The backrooms: Al otro lado del universo

Prologo

"0"

En aquel punto de la historia, la humanidad había alcanzado un desarrollo técnico tan avanzado que las ciudades terrestres se convirtieron en colmenas colosales, asfixiantes y sobrepobladas. El verdadero desafío de la época no era la escasez de recursos, sino la pérdida de la cordura. En un entorno rodeado por billones de personas, la necesidad de encontrar un espacio agradable, un rincón de absoluto silencio, se volvió una cuestión de estabilidad mental sana.

En medio de este ecosistema tecnológico trabajaba un padre de familia. Aquella noche, el peso de una jornada laboral interminable se reflejaba en sus hombros caídos y en sus ojos enrojecidos por el cansancio. Se frotó la nuca, contemplando las pantallas parpadeantes del laboratorio subterráneo. A su lado, su esposa intentaba mantener despierta a su pequeña hija, quien cabeceaba sentada en una silla metálica.

—Ya casi termino, mi amor —murmuró el hombre, con la voz pastosa—. Solo debo calibrar este último sector de compresión cuántica y nos largamos a casa.

—Tómate tu tiempo —respondió la madre de forma apacible, aunque acomodó a la niña en su regazo con un suspiro de fatiga—. De igual manera.... la superficie no hay más que ruido y multitudes. Aquí abajo, al menos, hay algo de paz.

El técnico esbozó una sonrisa cansada y comenzó a teclear la secuencia final en el panel de control. Sin embargo, el agotamiento físico le cobró factura: sus dedos, entumecidos por las horas de trabajo, cometieron un error milimétrico. Al instante, el reactor de compresión emitió un zumbido agudo; una frecuencia ultrasónica que no se percibía a través de los oídos, sino como una vibración dolorosa directamente en las raíces de los dientes. Las luces del complejo parpadearon violentamente.

—¿Qué fue eso? —preguntó la esposa, enderezándose de inmediato.

Antes de que el hombre pudiera articular palabra, el espacio físico frente a ellos sufrió una distorsión imposible, plegándose sobre sí mismo como una hoja de papel arrugada por una fuerza invisible. La solidez del suelo se desvaneció en un milisegundo. La niña, despertando abruptamente por el pánico, resbaló de los brazos de su madre, precipitándose directo hacia una fisura de luz pura que se rasgaba en el concreto del laboratorio.

—¡Papá! —gritó la pequeña.

—¡Sujétala! —exclamó la mujer, arrojándose hacia adelante.

El padre, movido por el puro instinto y la adrenalina, extendió los brazos y se arrojó al vacío tras ellas. No experimentaron dolor, ni el impacto de un choque, ni la sensación vertiginosa de una caída libre. Fue, sencillamente, la transición limpia a través de un umbral invisible.

Cuando el grupo logró abrir los ojos, el laboratorio, la tecnología de punta y el saturado mundo del mañana se habían esfumado por completo. En su lugar, se hallaron tendidos en medio de una habitación de una monotonía asfixiante, rodeados por paredes de un tono amarillo enfermizo y una alfombra húmeda que emanaba un olor rancio a confinamiento. Sobre sus cabezas, hileras de lámparas fluorescentes vibraban con un zumbido eléctrico exasperante. Sin saberlo en ese instante, aquella familia se convertiría en los fundadores de una nueva era dentro del laberinto; seres despojados de su realidad que ahora se veían obligados a desafiar una geografía completamente imposible.

El hombre se incorporó lentamente, ayudando a su esposa a ponerse de pie mientras mantenían a la niña entre ambos.

—¿Dónde estamos? —preguntó la madre, mirando a su alrededor con una mezcla de desconcierto y terror—. ¿Qué es este lugar? ¿Hacia dónde van esos pasillos?

—No lo sé —admitió el padre, conteniendo el temblor de sus manos mientras revisaba el dispositivo de diagnóstico bioanalítico que aún colgaba de su cinturón corporativo—. Pero la estructura molecular de este entorno no responde a ninguna física que yo conozca. Quédate aquí. No des un solo paso.

Moviéndose con la extrema cautela de quien comprende que un paso en falso en territorio desconocido equivale a una sentencia de muerte, el técnico avanzó unos metros hacia la arcada contigua, encontrando otra sala idéntica. El analizador portátil en sus manos comenzó a emitir pitidos rítmicos e intermitentes. El aire del lugar presentaba propiedades desconcertantes.

Con el transcurrir de los días y las semanas, lo que inicialmente pareció una celda sin salida se transformó en su propio laboratorio de campo. Haciendo uso de su formación, el hombre se dedicó minuciosamente a registrar y catalogar cada cuadrante, descubriendo de forma paulatina que la inmensidad del entorno se fragmentaba en sectores con propiedades físicas y ambientales radicalmente distintas.

Un día, mientras exploraban un corredor más oscuro que los anteriores, el dispositivo alertó una anomalía en el ambiente. El aire se volvió denso, con un sutil aroma químico que picaba en la garganta.

—¡Deténganse! —ordenó el padre, deteniendo a su familia con un brazo firme—. Cubran sus bocas. No respiren a fondo en este sector.

—¿Qué pasa? El aire se ve igual que en los otros cuartos —dijo la madre, retrocediendo un paso mientras protegía el rostro de su hija contra su pecho.

—Las lecturas muestran inconsistencias biológicas graves en esta zona —explicó él, ajustando la mascarilla del sensor—. No todas las habitaciones se pueden considerar seguras. En algunos, la contaminación, el estado de la atmósfera o el simple acto de respirar podría matarnos en cuestión de minutos. Hay que dar la vuelta. Apunten esto en la bitácora: el pasillo norte tiene aire tóxico.

A partir de ese instante, los tres aprendieron a desplazarse bajo un régimen de cautela absoluta, trazando mapas rudimentarios de las zonas seguras y dejando atrás aquellos cuadrantes donde la letalidad invisible flotaba en el ambiente. No obstante, la constante amenaza de un entorno tan hostil los impulsó a buscar una contramedida definitiva. Poseían un pequeño territorio habitable dentro de la anomalía, pero necesitaban blindarlo frente a los caprichos del laberinto.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.