El amanecer llegó a Draxcan con una luz que a Kael le pareció distinta, aunque no habría sabido explicar exactamente en qué consistía aquella diferencia. Todavía sentado junto a Lyssara en los jardines privados, con el cuerpo entumecido tras haber pasado la noche entera despierto, observó cómo el cielo sobre el Distrito Imperial pasaba del negro profundo al gris perlado y finalmente a un dorado tenue que se filtraba entre las torres del castillo, y sintió, en algún lugar bajo su esternón, un eco silencioso que no correspondía a ninguno de sus tres corazones en particular, sino a algo que los tres compartían simultáneamente. Era una sensación sutil, casi imperceptible, como si una cuerda tensada en algún lugar lejano hubiera vibrado con una frecuencia que su propio cuerpo, de manera involuntaria, reconocía.
—¿Lo sientes tú también? —preguntó, sin apartar la vista del horizonte.
Lyssara, que se había adormecido brevemente contra su hombro, se enderezó de inmediato, alerta. Sus ojos, todavía cargados de sueño, recorrieron instintivamente el jardín circundante antes de posarse en el rostro de Kael, y algo en su expresión debió de preocuparla, porque su mano se movió inmediatamente hacia el brazo de él, con un gesto de reconocimiento profesional que Kael había aprendido a identificar como su manera de evaluar si una situación requería acción inmediata.
—¿Sentir qué?
—No lo sé exactamente. —Kael se llevó una mano al pecho, presionando suavemente como si aquel gesto pudiera ayudarlo a identificar la sensación—. Algo parecido a un zumbido. Muy débil. Como si una campana hubiera sonado en algún lugar lejano, hace ya un rato, y solo ahora me llegara el eco. No es doloroso, ni siquiera particularmente intenso. Pero tampoco se parece a nada que haya sentido antes.
—Deberíamos decírselo a Talaida.
—Lo haré. —Kael se puso de pie, sintiendo el peso de una noche sin descanso en cada articulación, y estiró los brazos por encima de la cabeza con un gesto que hizo crujir sus hombros—. Pero antes necesito comer algo. Y necesito ver a Airoon. Después de todo lo que ocurrió con Vycto, con el juicio, con la reunión de los fragmentos... siento que Draxcan entera contiene la respiración, esperando a ver qué sucede después.
—Draxcan siempre contiene la respiración, Kael. —Lyssara se levantó también, sacudiendo el rocío de su capa con movimientos precisos—. Es lo único que este reino sabe hacer verdaderamente bien. Llevo toda mi vida observándolo: la corte finge normalidad, los senadores fingen seguridad, los ciudadanos fingen que no notan la tensión. Y todos, sin excepción, esperan que alguien más resuelva el problema antes de que se convierta en crisis.
—¿Y tú? —Kael la miró con una curiosidad genuina—. ¿Tú también finges?
Lyssara consideró la pregunta con una honestidad que reflejaba la evolución considerable de su relación durante los últimos meses.
—Yo solía fingir. Durante años, fingí que mi carrera militar no me importaba tanto como para entrar en conflicto con mi padre. Fingí que las expectativas familiares no pesaban sobre cada decisión que tomaba. Fingí que la mujer que era en público y la mujer que era en privado no tenían nada que ver la una con la otra. —Esbozó una sonrisa breve, cargada de una ironía cansada—. Y luego apareciste tú, con tus secretos ridículos sobre gemas antiguas y cámaras selladas, y de algún modo me convenciste de que el fingimiento constante representa la forma más segura de traicionarse a uno mismo.
—No recuerdo haberte convencido de nada.
—No lo hiciste conscientemente. Simplemente exististe, con toda la frustrante honestidad que te caracteriza, hasta que resultó imposible continuar fingiendo a tu lado. —Lyssara le dio un golpecito en el brazo con el dorso de la mano, un gesto que tenía más de afecto que de reproche—. Ahora ven. Vamos a desayunar antes de que Orwenna nos encuentre y nos obligue a comer algo decente por nuestra cuenta.
El comedor privado del ala real, cuando llegaron, ya bullía con una actividad que resultaba inusual para una hora tan temprana: sirvientes entrando y saliendo con documentos sellados, un mensajero real cambiándose de caballo en el patio exterior visible desde la ventana, y Orwenna, sentada en su rincón habitual, con una expresión que Kael reconoció de inmediato como preocupación cuidadosamente disimulada bajo décadas de práctica cortesana. La anciana consejera sostenía una taza de té que evidentemente había dejado de estar caliente hacía tiempo, y sus ojos, agudos a pesar de su edad, no dejaban de moverse entre los documentos que varios ayudantes le presentaban y la puerta por la que Kael y Lyssara acababan de entrar.
—Buenos días, muchacho. —La anciana le indicó que se sentara con un gesto—. El rey te espera en cuanto hayas comido algo decente. Y por el aspecto de ambos, sospecho que ninguno de los dos ha dormido lo suficiente.
—¿Qué está pasando? —preguntó Kael, sirviéndose pan y queso con un apetito que le sorprendió a sí mismo, considerando el peso de las últimas semanas. La mesa ofrecía una selección considerablemente más generosa de lo habitual para un desayuno ordinario: frutas cortadas, quesos variados, panes de distintos tipos, y un té oscuro cuyo aroma Kael reconoció como la variedad particular que Orwenna preparaba en las mañanas de mayor tensión.
—Mensajes. Considerablemente más mensajes de los habituales, llegando desde direcciones considerablemente más variadas de lo acostumbrado. —Orwenna bajó la voz, aunque los sirvientes que iban y venían no parecían prestar atención particular a su conversación—. Dacmek, Pitra, incluso un heraldo de Lythara, algo que no había visto en años. Todos preguntando, con distintos grados de sutileza, sobre «los recientes acontecimientos en Draxcan».
Lyssara intercambió una mirada con Kael.
—Eso confirma lo que Paul sospechaba —dijo—. El mundo ya no puede ignorarnos.
—El mundo lleva semanas intentando no ignorarnos —corrigió Orwenna, con una sequedad que reflejaba décadas de experiencia política—. La diferencia es que ahora ha dejado de intentarlo discretamente. Los mensajes que están llegando esta mañana son considerablemente más directos que los que recibimos la semana pasada. Alguien, en algún lugar, ha decidido que ya no tiene sentido fingir que no sabe lo que ha sucedido aquí.
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Editado: 14.09.2026