El Senado convocó sesión extraordinaria dos días después, motivado no por una única crisis específica, sino por la acumulación creciente de correspondencia diplomática que había comenzado a llegar desde prácticamente todos los reinos de Daus, cada uno formulando, con matices diplomáticos considerablemente distintos, esencialmente la misma pregunta: ¿qué había despertado bajo Draxcan, y qué representaba exactamente para el resto del continente?
Kael, presente en la galería junto a Talaida, sintió que la atmósfera de aquella cámara había cambiado considerablemente desde las últimas sesiones que había presenciado durante el juicio de Vycto. Ya no se trataba simplemente de resolver una conspiración interna, sino de algo considerablemente más amplio: la posición de Draxcan entera dentro del tablero político de un continente que, súbitamente, había comenzado a prestarle una atención que ningún senador presente parecía completamente preparado para gestionar. Las gradas superiores, habitualmente ocupadas por funcionarios menores y curiosos ocasionales, se encontraban aquel día repletas de diplomáticos extranjeros, observadores oficiales, y representantes de casas comerciales internacionales que habían encontrado, evidentemente, excusas considerablemente creativas para justificar su presencia en la capital durante aquellos días particularmente tensos.
—Senadores, la situación exige respuestas coordinadas —comenzó Bertrand Reichmer, quien había asumido un papel considerablemente más prominente en la conducción de aquellas sesiones tras la disolución definitiva del Consejo Especial—. No podemos permitir que cada embajada extranjera reciba información contradictoria sobre lo ocurrido recientemente. Eso solamente generaría desconfianza adicional hacia una Corona que ya enfrenta suficiente escrutinio.
—¿Y qué propone exactamente, senador Reichmer? —preguntó Cordelia Chimer, presente aquel día con la autoridad renovada que su alianza formal con la Corona le había proporcionado—. ¿Que compartamos abiertamente con Salamer, con Dacmek, con cualquier reino que pregunte, información sobre estructuras cuya propia naturaleza apenas comenzamos a comprender nosotros mismos?
—Propongo, senadora Chimer, que establezcamos una posición diplomática unificada, considerablemente más controlada que el actual caos de respuestas individuales dispersas entre distintas embajadas. —Bertrand se giró hacia el resto de la cámara—. Una narrativa oficial, cuidadosamente formulada, que reconozca la existencia de «hallazgos arqueológicos significativos» sin comprometer detalles considerados sensibles para la seguridad del reino.
El debate se intensificó rápidamente, con diferentes facciones argumentando posiciones considerablemente diversas: algunos senadores, particularmente los más tradicionalistas que habían sobrevivido políticamente a la caída de Kestrel años atrás, insistían en que cualquier admisión pública de vulnerabilidad debilitaría considerablemente la posición negociadora de Draxcan; otros, incluyendo Ysolde Reichmer, argumentaban que la transparencia calculada resultaría considerablemente más efectiva que intentar ocultar información que, evidentemente, ya circulaba a través de múltiples canales incontrolables.
Kael, escuchando aquel debate desde su posición en la galería, sintió una incomodidad creciente ante la manera en que su propia existencia se había convertido, gradualmente, en un tema de discusión estratégica que trascendía completamente cualquier consideración sobre su propia voluntad o preferencias personales. Los senadores hablaban de él como si fuera un recurso geopolítico, una variable a considerar dentro de ecuaciones de poder que se extendían considerablemente más allá de cualquier preocupación sobre su bienestar individual.
—Se habla de mí como si fuera un recurso a gestionar, no una persona —murmuró, dirigiéndose hacia Talaida.
—Bienvenido a la naturaleza fundamental de la política, Kael. —Talaida no apartó la vista de la discusión, aunque su tono reflejaba cierta comprensión hacia la frustración de su amigo—. Cualquier cosa capaz de alterar significativamente el equilibrio de poder termina, inevitablemente, siendo discutida en términos estratégicos, independientemente de su naturaleza individual. He observado este patrón durante toda mi formación académica: los eruditos discuten sobre conocimiento, los senadores discuten sobre poder, y ambos tienden a olvidar que, detrás de cada concepto abstracto que debaten, existen personas concretas cuyas vidas se ven directamente afectadas por sus decisiones.
Un senador cuyo nombre Kael no lograba recordar completamente, representante del Distrito Mago, se puso de pie con una expresión particularmente severa. Su túnica, de un azul profundo que denotaba su afiliación académica, contrastaba marcadamente con los tonos más sobrios de los senadores tradicionalistas.
—Considero que este cuerpo debería discutir también la posibilidad de que el joven Kraxter reciba supervisión considerablemente más estricta, dado que su propia naturaleza parece atraer atención internacional cada vez más peligrosa hacia nuestro reino.
—¿Está sugiriendo restricciones adicionales a su libertad de movimiento? —preguntó Ysolde, con una indignación evidente.
—Estoy sugiriendo, senadora Reichmer, que consideremos cuidadosamente las implicaciones de permitir que un individuo cuya existencia genera tanta inestabilidad continúe operando con la misma libertad que cualquier ciudadano ordinario de Draxcan.
Aquella propuesta generó un murmullo considerable entre los presentes, y Kael sintió que su propia paciencia, ya considerablemente puesta a prueba durante meses de conflicto constante, comenzaba a agotarse ante la perspectiva de convertirse nuevamente en objeto de restricciones formales impuestas por un cuerpo político que, en su mayoría, apenas comprendía fragmentariamente la magnitud completa de lo que representaba.
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Editado: 14.09.2026