CAPÍTULO 112 — MULTIVERSO 101: LA OSCURIDAD Y LA MONEDA
Detrás de Reina Slime Eclipse, mientras las bestias legendarias hacían temblar el suelo con sus rugidos, algo más comenzó a abrirse en el cielo. Una grieta inmensa se expandió por todo el firmamento, y de ella salieron las bestias devoradoras de dioses. Pero no eran las mismas que habían visto antes. Estas eran diferentes. Más grandes, más antiguas, más terribles. También eran de grado legendario, cada una con un poder que habría bastado para destruir multiversos enteros. Y entre todas ellas, imponiéndose por encima de todas, estaba él: el gusano inmenso, tan gigante que su cuerpo cubría todo el multiverso, de un extremo al otro, con escamas que brillaban como estrellas apagadas y ojos que parecían galaxias enteras ardiendo.
Ante esa presencia colosal, Perfección dio un paso al frente. No había calculado probabilidad alguna. No había medido riesgos. Simplemente activó todo su poder. Su forma se oscureció, envolviéndose en una sombra tan profunda que parecía absorber la luz misma. Y con esa forma oscura, desplegó todo su poder, extendiéndolo por cada rincón de ese mundo, hasta que todo el multiverso quedó sumergido en una oscuridad absoluta, donde no se veía nada, no se escuchaba nada, solo la presencia de Perfección llenándolo todo, demostrando que él no podía ser destruido, asesinado ni masacrado por nadie. Ni siquiera por Domi.
Pero Domi simplemente levantó un dedo. Y en ese gesto, toda la oscuridad se detuvo. Perfección, con todo su poder, con toda su fuerza, con su forma más oscura y terrible... se convirtió en una moneda. Una moneda pequeña, lisa, que cayó al suelo con un sonido leve, como si nada hubiera pasado.
Todos contuvieron el aliento. Pero lo que Domi no contaba era con la fuerza de quien había encerrado ahí adentro. Desde esa moneda, desde lo más profundo de ese encierro, Perfección usó su poder. Rompió el sello. La moneda se agrietó, se abrió, y Perfección salió de ella, entero, intacto, con la misma firmeza de siempre. No había sido derrotado. Solo había sido guardado. Y no le había durado.
Domi lo miró con una expresión que mezclaba sorpresa y algo de respeto. Y sin decir una palabra, lo teletransportó. Perfección desapareció de ese lugar. Reapareció en otra realidad, un lugar que no conocía, donde las leyes eran diferentes, donde el poder tenía otra escala. Y cuando miró a su alrededor, comprendió con horror: esa realidad estaba llena de seres tan poderosos que incluso superaban a Domi. Eran antiguos, terribles, y lo miraban a él como si fuera una hormona que se había perdido en un palacio de gigantes. Perfección intentó calcular una salida, pero no había fórmula, no había número, no había estrategia. Estaba solo, perdido en un lugar donde ni siquiera su inteligencia absoluta le garantizaba sobrevivir.
Mientras tanto, de vuelta en el campo de batalla, el grupo estaba incompleto. Faltaba Perfección. Y Domi no les dio tiempo de reaccionar. Levantó las dos manos, y no lanzó un solo ataque. Lanzó millones y millones de ataques al mismo tiempo. Técnicas que caían como lluvia infinita, cada una capaz de borrar galaxias, juntas capaces de borrar toda la existencia mil veces seguidas.
Fue entonces cuando el Dios Glotón se colocó al frente, abrió sus brazos, y lanzó una de sus técnicas más antiguas y sagradas: la Bendición. Una luz suave apareció sobre cada uno de ellos, un brillo pequeño, cálido, que los envolvía y los protegía. Pero esa luz, por más pura que fuera, no estaba hecha para soportar algo así. Recibió el primer golpe de esos millones de ataques... y resistió. No recibieron daño. Pero el brillo se debilitó. Esa pequeña luz solo pudo aguantar un solo golpe. Después de eso, se desvaneció. Y millones de ataques más seguían cayendo.
— ¡Se acabó la protección! —gritó el Dios Glotón, preparándose para recibir todo el peso él mismo.
Pero la batalla no terminó ahí. Mientras el cielo se rompía bajo esa lluvia de destrucción, las bestias legendarias convocadas por Reina Slime Eclipse y el gusano inmenso que cubría el multiverso avanzaron. No retrocedieron. No se escondieron. Se colocaron entre los ataques de Domi y el resto del grupo, recibiendo sobre sí mismos el peso de esa furia infinita, demostrando por qué eran seres de leyenda. Y la pelea continuó, extendiéndose más allá de lo que cualquiera habría podido imaginar, con el cielo cayéndose a pedazos y las bestias legendarias sosteniendo el mundo con su fuerza.