CAPÍTULO 115 — MULTIVERSO 101: LO QUE NO SE PUEDE BORRAR
Domi concentró toda su atención en Reina Slime Eclipse. Frunció el ceño, levantó ambas manos y comenzó a lanzar una tras otra sus técnicas más terribles: rayos de borrado, ondas que eliminaban la existencia misma, ataques que habrían borrado galaxias enteras en un parpadeo. Caían sobre ella una y otra vez, con una fuerza que hacía temblar el multiverso entero. Pero no pasaba nada. O mejor dicho, pasaba algo que nadie esperaba: el cuerpo de Reina Slime Eclipse simplemente absorbía cada uno de esos ataques. La energía de borrado entraba en ella, se mezclaba con su sustancia, y desaparecía como si hubiera caído en un océano sin fondo. No la afectaba. No la tocaba. No podía hacerle nada.
— Mirá —dijo ella con una sonrisa tranquila, mientras la última técnica de borrado se desvanecía dentro de ella—. ¿Más? ¿Eso es todo?
Domi apretó los dientes. Cambió de objetivo. Dirigió toda su furia hacia el Titán. Lanzó sobre él las mismas técnicas, rayos de destrucción pura que habrían hecho añicos cualquier cosa que existiera. Pero el Titán, inmenso, imponente, con el espíritu de la niña brillando en su interior, no recibió ni un rasguño. La energía chocaba contra su cuerpo y se dispersaba sin dejar marca alguna. No se dañaba. No se rompía. No se movía.
— ¿Qué son ustedes? —murmuró Domi, frustrado.
Entonces intentó lo que había hecho con los demás. Extendió la mano para teletransportar al Titán lejos, a otra dimensión, a un lugar del que no pudiera volver. Pero nada pasó. El Titán siguió de pie, inmóvil, mirándolo. No se fue. Domi frunció el ceño con más fuerza, lo intentó de nuevo. Y otra vez nada. No podía moverlo. No podía enviarlo a ningún lado. Algo lo sostenía ahí, algo que él no podía superar.
Se giró entonces hacia Reina Slime Eclipse. Intentó teletransportarla. La tomó con toda su voluntad, con todo su poder, para enviarla tan lejos que nunca pudiera regresar. Y tampoco pudo. Ella seguía ahí, parada, mirándolo, como si nada. Como si él ni siquiera lo hubiera intentado. No podía moverla de su lugar. No podía borrarla, no podía dañarla, y ahora descubría que tampoco podía sacarla de enfrente.
Domi respiró hondo, acumulando poder en su pecho, y cambió de estrategia otra vez. Apuntó al Dios Glotón. Y esta vez sí lo logró. Con un movimiento brusco de la mano, lo teletransportó lejos, a una dimensión oscura y vacía, pensando que por fin se había librado de él. Pero apenas había desaparecido cuando resonó un grito, un sonido tan fuerte que hizo temblar el cielo mismo:
— ¡AAAHHH!
Y de ese grito nació un portal inmenso. El Dios Glotón no se había quedado allá. Había abierto el camino de vuelta con la pura fuerza de su voz. Y cayó de nuevo en el campo de batalla, justo detrás de Domi, aprovechando que lo había tomado por sorpresa. Sin perder ni un instante, lo abrazó con todas sus fuerzas. Sus brazos indestructibles rodearon a Domi, apretándolo con una fuerza que habría aplastado estrellas, inmovilizándolo, sosteniéndolo con todo su peso.
— ¡Ahora! —gritó el Dios Glotón.
Ese fue el microsegundo que Texnolollir estaba esperando. Con la espada legendaria en la mano, corrió con toda su velocidad, la espada brillando con una luz que atravesaba la realidad misma. Se elevó en el aire, alzó el arma con ambas manos, y con toda su fuerza descendió hacia el cuello de Domi, decidido a cortar la cabeza de una vez por todas. Pero falló. En el último instante, Domi se volvió intangible. Su cuerpo se convirtió en algo que no era sólido, algo que no tenía forma fija. El abrazo del Dios Glotón pasó a través de él como si abrazara humo, y la espada de Texnolollir cortó el aire sin tocar nada.
Domi reapareció a metros de distancia, con una mirada que mezclaba rabia y asombro.
— Casi —dijo Domi con voz tensa—. Casi lo logran.
Y entonces la pelea se desató con una intensidad que superaba todo lo anterior. Domi se movía a velocidades que el ojo no podía seguir, apareciendo y desapareciendo, lanzando ataques desde todos los ángulos al mismo tiempo. El Dios Glotón se lanzaba sobre él una y otra vez, intentando atraparlo de nuevo, pero Domi se hacía intangible cada vez que casi lo alcanzaba. Reina Slime Eclipse avanzaba lentamente, absorbiendo cada ataque que le llegaba, haciéndose más poderosa con cada golpe que él le lanzaba. El Titán daba pasos que hacían temblar el suelo entero, golpeando con puños que habrían partido planetas por la mitad. Y Texnolollir, con la espada legendaria en la mano, perseguía a Domi, buscando ese segundo exacto en que volviera a ser sólido, ese instante en que la espada pudiera tocarlo de verdad.
Golpe tras golpe, técnica tras técnica, la batalla se extendía sin que nadie cediera. Y lo más aterrador de todo era que Domi, el ser más poderoso que existía, empezaba a mostrar algo que nadie había visto nunca: cansancio. Y quizás... un poco de miedo.