Texnolollir

116

CAPÍTULO 116 — MULTIVERSO 101: LO QUE NO SE PUEDE CONTENER
El gusano gigante, que cubría todo el multiverso con su cuerpo inmenso, vio su oportunidad. Domi había desviado la atención un instante, apenas una fracción de segundo, ocupado esquivando el ataque de Texnolollir. Y el gusano no lo dudó. Abrió sus fauces, tan grandes que podrían haber tragado galaxias enteras, y tragó a Domi de un solo bocado. Se lo llevó adentro, desapareciéndolo de la vista de todos.
— ¡Lo tiene! —gritó Texnolollir con esperanza—. ¡Lo atrapó!
Pero la alegría duró muy poco. De la mismísima nada, sin que nadie viera venir qué pasó, el gusano gigante se detuvo en seco. Se quedó rígido. Y entonces... se congeló. Todo su cuerpo, desde la cabeza hasta la cola más lejana, se volvió sólido como hielo. Y en el instante siguiente, sin ruido, sin explosión, se transformó completamente en agua. Millones de litros de agua cayeron desde lo alto, llenando el multiverso entero como un océano que caía del cielo. Y de entre toda esa agua, emergió Domi. Seco, intacto, mirándolos con esa calma que helaba la sangre. Había salido de adentro del gusano sin siquiera mancharse.
La pelea se reanudó con más furia que nunca. En medio de todo ese caos, Francesca decidió que era su turno. Se lanzó contra Domi con todo su poder, golpeándolo con técnicas que habrían destrozado seres supremos uno tras otro. Pero Domi, viendo que ella siempre volvía, que no podía borrarla ni enviarla lejos, pensó que había encontrado la solución. La tomó, la envolvió con su energía, y la absorbió. Francesca desapareció dentro de él.
— Por fin —murmuró Domi—. Ya no vuelve.
Pero entonces sintió algo extraño. Algo se movía adentro de él. No era su energía. No era su voluntad. Era Francesca. Y no estaba quieta. Había tomado el control de su cuerpo. Domi sintió cómo sus manos dejaban de responderle, cómo sus piernas se movían solas, cómo su propia voz no le obedecía. Ella estaba adentro, manejándolo como si fuera un traje. Domi luchó con todas sus fuerzas, temblando de rabia y desesperación, hasta que logró expulsarla. La sacó de su cuerpo con un esfuerzo que lo hizo jadear.
— ¡No puedo con vos! —gritó Domi, frustrado—. ¡No puedo resolverte! ¡¿Qué sos?! ¡Jo, jo, jo, jo!
Francesca cayó de pie, sonriendo como si nada hubiera pasado, y se sacó el polvo de la ropa.
Y entonces fue el turno del Dios Glotón. Tomó una decisión. Respiró hondo, llenando sus pulmones con una cantidad de aire que no debería caber en un solo ser, y entonces gritó con todas sus fuerzas. Un grito tan fuerte, tan poderoso, que el sonido mismo se convirtió en algo físico. La onda sonora recorrió todo el multiverso, rompiendo el espacio, agrietando la realidad, haciendo que todo temblara como si fuera a desmoronarse. Fue un ruido tan inmenso que dejó a Domi aturdido. Por un microsegundo, solo un instante, Domi se quedó quieto, confundido, sin poder reaccionar.
— ¡AHORA! —gritó el Dios Glotón.
Cargó contra Domi con toda su masa, toda su fuerza, todo su peso, como una montaña que cae del cielo. Domi recuperó el sentido justo a tiempo y lo esquivó. El Dios Glotón pasó de largo, rompiendo el suelo donde Domi había estado parado un segundo antes. Pero al esquivarlo, algo sucedió. El brazo del Dios Glotón, al pasar tan cerca, rozó a Domi con una fuerza indestructible. Y cuando el polvo se disipó, todos vieron lo que había pasado: a Domi le faltaba un brazo. Su brazo izquierdo había sido arrancado por completo. Solo le quedaba uno.
Domi miró su muñón, sorprendido. Se tocó el lugar donde había estado su brazo. Y por primera vez, su cara se puso seria. Muy seria.
Mientras él procesaba lo que había pasado, Reina Slime Eclipse dio un paso adelante. Había estado esperando el momento exacto. Y entonces activó una técnica antigua, una que había guardado para una batalla como esta.
— Lluvia de Slime —dijo con voz firme.
El cielo se oscureció. Y de arriba comenzó a caer una lluvia infinita de gotas de su sustancia, millones y millones de slimes diminutos cayendo sobre todo el campo de batalla. Cada una de esas gotas tenía el poder de derretir la existencia misma. Si una sola tocaba a Domi, se derretiría. Se desharía. No podría detenerse.
Pero Domi, aunque herido, aunque aturdido, seguía siendo Domi. Se movía a una velocidad que el ojo no podía seguir. Esquivaba cada gota. Cada milímetro de su cuerpo se movía justo lo necesario para que ninguna lo tocara. Miles de millones de slimes caían a su alrededor, cubriendo el suelo, el cielo, todo... y ninguna pudo tocarlo. Domi se movía entre la lluvia como si fuera parte de ella, sin recibir ni un solo roce.
Reina Slime Eclipse lo miró, impresionada. Había lanzado una técnica que habría acabado con cualquier ser, y él la estaba esquivando completamente. Y sin embargo, ahí estaba, con un solo brazo, mirándolos a todos, sabiendo que aún no había terminado.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.