CAPÍTULO 113 — MULTIVERSO 101: LAS TÉCNICAS PROHIBIDAS
La batalla se volvió tan intensa, tan feroz, que incluso Domi comenzó a sentir el peso de todo lo que venía sobre él. Las bestias legendarias no cedían. El gusano inmenso cubría el multiverso entero con su cuerpo y se enfrentaba a él con una fuerza que hacía temblar la realidad misma. Reina Slime Eclipse con su hoz, el Dios Glotón recibiendo y devolviendo cada golpe, Texnolollir con la espada legendaria... todos juntos lo empujaron a un límite que él no esperaba alcanzar.
Entonces Domi tomó una decisión. Su expresión se endureció, y su aura cambió. Se volvió más oscura, más antigua, más terrible.
— No me dejan otra opción —dijo él con voz que resonó en cada rincón de la existencia—. Voy a usar las técnicas prohibidas.
Levantó la mano y realizó un gesto que nadie había visto antes. No fue un golpe. No fue una explosión. Fue algo más profundo, más definitivo. Una luz blanca y fría recorrió todo el campo de batalla, y en un instante, todas las bestias legendarias desaparecieron. No fueron derrotadas. No fueron destruidas. Simplemente dejaron de existir. Borradas de la realidad, de la memoria, del tiempo mismo. Como si nunca hubieran existido.
Pero hubo una excepción. El gusano gigante seguía ahí. Inmenso, intacto, mirando a Domi con ojos que eran galaxias enteras. La técnica prohibida no pudo con él. No pudo borrarlo. No pudo tocarlo. Domi lo miró con asombro, sin entender cómo algo tan grande podía resistirse a algo que borraba todo lo demás.
— ¿Cómo es posible? —murmuró Domi—. ¿Cómo puedes seguir ahí?
El gusano no respondió. Simplemente se preparó para seguir peleando. Y la batalla continuó, más reñida que nunca. El gusano golpeaba con una fuerza que hacía retroceder a Domi, y el resto del grupo aprovechaba cada apertura, cada momento en que Domi se distraía, para atacar con todo lo que tenían. Fue una pelea donde ninguno daba un paso atrás. Donde cada golpe era más fuerte que el anterior.
Pero entonces Domi cambió de objetivo. Vio a Terrari, transformada en Calamity, peleando con una furia que igualaba la suya. Y comprendió que no podía derrotarla así nomás. Que por más que la golpeara, ella seguía de pie. Así que hizo algo peor. Extendió la mano hacia ella, y dijo:
— Entonces te llevaré a donde van todos los que no puedo vencer.
Y Terrari desapareció. Fue enviada a la Nada Misma. Un lugar oscuro, vacío, donde no había tiempo ni espacio. Ese era el destino de todos los seres que eran borrados: no solo desaparecían de la existencia, sino que también eran borrados del espíritu. No quedaba nada de ellos. Ni recuerdo, ni rastro, ni esencia. Y ahí estaba Terrari, perdida en ese vacío absoluto, sin saber cómo salir, sin saber si alguien sabía dónde estaba.
Mientras tanto, de vuelta en el campo de batalla, Domi miró a Francesca. Pensó que sería fácil. Pensó que sería igual que los demás. Intentó borrarla. La técnica prohibida cayó sobre ella. Pero Francesca no desapareció. Seguía ahí, intacta, mirándolo con esa calma que lo desconcertaba. Domi frunció el ceño. Lo intentó otra vez. Y otra. Y otra. La borró de espíritu. La borró de existencia. La teletransportó a lugares imposibles, a realidades lejanas, a rincones donde nadie podría sobrevivir. Y ella volvía. Siempre. Un instante después, estaba de vuelta en el mismo lugar, mirándolo igual que antes.
Domi la miró, confundido, frustrado, y a la vez con algo que parecía admiración. Intentó calcular, buscar una explicación, encontrar la falla. Pero no la encontró. No importaba cuántas veces la borrara, cuántas veces la enviara lejos, cuántas veces la destruyera... ella siempre volvería.
Y entonces, en medio de esa batalla terrible, con millones de ataques cayendo y el mundo desmoronándose a su alrededor, Domi sonrió. Y sin darse cuenta, lo dijo en voz alta:
— ¡Qué ser tan fastidioso... me encanta!
Francesca lo escuchó. Lo miró con una sonrisa leve, y sin decir una palabra, se preparó para seguir peleando, sabiendo que no importaba cuántas veces la enviara lejos, ella siempre volvería. Y esa sola certeza hizo que Domi, por primera vez en toda su existencia, no supiera qué hacer.