The Age of Crowns: Los Herederos de Eltrix

Capítulo III: El Consejo de Caleus

—Hablad.

La palabra quedó suspendida sobre la mesa circular y nadie se apresuró a recogerla. Por los ventanales altos entraba la claridad del amanecer, pálida y sin calor, y se enredaba en el humo azul de los braseros. El cristal color humo seguía latiendo en el centro, aunque con menos fuerza que durante la noche. Cada pulso dejaba un velo dorado sobre los rostros de los consejeros, que parecían más viejos de lo que eran. Ninguno había dormido. Los que lo habían intentado tenían las ojeras de quien ha pasado la noche mirando el techo.

La sala, que durante doscientos cincuenta años había albergado las deliberaciones más serenas de Daus, presentaba aquella mañana un aspecto que Caleus no recordaba haber visto jamás: las cortinas, habitualmente descorridas para permitir que la luz natural de la colina iluminara la mesa, permanecían entornadas, y las lámparas de aceite que los sirvientes habían encendido durante la noche seguían ardiendo, proyectando sombras que se superponían unas a otras. Los cinco dragones tallados en el techo, que en los días ordinarios apenas resultaban visibles desde los asientos, parecían aquella mañana vigilar la sala con una atención que ningún presente habría sabido describir con precisión pero que todos, de una manera u otra, percibían.

Caleus había tomado asiento en la cabecera con la misma parsimonia con que había presidido cada consejo de su vida, pero su cuerpo, aquella mañana, le pesaba de una manera distinta. Los doscientos cincuenta años se le habían acumulado durante la noche como se acumula el agua en una vasija que ya no puede contener más. Sentía las articulaciones más rígidas, la vista ligeramente nublada en los bordes, y una fatiga que no era física sino de otra índole, más profunda, como si el propio tiempo hubiera decidido recordarle, en aquel preciso momento, que ni siquiera él era eterno.

Quien rompió el silencio fue Ilmarek Draykor, y lo hizo como un soldado que abre una puerta de una patada porque ya no tiene paciencia para llamar. Llevaba toda la noche despierto, recorriendo los muros con sus hombres, verificando personalmente cada puesto de guardia, cada centinela, cada gema de conexión de sus subordinados. Había visto a tres soldados veteranos, hombres que habían servido veinte años sin una sola queja, temblar como niños al sentir la vibración de sus gemas. Y aquella visión, más que la luz misma, era lo que ahora lo impulsaba a hablar con una vehemencia que apenas lograba contener.

—Los hechos son simples. Anoche, desde Draxcan, algo atravesó nuestros muros sin tocarlos. Tres centinelas cayeron inconscientes. Las gemas de los guardianes vibraron durante horas. Si eso hubiera ocurrido en cualquier otra frontera, a estas horas habría una orden de movilización firmada. Yo no la he pedido, Gran Sabio, porque me ordenasteis prudencia. Pero no os pido prudencia: os pido que reconozcáis lo que esto es. Draxcan ha manipulado un poder que no comprende, y lo ha hecho sin consultarnos. Lo que han despertado nos concierne a todos, y esperan que lo aceptemos como quien acepta el clima.

—Draxcan no ha despertado nada que sepamos —objetó Maerith Calyth con voz serena—. Hemos sentido una señal. No sabemos quién la emitió ni por qué.

—Sabemos desde dónde partió.

—Sabemos desde dónde la sentimos más intensa. No es lo mismo. Hay una diferencia considerable entre saber que un sonido procede de una dirección y saber quién lo produjo. Si un reloj suena en la habitación contigua, uno sabe de dónde viene la hora, pero no quién lo ha puesto en marcha.

—¿Y qué importa la diferencia? —El comandante se inclinó sobre la mesa—. Cuando en una aldea se declara un incendio, nadie pregunta si fue la lámpara o la vela. Se acude al lugar donde empezó. Si Draxcan tiene algo que ocultar, hay que arrancárselo. Si no lo tiene, que lo demuestre. Y si no quiere demostrarlo, entonces será necesario que Eltrix se encargue de lo que ellos no saben controlar.

Un murmullo de aprobación recorrió el lado izquierdo de la mesa. No fue unánime, pero bastó para que Brannoch Zerkan, que hasta entonces había permanecido callado con los brazos cruzados sobre el pecho ancho, levantara la cabeza. Brannoch había pasado la noche descendiendo a las galerías más profundas de sus minas, y el barro que aún conservaba en las botas era el testimonio de las horas que había dedicado a comprobar, personalmente, el estado de cada veta. Había visto cosas aquella noche que prefería no comentar en voz alta, y su intervención, cuando finalmente se produjo, llevaba la carga de aquel silencio deliberado.

—Yo no hablaré de ejércitos. —Su voz era grave, de las que se acostumbran a resonar entre paredes de roca—. Hablaré de piedras. Esta noche, en mis minas, todas las gemas callaron a la vez. Cuando una gema calla, es porque algo más fuerte que ella está hablando. Eso significa que ese algo habita en la misma veta que nosotros extraemos. Y lo que está en nuestra veta, Gran Sabio, es nuestro. Si Draxcan ha puesto las manos en ello, que lo devuelva. Y si todavía no lo ha hecho, que no lo haga.

—¿Habláis de propiedad o de seguridad? —preguntó Maerith, sin levantar la voz.

—De ambas. Allí donde hay una cosa, hay la otra.

—En diplomacia, a eso lo llamamos un pretexto.

—En minería lo llamamos sentido común. —Brannoch sonrió con una dureza sin malicia—. Aunque comprendo que en los salones se ame más la palabra «pretexto».

Alguien soltó una risa seca. Caleus, que había permanecido inmóvil con las manos unidas, alzó apenas dos dedos. El rumor se extinguió. El Gran Sabio conocía a Brannoch desde hacía más de un siglo, y sabía que aquel hombre no era tan simple como su retórica pretendía. Los Zerkan llevaban generaciones defendiendo que su riqueza era un servicio, no una ambición, y en público mantenían con celo aquella imagen de modestia trabajadora. Pero Caleus había visto, a lo largo de los años, cómo Brannoch y sus antepasados negociaban cada contrato minero con una precisión que ningún noble habría logrado igualar, y sabía que aquel hombre comprendía mejor que nadie el valor estratégico de las gemas que extraía. Su intervención, por tanto, no era tan espontánea como pretendía parecer: era el resultado de una noche entera de cálculo, y de la comprensión, por parte de Brannoch, de que aquella crisis podía convertirse, si se gestionaba con habilidad, en una oportunidad para renegociar la posición de los Zerkan dentro del equilibrio de poder de Eltrix.




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