Texnolollir

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CAPÍTULO 110 — MULTIVERSO 101: EL ENCUENTRO DEFINITIVO
La nave descendió en un multiverso que no tenía cielo ni suelo definido. Era como si hubieran llegado al centro de toda la existencia, un lugar donde el espacio y el tiempo se entrelazaban formando un escenario que parecía haber estado esperando este momento desde siempre. Y apenas pusieron un pie fuera de la nave, él estaba ahí. Domi. Apareció de la nada, sin ruido, sin advertencia, como si siempre hubiera estado parado justo en ese punto, esperándolos. No lo llamaron. Simplemente estaba allí.
Y en ese instante, sin que nadie supiera de dónde venía, sin que nadie la hubiera tomado ni desclavado de su piedra, la espada legendaria apareció en la mano de Texnolollir. No se la vio llegar. Un momento no estaba, y al siguiente, ya la empuñaba. Era ella. La que había estado esperando durante eones, la que nadie podía tomar, la que solo se entregaría cuando fuera el momento exacto. Y ese momento había llegado.
En el mismo instante en que la espada tocó su mano, algo más sucedió. De la nave que tenían detrás de ellos salió una ola de luz y energía: la tecnología que se había fusionado con la nave, esa maquinaria suprema que habían encontrado en el multiverso de las máquinas inteligentes, se desprendió de ella y voló hacia Texnolollir. Lo envolvió por completo, se adhirió a su piel, a su armadura, a su ser entero... y se fusionó con él. No creció. No cambió de forma. No se vio diferente por fuera. Su estatura, su apariencia, todo seguía exactamente igual. Pero por dentro, cada circuito, cada sistema, cada avance de esa tecnología pasó a ser parte de él. Ya no era algo que tenía. Era él.
Todos sintieron el cambio. Terrari apretó los puños, su energía empezando a hervir. Reina Slime Eclipse levantó su hoz, la sombra del eclipse formándose a su alrededor. Perfección calculó cada probabilidad en un instante. Francesca, el Dios Glotón, Jaguar, Lirael, Kael... todos se colocaron en posición. Y detrás de ellos, el ejército entero que Texnolollir había construido a lo largo de todos los multiversos se preparó: miles, millones de seres poderosos, listos para darlo todo.
Domi los miró a todos. Y al ver a Texnolollir, empuñando la espada legendaria y fusionado con esa tecnología suprema, su expresión cambió. No se rió. No se burló. Por primera vez, mostró algo que parecía respeto. Y entonces comenzó a brillar. No de a poco. No paso a paso. Usó su máximo poder. Todas sus formas evolucionadas, todas las millones de transformaciones que había acumulado a lo largo de su existencia, se fundieron en una sola. Su figura se consolidó, se volvió más pura, más terrible, más absoluta. Era Domi en su forma más completa, más allá de todo lo que habían visto antes.
Y con esa voz que hacía temblar la realidad misma, les dijo:
— Lo hago para estar en igualdad de condiciones. Condiciones por las que vos lloraste alguna vez. Y ahora voy a ir. Te voy a mostrar todo. Te voy a explicar todo. Y te voy a derrotar.
Texnolollir lo miró fijamente, sin retroceder ni un milímetro, y le respondió con una firmeza que hizo eco en todo el multiverso:
— No lo creo.
Domi no respondió. Simplemente levantó la mano y comenzó a lanzar sus técnicas. Rayos de destrucción que borraban galaxias, ondas de energía que reescribían la realidad, ataques que no tenían nombre. Pero antes de que pudieran tocar a nadie, una figura se interpuso entre ellos. El Dios Glotón. Con su cuerpo indestructible, hecho de esa sustancia que absorbe todo lo que lo golpea, se colocó al frente. Cada técnica que Domi lanzaba, él la recibía directamente en su propio cuerpo. No se movía. No retrocedía. Absorbía la energía más terrible que existía como si fuera lluvia sobre una roca. Y una vez que la tenía adentro, la devolvía multiplicada por cien.
Pero Domi simplemente movió la mano, y esas técnicas devueltas desaparecieron. Se desvanecieron como si nunca hubieran existido. Ni siquiera las bloqueó. Simplemente las borró.
— ¡Ahora! —gritó Texnolollir.
Y no fueron uno por uno. No fue batalla tras batalla. Todos se lanzaron al mismo tiempo. Texnolollir con la espada legendaria en la mano y la tecnología suprema corriendo por sus venas. Terrari transformada en Calamity, oscura y poderosa. Reina Slime Eclipse con su hoz y su energía infinita. Perfección calculando cada movimiento. Francesca desplegando todo su poder. El Dios Glotón, Jaguar, Lirael, Kael. Y detrás de ellos, el ejército entero: millones de seres que habían venido de todos los multiversos, todos juntos, todos al mismo tiempo, cargando contra un solo ser. Contra Domi.
Pero no terminó ahí. En medio de esa carga, de la mismísima nada, apareció algo más. Una luz suave, pero inquebrantable. El espíritu de la niña, aquella que habían rescatado en el Multiverso 52, la que brillaba con luz divina. Y ella no peleaba directamente. Se dirigió a la nave. La envolvió con su espíritu, y la nave comenzó a cambiar. Metal, energía, sistemas, todo se fundió y creció hasta convertirse en algo colosal: un Titán. Un ser inmenso que podía enfrentarse a las mismas estrellas. Y ese Titán estaba controlado por completo por el espíritu de la niña. Ella lo guiaba. Ella lo movía. Y con un paso que hizo temblar todo lo existente, el Titán se sumó a la batalla.
La pelea comenzó. Y fue eterna. Golpes que rompían el cielo, técnicas que cambiaban las leyes de la física, explosiones que habrían borrado multiversos enteros. Domi solo contra todos ellos: el grupo, el ejército, el Titán. Y la batalla duró. Horas que parecían días. Días que parecían siglos. Nadie cedía. Nadie caía del todo. Pero nadie lograba tampoco dar el golpe definitivo.
Hasta que de repente, Domi levantó una mano y todos se detuvieron. No porque quisieran. Porque él así lo quiso. Y dijo con una voz que no admitía rechazo:
— Tienen tres minutos.
Tres minutos de descanso. Tres minutos para respirar. Tres minutos para mirar a su alrededor. Y cuando miraron, el horror los golpeó más fuerte que cualquier ataque. El ejército entero había sido eliminado. Millones de seres que habían venido a luchar junto a ellos ya no estaban. No quedaba ninguno. Solo quedaban ellos: Texnolollir, Terrari, Perfección, Reina Slime Eclipse, Francesca, el Dios Glotón, Jaguar, Lirael, Kael... y el Titán, de pie, inmenso, con el espíritu de la niña brillando dentro de él. Nadie más. Todos los demás habían caído.
Domi los miró a los pocos que quedaban, y sin burlarse, sin celebrar, les dijo:
— Quedan dos minutos y medio.




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