The bakery next door

Pan, café caliente y felicidad

CAPÍTULO 40 —

Dos semanas después, bajo los árboles

El parque estaba cubierto de un verde tranquilo, de esos que parecen existir solo para que las personas respiren más despacio.

Ha-eun caminaba junto a Kang Min-jae, con las manos escondidas en las mangas de su abrigo, balanceándose levemente a cada paso. El aire era fresco, no frío, y el sol se filtraba entre los árboles dibujando sombras largas sobre el sendero de tierra.

Dos semanas.

Habían pasado dos semanas desde la visita de Sera Han.

Dos semanas desde la casa de la abuela.

Dos semanas desde que todo, de alguna forma, se había acomodado... sin dejar de ser un caos.

—¿En qué piensas? —preguntó Kang, mirándola de reojo.

Ha-eun parpadeó, saliendo de sus pensamientos.

—En... muchas cosas.

Él sonrió.

—Eso no responde nada.

Ella rió bajito.

—En que estas dos semanas se sintieron largas y cortas al mismo tiempo.

Y era verdad.

Después de aquel día, Sera Han había desaparecido... al menos en apariencia. No hubo llamadas. No hubo mensajes. Pero su sombra seguía ahí, en silencios incómodos y miradas que Ha-eun sentía a veces sobre la nuca cuando estaba sola.

Kang, en cambio, había sido claro.

Firme.

Presente.

No volvió a mencionarla.

No permitió insinuaciones.

Y cada vez que Ha-eun dudaba, él estaba ahí, como si supiera exactamente cuándo su inseguridad intentaba colarse.

Caminaron unos pasos más.

—Mi abuela pregunta por ti todos los días —comentó Kang de pronto—. Dice que cuándo volverás para "seguir entrenándome".

—¿Entrenarte para qué? —preguntó Ha-eun, alarmada.

—Para ser un buen esposo, según ella.

Ha-eun se detuvo en seco.

—¿Q-QUÉ?

Kang se giró hacia ella, divertido.

—Estoy bromeando... más o menos.

Ella le dio un pequeño empujón.

—No bromees con eso, me da un mini infarto.

—Anotado —dijo él—. Mini infartos prohibidos.

Siguieron caminando.

En esos días, Ha-eun había vuelto a su rutina.

Trabajo. Casa. Llamadas nocturnas con Kang.

A veces cenas improvisadas, a veces solo mensajes de "¿comiste?" que la hacían sonreír como tonta frente al teléfono.

Y Kang... Kang parecía más ligero.

Como si amar no le pesara, sino que lo acomodara.

—Dohan y Jisoo también han estado... raros —dijo Ha-eun de pronto, recordando.

Kang arqueó una ceja.

—¿Raros cómo?

—Bien raros —sonrió—. Jisoo no deja de hablar del bakery. Y de Dohan. Y de cómo "no le importa" cuando él la molesta... lo cual claramente significa que le importa mucho.

Kang soltó una risa corta.

—Dohan está insoportable.

—¿Por qué?

—Porque sonríe demasiado —respondió—. Y porque se cree muy gracioso ahora.

Ha-eun rió.

—Se besaron.

Kang se detuvo.

—¿Qué?

—Se besaron —repitió ella—. Jisoo casi se desmaya después.

—Eso explica todo —asintió él—. Dohan vive para provocar reacciones.

—Pero la cuida —añadió Ha-eun con suavidad—. Mucho.

Kang la miró.

—Como debería ser.

Siguieron avanzando hasta llegar a un banco bajo un árbol grande, cuyas hojas se movían lentamente con el viento.

Se sentaron.

Por un momento, no dijeron nada.

Ha-eun observó el lago artificial frente a ellos, el reflejo del cielo temblando en el agua. Sentía una paz extraña... y al mismo tiempo, una emoción profunda, como si algo importante estuviera creciendo silenciosamente dentro de ella.

—Ha-eun —dijo Kang de pronto.

Ella lo miró.

—Gracias —continuó—. Por quedarte. Por no huir cuando todo se volvió incómodo.

Ella bajó la mirada.

—Yo tenía miedo.

—Lo sé.

—Sera... —dudó—. Ella sabe cómo hacer sentir pequeñas a las personas.

Kang tomó su mano.

Sus dedos eran cálidos.

Firmes.

—Nunca fuiste pequeña —dijo—. Solo estabas rodeada de gente que no sabía mirarte.

Ha-eun sintió un nudo en la garganta.

—Min-jae...

Él se giró completamente hacia ella.

Le levantó el mentón con cuidado, obligándola a mirarlo.

—Mírame —pidió—. Estoy aquí. No hay nada que tengas que demostrar.

El mundo pareció reducirse a ese banco.

A ese instante.

Kang se inclinó lentamente.

No había prisa.

No había duda.

Cuando sus labios se encontraron, fue un beso suave, profundo, cargado de todo lo que no siempre se decía en voz alta. Ha-eun cerró los ojos, apoyando una mano en su pecho, sintiendo el latido firme bajo sus dedos.

Kang la rodeó con un brazo, acercándola más, como si quisiera protegerla incluso del aire.

—Me gustas —murmuró él contra sus labios—. Más de lo que pensé que era posible.

Ha-eun sonrió, con los ojos brillantes.

—Yo... estoy muy enamorada de ti.

Él apoyó su frente contra la de ella.

—Eso me hace el hombre más afortunado del mundo.

Se quedaron así un momento, respirando juntos.

El parque seguía ahí.

La vida seguía avanzando.

Pero ese instante... era solo de ellos.

Ha-eun apoyó la cabeza en su hombro.

—¿Sabes qué pienso ahora?

—¿Qué?

—Que pase lo que pase... quiero caminar así contigo muchas veces más.

Kang besó su cabello.

—Entonces hagámoslo.

Y mientras el sol bajaba lentamente entre los árboles, Kang Min-jae y Ha-eun siguieron sentados, de la mano, construyendo algo que ya no tenía que ser perfecto... solo verdadero.

El bakery estaba lleno de luz.

La luz de la mañana entraba por los ventanales grandes, rebotaba en las vitrinas de vidrio y se mezclaba con el vapor del café recién hecho. El aroma a pan caliente, mantequilla y azúcar envolvía el lugar como una promesa cumplida.

Era uno de esos días que no parecían especiales...

pero lo eran.

Ha-eun estaba sentada en una de las mesas de madera, con una taza de café entre las manos. Observaba el lugar como si quisiera memorizar cada detalle: las migas sobre el plato, el murmullo suave de la música, el sonido del horno al abrirse.



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En el texto hay: romance, kdrama, jefeyempleada

Editado: 22.05.2026

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