Texnolollir

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CAPÍTULO 117 — MULTIVERSO 101: LAS ALAS INFINITAS
Domi miró el muñón donde antes estaba su brazo. Sabía que no podía curarlo. La espada legendaria había dejado una herida que no se cerraba, que no sanaba, que no respondía a su poder. Entonces no intentó regenerarlo. Simplemente levantó lo que quedaba de su hombro, y de la mismísima nada, formó un nuevo brazo hecho de energía pura, brillante, terrible, tan poderoso que el aire mismo se quemaba al tocarlo. Y con una voz cargada de hastío, dijo:
— Me tienen harto. De nada.
Y entonces sucedió algo que ninguno de ellos habría podido imaginar. De su espalda comenzaron a salir alas. Una tras otra. Miles, millones, alas infinitas. No se acababan nunca. Por cada ala que le nacía, su poder se multiplicaba. Cada ala lo hacía un trillón de veces más poderoso. Y seguían saliendo. Y seguían multiplicando su fuerza hasta que su presencia misma pesaba sobre el multiverso como si fuera a aplastarlo todo.
Con esas alas extendidas, Domi movió una de ellas. Y de todas esas alas infinitas comenzó a caer una lluvia de plumas. Cada pluma tenía un filo tan afilado, tan perfecto, que podía cortar la realidad misma. No era metal ni energía. Era algo más antiguo. Algo que dividía lo que existe de lo que no existe.
Las plumas cayeron sobre todos ellos. Y por primera vez, algo que ninguno creyó posible sucedió: el Titán fue destruido. Ese ser inmenso que había resistido todo, que no podía ser dañado ni borrado, se hizo pedazos bajo el corte de esas plumas. Se desmoronó en millones de fragmentos. Pero el espíritu de la niña seguía intacto. Brillaba suavemente entre los restos, sin heridas, sin miedo. Miró a Domi una última vez, abrió un portal delante de ella, y se fue de ese lugar. Se retiró. No porque hubiera sido vencida, sino porque su misión allí había terminado.
Las plumas seguían cayendo. Pero a Francesca no le hicieron nada. Pasaban a través de ella como si fuera aire. Y al Dios Glotón tampoco le hicieron daño: su cuerpo indestructible absorbía cada corte sin que quedara marca. Y a Reina Slime Eclipse las plumas simplemente la atravesaban y eran absorbidas por su cuerpo sin dejar rastro. Tampoco le hicieron nada.
Domi frunció el ceño, confundido y furioso.
— ¿Qué? —gritó—. ¡¿Qué pasa con ustedes?! ¿Por qué no se rompen?
Y entonces vio a Texnolollir. Las plumas caían sobre él también. Pero Texnolollir se había transformado en un ser intangible. Su cuerpo ya no era sólido. Las plumas pasaban a través de él sin tocarlo, sin cortarlo, sin dejar ni un rasguño. No podía recibir daño. No podía ser tocado.
Al ver esto, algo cambió en Francesca. Su respiración se detuvo un instante. Su aura se volvió densa, pesada, antigua. Y sus ojos... sus ojos se pusieron de color rojo. Un rojo profundo, brillante, que no parecía pertenecer a este mundo. Su energía se disparó, creciendo más allá de cualquier número, más allá de cualquier medida. Y su velocidad... se volvió tan grande que dejó de verse. Dejó de escucharse. Simplemente estaba en un lugar y al instante siguiente en otro, moviéndose más rápido de lo que la realidad podía registrar.
Domi la miró, y por primera vez en toda esa batalla, sintió algo que no había sentido antes. No era miedo. Era algo más profundo. Era la certeza de que algo había cambiado. Que el equilibrio se había roto. Y que ahora, ella era la que estaba por encima de los números.




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