. Quizás su respiración cree mundos. Quizás su voz haga nacer estrellas. Lo único que sabemos es que no está apurado. Tiene todo el tiempo del mundo. Más que todo el tiempo del mundo.
El Dios Glotón miraba con una expresión de reverencia que rara vez mostraba.
— Pensar que adentro de todo esto hay un ser que aún no se ha visto a sí mismo —dijo él—. Que no sabe todavía qué es. Que se está armando pedazo a pedazo, poder a poder, durante más tiempo del que cualquier cosa ha existido. Y cuando por fin abra los ojos... va a ser el ser más antiguo y más nuevo de toda la creación.
Pasaron días enteros recorriendo la superficie del huevo cósmico. No encontraron monstruos que pelear, ni reinos que salvar. Solo encontraron eso: algo que crecía en silencio. Algo que esperaba. Y cada vez que el huevo latía, todos sentían la inmensidad del tiempo que les faltaba por delante. Millones de trillones de eones. Un lapso tan largo que hacía que todo lo que ellos habían vivido, todas las batallas, todos los multiversos recorridos, parecieran el parpadeo de un ojo.
La última noche que pasaron allí, todos se quedaron flotando en silencio, mirando cómo la luz del huevo cambiaba lentamente de tono, dorada, luego azul, luego blanca, siguiendo el ritmo de lo que soñaba la bestia que dormía adentro.
— ¿Volveremos a verlo? —preguntó Francesca en voz baja.
— Quizás —respondió Texnolollir—. Pero para cuando él nazca, ya no seremos los mismos. Quizás ya no existamos como somos ahora. Pero él va a estar ahí. Esperando. Sin prisa. Sin apuro. Como siempre.
Y así, cuando subieron a la nave y se alejaron, todos llevaban la misma sensación en el pecho: habían visto el principio de algo que no verían terminar. Habían encontrado el nacimiento de algo tan grande que el tiempo mismo se detenía a su alrededor. Y mientras se alejaban, el huevo cósmico siguió brillando en la inmensidad, latiendo, creciendo, esperando... con una paciencia que duraría para siempre.




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