The Biology of Loving You

GROWTH

Parte II

(10 años)

Existe un fenómeno biológico llamado competencia.

Ocurre constantemente en la naturaleza.

Los organismos compiten por recursos.

Por alimento.

Por territorio.

Por supervivencia.

A los diez años yo todavía no sabía que también existía otra clase de competencia.

La que ocurre cuando una niña descubre que le gusta un chico.

Y resulta que muchas otras niñas también lo saben.

La primera vez que escuché el nombre de Erika Jensen fue durante el almuerzo.

Yo estaba leyendo.

Como siempre.

Y las demás niñas estaban hablando.

Como siempre.

Era una dinámica bastante estable.

—Te juro que la vi hablando con Caspian Walker.

—¿En serio?

—Sí.

—Mi hermana dice que le gusta.

—A todo el mundo le gusta.

No levanté la vista.

Continué leyendo.

O fingiendo leer.

Porque mi cerebro había abandonado completamente el capítulo sobre genética molecular.

—Erika es mucho más bonita que las demás.

—Y más alta.

—Y ya parece de secundaria.

—Mi hermano dice que es preciosa.

Aquella última palabra me molestó.

Muchísimo.

No entendía por qué.

Pero me molestó.

Recuerdo haber cerrado el libro con más fuerza de la necesaria.

Las demás niñas me observaron durante un segundo.

Luego siguieron hablando.

Nadie prestó atención.

Nadie se dio cuenta.

Y eso era algo a lo que ya estaba acostumbrada.

Las semanas siguientes comenzaron a aparecer pequeñas evidencias.

Nada importante.

Pequeñas observaciones.

Como cualquier buena científica.

Los científicos observan patrones.

Y yo llevaba años observando a Caspian Walker.

Sabía cómo caminaba.

Sabía cómo reía.

Sabía cómo sonaba su voz cuando discutía con Damian.

Sabía incluso cómo movía las manos cuando intentaba explicar algo.

Por eso noté inmediatamente los cambios.

Las conversaciones más largas.

Las sonrisas.

Las miradas.

La forma en que Erika parecía aparecer constantemente cerca de él.

Una tarde los vi salir juntos de la biblioteca.

Otra vez los vi compartir mesa durante el almuerzo.

Y una tercera ocasión los encontré caminando cerca de las canchas deportivas.

Aquel día intenté convencerme de que no me importaba.

Porque las personas normales no se obsesionan con esas cosas.

Y yo era una persona perfectamente normal.

Mentira.

Era una completa mentirosa.

El desastre ocurrió un jueves.

Siempre recuerdo que fue un jueves porque los jueves tenía laboratorio de ciencias.

Y los laboratorios de ciencias eran mis días favoritos.

Aquel día habíamos estado observando microorganismos bajo un microscopio.

Normalmente habría sido suficiente para convertirme en la persona más feliz del planeta.

No fue suficiente.

Porque al salir del edificio de ciencias decidí tomar un camino diferente hacia el estacionamiento.

Un pequeño atajo.

Nada más.

Una decisión insignificante.

Una mutación aleatoria.

Y todos sabemos que algunas mutaciones cambian organismos completos.

Los encontré detrás del gimnasio.

Ni siquiera estaban escondidos.

Simplemente estaban allí.

Erika apoyada contra una pared.

Caspian frente a ella.

Hablando.

Sonriendo.

Y después...

Besándola.

Recuerdo perfectamente lo que pensé.

No porque fuera algo inteligente.

Todo lo contrario.

Lo recuerdo porque fue increíblemente estúpido.

Mi primer pensamiento fue:

"Ah."

Solo eso.

"Ah."

Como si mi cerebro hubiera recibido demasiada información al mismo tiempo y hubiera decidido rendirse.

Me quedé inmóvil.

Observándolos.

Sin moverme.

Sin respirar.

Sin pensar.

Y por alguna razón sentí algo muy extraño dentro del pecho.

Como si alguien hubiera tomado una parte importante de mí y la hubiera apretado con fuerza.

Años después descubriría que el rechazo activa muchas de las mismas regiones cerebrales asociadas con el dolor físico.

A los diez años no sabía eso.

Solo sabía que dolía.

Muchísimo.

Y lo peor era que Caspian ni siquiera me estaba rechazando.

No sabía que existía un rechazo.

No sabía que había una guerra.

No sabía que había una competencia.

Ni siquiera sabía que yo estaba participando.

Me di la vuelta antes de que me vieran.

Y caminé.

Luego seguí caminando.

Después caminé un poco más.

Hasta llegar al automóvil del señor Odiseo.

Cuando subí al asiento trasero, él levantó una ceja.

—¿Todo bien, señorita Summer?

—Sí.

—Parece que lloró.

—No lloré.

—Entendido.

Odiseo era un hombre inteligente.

No insistió.

Aquella noche no bajé a cenar.

Petra subió comida.

No la comí.

Veska subió galletas.

No las comí.

Incluso mamá llamó dos veces.

Tampoco respondí.

Simplemente permanecí tumbada sobre la cama mirando el techo.

Escuchando las voces lejanas que llegaban desde el comedor.

Las risas.

Las conversaciones.

Los Huracanes.

Y Caspian.

Especialmente Caspian.

Mucho más tarde alguien llamó suavemente a la puerta.

—Summer.

Kenji.

—¿Qué?

—¿Vas a salir?

—No.

—Petra está preocupada.

—Estoy bien.

Hubo un pequeño silencio.

—Damian cree que te peleaste con alguien.

—No.

—Luke cree que te suspendieron.

—No.

—Marc piensa que escondes un cadáver.

—Marc es idiota.

—Eso mismo le dije.

Por primera vez en toda la tarde sonreí un poco.

Solo un poco.

—Entonces ¿qué pasó? —Preguntó finalmente.

Summer permaneció en silencio.

Porque no sabía explicarlo.




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