CAPÍTULO 37 —
Ha-eun descubrió algo muy importante esa noche:
Dormir en casa de la abuela de Kang Min-jae era mil veces más estresante que confesar una relación falsa que terminó siendo real.
Estaba acostada en el futón, mirando el techo, completamente despierta.
—Respira... solo respira... no estás durmiendo con él... estás durmiendo cerca de él... en habitaciones separadas... bajo el mismo techo... con una abuela que escucha TODO... —murmuró para sí misma.
Como si la hubiera escuchado, la puerta se abrió apenas.
—Ha-eun —susurró Kang desde el pasillo—. ¿Estás despierta?
Ella se sentó tan rápido que casi se da un latigazo en el cuello.
—¡NO! —respondió—. Digo... sí. Pero no estaba pensando nada raro. Nada. Absolutamente nada.
Silencio.
—...No pregunté eso.
—Ah.
Él apareció en la puerta, apoyado despreocupadamente en el marco, con el cabello un poco despeinado y una camiseta cómoda que definitivamente no ayudaba a la estabilidad emocional de Ha-eun.
—La abuela preguntó si querías té —dijo—. Dice que "el amor no duerme con el estómago vacío".
—Esa mujer sabe demasiado —susurró Ha-eun.
Kang sonrió.
—Ven.
En la cocina, la abuela ya los esperaba con dos tazas humeantes.
Los miró sentarse uno al lado del otro y chasqueó la lengua.
—Ay... tan formales. Antes la gente se casaba primero y luego aprendía a sentarse incómoda junta —comentó.
Ha-eun casi se atraganta con el té.
—¡Abuela!
—Bromeo, bromeo —dijo ella levantando las manos—. Pero Kang... cuida bien a esta chica. Tiene cara de que se tropieza con el aire.
—Se tropieza con el aire —confirmó él sin dudar.
—¡HEY!
La abuela los miró con una sonrisa satisfecha.
—Descansen. Mañana vendrá gente a saludarme.
Ha-eun se congeló.
—¿Gente... qué tipo de gente?
—Vecinos, amigas, la señora del mercado... —enumeró—. Y alguien más.
Kang frunció apenas el ceño.
—¿Quién más?
La abuela sonrió como si acabara de tirar una bomba.
—Sera Han.
Silencio mortal.
Ha-eun sintió cómo su alma abandonaba su cuerpo por unos segundos.
—¿LA... Sera Han? —repitió con voz aguda.
—Sí —respondió la abuela tranquilamente—. Me llamó esta mañana. Dijo que quería visitarme. Es una chica muy educada.
Kang se puso de pie de inmediato.
—Abuela, no tenías que—
—Claro que sí tenía —lo interrumpió—. Quiero ver cómo manejan las cosas los adultos enamorados.
Ha-eun levantó la mano.
—Pregunta rápida... ¿puedo fingir una enfermedad repentina mañana?
—No —dijo Kang.
—Lo intenté.
A la mañana siguiente, Ha-eun estaba decidida a ser madura.
Elegante.
Segura.
No torpe.
Diez minutos después, se le cayó el frasco de kimchi.
—¡NOOOOO! —gritó viendo cómo el contenido se deslizaba por el piso.
Y justo en ese momento, la puerta se abrió.
—Buenos días, señora —dijo una voz femenina perfectamente controlada—. Traje frutas frescas.
Ha-eun levantó la mirada lentamente.
Sera Han estaba ahí.
Impecable.
Hermosa.
Elegante.
Con tacones.
Y Ha-eun estaba...
Arrodillada.
Con kimchi en las manos.
Oliendo a ajo.
—Ah... hola —dijo Ha-eun, con una sonrisa tensa—. Bienvenida... a... mi humillación personal—lo último lo dijo tan bajo que Sera no alcanzó a escucharla.
Ella parpadeó.
Una vez.
Dos.
—Veo que... no has cambiado —dijo con una sonrisa que no llegaba a los ojos.
Kang apareció detrás de Ha-eun de inmediato.
—Sera.
—Min-jae —respondió ella—. Veo que sigues rescatándola, apesar de que un día ella misma provocará su muerte.
Ha-eun se levantó rápido.
Demasiado rápido.
Resbaló.
—¡WOAH—!
Kang la atrapó antes de que cayera, sujetándola firmemente.
Ella quedó pegada a su pecho.
Silencio.
La abuela observaba desde la mesa como si estuviera viendo su novela favorita.
—¿Estás bien? —preguntó Kang en voz baja.
—Sí... —susurró Ha-eun—. Pero creo que el piso me odia.
Sera apretó los labios.
—Eres tan... interesante—agregó Sera en un tono que jugaba entre lo venenoso y sutil al mismo tiempo. Esa mujer podía inyectar veneno tan despacio que no podías darte cuenta cuando ya la aguja estaba en tu cuello.
Kang no soltó a Ha-eun.
—Es interesante, especial y también es mi novia—la puso en su sitio con una sonrisa satisfecha.
Directo.
Claro.
Sin titubeos.
Sera lo miró, sorprendida.
Luego miró a Ha-eun.
La evaluó.
La escaneó
La odió
Y sonrió con ironía.
—Entonces supongo que tendré que acostumbrarme —dijo—. Espero que puedas manejar estar a su lado, Ha-eun. Sabes por eso de las diferencias sociales, a veces los medios pueden ser crueles con eso.
Ha-eun respiró hondo.
Levantó la barbilla.
Y, por primera vez, no se sintió pequeña.
—No soy elegante —admitió—. Ni perfecta. Pero... él me eligió. Y yo pienso quedarme.
Kang apretó un poco más su abrazo.
La abuela aplaudió.
—¡AY! Esto está mejor que la televisión.
Sera soltó una pequeña risa forzada.
—Veo que llegué en mal momento.
—No —dijo Kang—. Llegaste justo a tiempo para entenderlo.
Sera asintió lentamente.
—Entonces... felicidades.
No sonó sincero. Era más como la combinación de muérete y desaparece de la esfera global.
—Sera, ven que quiero hablarte sobre algo, tenemos mucho tiempo que no conversamos—interrumpió la abuela y se la llevó de la cocina.
Cuando se fue, Ha-eun soltó el aire que había estado conteniendo.
—Creo que sobreviví —dijo.
Kang bajó la mirada hacia ella.
—Lo hiciste increíble.
—¿En serio?
—En serio.
Ella sonrió.
Torpe.
Auténtica.
Feliz.
—No entiendo por qué la abuela la llamó, se supone que nunca le agradó —confesó Kang con el entrecejo hundido.