CAPÍTULO 108 — MULTIVERSO 99: LOS SERES QUE ENTRENABAN Y CAYERON
La nave descendió en un multiverso donde el cielo estaba teñido de un rojo oscuro que parecía sangre estelar, y el aire vibraba con el peso de presencias inmensas. En el centro de ese mundo, sobre una llanura que parecía hecha de fragmentos de mundos destruidos, los vieron. Dos seres supremos, de estatura colosal, con cuerpos que destellaban energía oscura y luz furiosa, chocando el uno contra el otro con una fuerza que habría hecho añicos galaxias enteras. Pero no había odio en sus golpes. No había rabia. Se movían con precisión, con ritmo, repitiendo una y otra vez los mismos movimientos. Estaban entrenando.
— No están peleando de verdad —dijo Texnolollir observando cada movimiento—. Están perfeccionándose. Preparándose.
Y entonces lo comprendieron todo. Eran seres supremos, sí, pero no eran neutrales. No eran indiferentes. En cada gesto, en cada aura que desprendían, se sentía algo que helaba la sangre: eran sumamente malvados, y cada uno de ellos llevaba grabada en su esencia la marca de quien servían. Eran de los suyos. Estaban a favor de Domi. Entrenaban para él. Se hacían más fuertes para cuando él los llamara.
En el instante en que los descubrieron, los dos seres supremos detuvieron su entrenamiento al mismo tiempo. Giraron la cabeza hacia el grupo. No hubo palabras de saludo. No hubo preguntas. Sus ojos brillaron con una malicia absoluta, y sin dudar un segundo, atacaron.
Cayeron sobre ellos con toda su fuerza al mismo tiempo. Golpes que habrían borrado cualquier ser de la existencia, rayos que partían la realidad en dos, ondas de choque que derrumbaban el espacio mismo. Pero la pelea duró muy poco. Muy poco. Antes de que nadie más pudiera siquiera dar un paso, Reina Slime Eclipse se colocó al frente. No se movió con prisa. No se esforzó. Simplemente levantó la mano, y de su guadaña salió un corte tan rápido, tan limpio, que los dos seres supremos ni siquiera vieron venirlo.
Dos cabezas cayeron al mismo tiempo. Sin ruido excesivo. Sin drama. Fueron decapitados con una facilidad que no debía ser posible contra seres de ese nivel. Y antes de que sus cuerpos cayeran al suelo, antes de que su energía se disipara, Reina Slime Eclipse abrió los brazos y activó su poder. Los cuerpos, las cabezas, toda su esencia, todo su poder... fue atraído hacia ella. Se derritió. Se convirtió en esa sustancia que solo ella podía absorber. Y entró en ella. Todo.
Todos esperaron ver algo. Esperaron que su cuerpo creciera. Que cambiara de forma. Que brillara más fuerte. Pero no hubo ningún cambio. Ninguno. Su apariencia seguía siendo exactamente la misma. No aumentó de tamaño. No se deformó. No se vio diferente en lo más mínimo. Sin embargo, todos pudieron sentirlo: algo había ocurrido. Algo profundo, silencioso y absoluto.
Reina Slime Eclipse respiró hondo, cerró los ojos un instante, y cuando los abrió, dijo con una calma que hizo que el aire se estremeciera:
— Tengo energía infinita. Ya no se me acaba. No se agota. No tiene fin.
Había absorbido a dos seres supremos, cada uno con poder suficiente para destruir multiversos, y su cuerpo no había cambiado nada. Pero por dentro, su reserva de energía, su capacidad de sostenerse, de pelear, de crear, de contener... ya no tenía techo. Era infinita.
Texnolollir la miró y comprendió algo que lo hizo sentir un escalofrío: ella no necesitaba cambiar de forma para volverse poderosa. Su cuerpo era tan vasto, tan inmenso en su interior, que podía tragarse lo que quisiera y nunca se notaría. Y ahora, con energía que no se acaba nunca... ella era el arma más grande que tenían. Y quizás la más terrible.