The Biology of Loving You

CELL DIVISION

Parte IV

(9 años)

Si alguien me hubiera preguntado cuando tenía nueve años cuál era el peor lugar del mundo, probablemente habría respondido que la escuela.

No porque fuera una mala escuela.

Todo lo contrario.

Era una de las mejores instituciones privadas del estado.

Tenía edificios enormes cubiertos por enredaderas perfectamente cuidadas, laboratorios equipados con tecnología que probablemente costaba más que algunas casas, un comedor tan grande que parecía un restaurante de lujo y suficientes canchas deportivas para albergar una competencia internacional.

Los estudiantes de primaria tenían su propia zona.

Los de secundaria otra.

Los de bachillerato otra completamente distinta.

Existían clubes para prácticamente cualquier cosa imaginable.

Robótica.

Ajedrez.

Literatura.

Astronomía.

Música.

Debate.

Y, por supuesto, todos los deportes que parecían importar muchísimo más que cualquier otra actividad académica.

Especialmente el rugby.

Porque el rugby era el reino de Kenji.

Y donde reinaba Kenji, inevitablemente terminaban reinando también los Huracanes.

A los nueve años yo todavía no entendía muy bien por qué los demás niños parecían querer encajar tan desesperadamente.

A mí me gustaban mis libros.

Me gustaban los animales.

Me gustaban las plantas.

Me gustaba sentarme cerca de los estanques del campus y observar insectos durante los recreos.

Lo que no me gustaba era hablar con otros niños.

O mejor dicho...

nunca parecía saber cómo hacerlo.

Las conversaciones siempre terminaban muriendo.

Las niñas hablaban de cantantes.

De ropa.

De fiestas.

De maquillaje que todavía ni siquiera podían usar.

Yo quería hablar sobre medusas inmortales.

Sobre especies invasoras.

Sobre tiburones.

Como era lógico, aquello no me ayudaba demasiado.

Por eso casi siempre estaba sola.

Y aunque nadie era cruel conmigo, tampoco parecía haber un lugar donde encajara.

Lo curioso era que todo el mundo conocía mi apellido.

Todo el mundo sabía quién era.

Porque yo era la hermana pequeña de Kenji Nakamura.

El mismo Kenji que acababa de ganar un torneo juvenil de rugby.

El mismo Kenji que empezaba a crecer demasiado rápido.

El mismo Kenji que ya tenía chicas mayores preguntando por él.

Aquello me parecía ridículo.

Tenía once años.

¿Quién se fijaba en alguien de once años?

Resultaba que muchas personas.

—Tu hermano va a ser modelo.

La voz de una compañera me sacó de mis pensamientos.

Parpadeé.

—¿Qué?

—Tu hermano.

Señaló hacia el campo principal.

—Mira.

Y por desgracia miré.

Porque allí estaban.

Los Huracanes.

Entrenando.

Corriendo.

Empujándose.

Gritándose cosas.

Incluso desde lejos podían distinguirse.

Kenji.

Luke.

Damian.

Marc.

Y Caspian.

A veces me enfadaba bastante observarlos.

Porque parecía injusto.

Los chicos crecían.

Se volvían más altos.

Más fuertes.

Más rápidos.

Más guapos.

Mientras tanto, mi propio cuerpo parecía haberse reunido consigo mismo para decidir que el único plan de desarrollo razonable era producir más pecas.

Más pecas.

Más cabello.

Y más pecas.

—¿No crees que Caspian es lindo? —Preguntó otra niña.

Mi cerebro se apagó automáticamente.

—No.

—Mentira.

—No es mentira.

—Es muy lindo.

—Supongo.

—Mi hermana mayor dice que cuando sea grande va a romper muchos corazones.

Aquella observación me acompañó durante toda la tarde.

Porque incluso a los nueve años ya sabía algo.

"Mi hermana mayor dice que cuando sea grande va a romper muchos corazones".

Y por alguna razón, aquellas palabras me hicieron sentir incómoda.

No sabía explicar por qué.

No sabía ponerle nombre.

Solo sabía que no me gustaban.

Nada.

Al finalizar las clases, mientras los demás alumnos se marchaban con sus familias o subían a sus vehículos, yo seguía exactamente la misma rutina de siempre.

Esperar.

Porque los Huracanes tardaban siglos en salir.

A veces había entrenamiento.

A veces reuniones deportivas.

A veces simplemente se quedaban hablando.

Y por decisión conjunta de nuestros padres, todos regresábamos juntos a casa.

El encargado de aquella misión era el señor Odiseo.

Un hombre enorme que llevaba trabajando para mi familia desde antes de que yo naciera y que conducía un automóvil tan grande que parecía capaz de transportar una pequeña nación.

—¿Hoy también tardarán? —Pregunté.

Odiseo sonrió desde el asiento delantero.

—Sí.

Suspiré.

—Lo suponía.

—Podrías hacer amigos mientras esperas.

—Podría.

—Pero no lo harás.

—No.

—Entendido.

Veinte minutos después aparecieron.

Ruidosos.

Mojados.

Hambrientos.

Como siempre.

Y de repente el vehículo se llenó de conversaciones, empujones y discusiones sobre deportes que yo fingía no escuchar.

A veces pensaba que los Huracanes eran como una especie animal distinta.

Un ecosistema completamente diferente.

Y yo era una observadora.

Una científica.

Alguien que estudiaba sus comportamientos desde una distancia prudente.

Era una teoría estupenda.

La única falla era que los científicos normalmente no se quedaban sin palabras cada vez que uno de sus sujetos de estudio les sonreía.

Y Caspian Walker seguía sonriéndome de vez en cuando.

Lo suficiente para arruinar todas mis conclusiones.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.