The Biology of Loving You

CELL DIVISION

Parte II

(8 años)

Summer permaneció en su habitación exactamente cuarenta y siete minutos.

Porque sí, los estaba contando.

Tenía ocho años y acababa de sufrir la mayor humillación de su existencia. Consideraba razonable llevar un registro preciso del tiempo necesario para recuperarse.

A través de la ventana podía ver gran parte del vecindario.

Las casas se extendían a lo largo de la costa como pequeñas mansiones privadas construidas para personas que jamás tenían que preocuparse por el dinero. Algunas eran modernas, otras imitaban villas mediterráneas, pero todas compartían algo en común: enormes jardines, piscinas brillando bajo el sol y senderos privados que descendían directamente hasta la playa.

Desde donde estaba sentada podía ver el océano.

El agua azul.

La arena blanca.

Las embarcaciones que se balanceaban a la distancia.

Y también podía ver la nueva casa de los Walker.

Era enorme.

No tan distinta de la suya.

Lo que significaba que aquellos vecinos probablemente permanecerían mucho tiempo allí.

La idea provocó una sensación extraña en su estómago.

Porque una parte de ella quería no volver a cruzarse jamás con Caspian Walker.

La otra parte quería seguir observándolo durante el resto de su vida.

—Lo cual es una reacción completamente normal y nada preocupante —murmuró para sí misma.

Años después aprendería que no era normal.

Ni un poco.

El golpe en la puerta la hizo sobresaltarse.

—¿Summer?

Era Kenji.

Su hermano abrió apenas lo suficiente para asomar la cabeza.

—¿Sigues escondida?

—No estoy escondida.

—Llevas casi una hora aquí arriba.

—Estoy ocupada.

Kenji observó la habitación.

Las estanterías llenas de libros.

Los dibujos anatómicos pegados en las paredes.

Las láminas sobre animales marinos.

Las ilustraciones de células.

Las revistas científicas infantiles.

Y finalmente volvió a mirarla.

—¿Haciendo qué?

—Pensando.

—Eso suena peligroso.

Summer tomó una almohada y se la lanzó.

Kenji la esquivó con facilidad.

—Mamá dice que bajes.

—No quiero.

—Hay hamburguesas.

—No quiero.

—Helado.

—No quiero.

—Damian intentó saltar desde el techo del cobertizo a la piscina.

Summer levantó la cabeza inmediatamente.

—¿Qué?

—Falló.

—¿Está muerto?

—Todavía no.

La niña suspiró.

Eso sonaba exactamente como algo que Damian haría.

De todos los chicos, él era probablemente el más divertido. El más escandaloso. El que siempre tenía una idea peor que la anterior.

Incluso ahora podía escucharlo desde el jardín.

Su risa llegaba hasta el segundo piso.

Fuerte.

Libre.

Contagiosa.

—¿Y el nuevo? —Preguntó finalmente.

Kenji sonrió de inmediato.

—Es genial.

Por supuesto.

Por supuesto que era genial.

Habían pasado menos de dos horas juntos y ya parecían mejores amigos.

Los niños eran así.

Especialmente los niños como Kenji.

Personas que parecían capaces de encontrar su lugar en cualquier parte.

—Luke dice que juega fútbol.

—Ajá.

—Marc dice que es bueno.

—Ajá.

—Y Damian quiere convencerlo de que se tire desde el techo.

—Eso suena más propio de Damian.

—Sí.

Hubo un breve silencio.

—También tiene una hermana mayor.

Summer intentó parecer indiferente.

Fracasó miserablemente.

—¿Y?

—Vive en Austria.

—¿Y?

—Nada.

—Entonces deja de decir "y". —Kenji soltó una carcajada. —Mamá dice que la señora Walker es agradable.

—Ajá.

—Y que ella y Veska estuvieron hablando como una hora.

—Ajá.

—Y Caspian preguntó dónde estabas.

La niña se congeló.

Completamente.

—¿Qué?

—Preguntó dónde estabas.

—¿Por qué?

—No sé.

—¿Qué dijiste?

—Que estabas traumada.

—¡KENJI!

La carcajada de su hermano resonó por toda la habitación.

—Es broma.

—Te odio.

—No me odias.

—Un poco sí.

—Mamá dice que bajes.

—No quiero ver a nadie.

—Entonces no veas a nadie.

—Eso no funciona así.

—Claro que sí.

Kenji se acercó y le revolvió el cabello.

—Vamos, Summer.

Y entonces, por primera vez desde que Caspian había llegado, ella pensó en bajar.

Porque, aunque jamás lo admitiría en voz alta, una pequeña parte de ella quería comprobar algo.

Quería saber si él realmente había preguntado por ella.

Y si lo había hecho...

quería saber por qué.

A los ocho años todavía no entendía mucho sobre biología.

No sabía nada sobre hormonas.

Nada sobre neurotransmisores.

Nada sobre reacciones químicas.

Pero sí sabía reconocer la curiosidad.

Y lamentablemente, acababa de desarrollar una muy peligrosa.




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