Texnolollir

109

CAPÍTULO 109 — MULTIVERSO 100: EL EJÉRCITO DE SOMBRAS
La nave descendió en un multiverso donde el cielo no tenía sol, ni estrellas, ni luna. Era un cielo gris, infinito y monótono, como si todo ese mundo estuviera hecho de polvo de recuerdos. Y en el instante en que pusieron un pie en el suelo, el horizonte se rompió. Aparecieron ellos. Todos. Cada enemigo que habían derrotado, cada ser al que habían vencido, cada monstruo, cada dios, cada bestia que habían visto caer a lo largo de su viaje... estaban ahí. Pero no eran los originales. Eran copias. Copias exactas, perfectas en apariencia, con los mismos poderes, las mismas armas, las mismas formas. Pero no tenían alma. No tenían vida propia. Eran sombras que imitaban lo que habían sido, sin esencia, sin conciencia, sin nada más que la forma y el poder.
Y venían en hordas. Hordas y hordas y hordas que se extendían hasta donde alcanzaba la vista, y más allá. Por cada ser que habían derrotado, había miles de copias. Parecían no acabarse nunca. Como si de cada uno hubiera nacido un ejército entero, y todos avanzaban al mismo tiempo, con el mismo paso, con la misma furia vacía, sin hablar, sin gritar, simplemente avanzando para destruirlos.
— Son copias —dijo Texnolollir al verlos acercarse—. No son reales. Pero su poder es igual al de los originales.
— Entonces no hay tiempo que perder —respondió Terrari, y su cuerpo comenzó a oscurecerse mientras la transformación de Calamity empezaba a tomar forma.
La batalla comenzó de inmediato. No hubo discursos ni desafíos. La primera oleada cayó sobre ellos como una marea infinita. Texnolollir desató rayos de tecnología que atravesaban decenas de enemigos a la vez. Terrari, ya transformada en Calamity, golpeaba con fuerzas que hacían temblar la tierra, derribando filas enteras de copias que se desmoronaban ante su paso. Perfección calculaba cada punto débil, cada movimiento, cada ángulo de ataque, dirigiendo la batalla con una precisión que hacía que cada golpe contara. Francesca desató nieblas y luces que envolvían a miles de enemigos a la vez. El Dios Glotón, Jaguar, Lirael, Kael... todos peleaban con todo lo que tenían.
Pero por cada copia que caía, aparecían diez más. No venían de ningún lugar. Simplemente surgían de la nada, interminables, infinitas. Y cuando los golpeaban, cuando las atravesaban, cuando las destruían... simplemente desaparecían. No había sangre, no había cuerpos que quedaran en el suelo. En el instante en que caían, se desvanecían como humo arrastrado por el viento. Porque no tenían alma. No tenían nada que quedara. Eran solo formas prestadas que se desvanecían al perder la batalla.
Pasó una hora. Luego otra. Y otra más. Tres horas enteras peleando sin parar. Sin descanso. Sin un segundo para respirar. Los brazos les pesaban. La respiración se les aceleraba. Pero las copias no se acababan. Una oleada tras otra. Los enemigos más pequeños, los más grandes, los más terribles que habían enfrentado en todos los multiversos... todos volvían una y otra vez, miles de ellos al mismo tiempo, avanzando, atacando, cayendo, desapareciendo, y siendo reemplazados por más.
— ¡No se acaban nunca! —gritó Terrari mientras derribaba a una fila entera de copias de dioses—. ¡Por más que los destruya, siguen viniendo!
— No tienen fin —respondió Perfección esquivando un ataque de cientos de copias de Acorde Poderoso—. No hay un número limitado. Mientras sigamos peleando, seguirán apareciendo.
Fue entonces cuando Reina Slime Eclipse dio un paso al frente. Había estado peleando junto a ellos, derribando enemigos con su hoz, absorbiendo a algunos, pero ahora se dio cuenta de algo: no necesitaba absorberlos. No necesitaba que quedaran restos. Eran copias vacías. No tenían nada que valiera la pena tomar.
— Dejame a mí —les dijo con voz firme—. Ya vi cómo funcionan.
Extendió la mano, y no atacó a una sola copia. Canalizó todo lo que tenía, esa energía infinita que había obtenido de los dos seres supremos, y soltó una onda que recorrió todo el horizonte. Miles de copias se desvanecieron al instante. Pero detrás de ellas venían millones más.
— ¡Siguen viniendo! —gritó Jaguar.
— Ya lo sé —respondió ella—. Pero no importa. No se me acaba la energía. Y a ellos no les importa morir. A mí no me importa matarlos.
Y así continuó la batalla. Tres horas completas. Tres horas en que no hubo tregua ni descanso. Tres horas en que destruyeron ejércitos enteros una y otra vez. Y al final, cuando el sol de ese mundo empezó a asomarse tenuemente, las copias dejaron de aparecer. La última oleada cayó, se desvaneció, y el silencio volvió al campo de batalla. Habían desaparecido todos. No quedó ninguno.
Todos se detuvieron, respirando con dificultad, mirando el campo vacío donde hacía apenas un instante había millones de enemigos. No había cuerpos. No había rastros. Solo el recuerdo de cada cara que habían visto, cada enemigo que habían vuelto a enfrentar, sabiendo que ninguno era real.
— Fueron tres horas —dijo Texnolollir mirando el horizonte vacío—. Tres horas sin parar. Y no terminaron porque los venciéramos. Terminaron porque simplemente se les acabó el tiempo.
Reina Slime Eclipse limpió su hoz, que brillaba con luz propia.
— No eran ellos —dijo ella—. Eran sombras. Sombras de lo que ya pasó. Y las sombras siempre se van cuando amanece.
Se quedaron un momento más, en silencio, sabiendo que esto era solo el principio. Que si podían crear copias de todos los enemigos que habían derrotado... quizás también podían crear copias de algo mucho peor. Algo que aún no habían vencido. Y con ese pensamiento pesándoles en el pecho, subieron a la nave, listos para lo que viniera.




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