Parte II
(12 años)
Años después descubrí que existen relaciones simbióticas en las que ambos organismos obtienen beneficios.
Uno protege.
El otro alimenta.
Uno ayuda.
El otro responde.
Ninguno sobrevive igual sin el otro.
Cuando tenía doce años estaba convencida de que Damian y yo éramos una especie de experimento biológico extraño.
Porque nadie entendía cómo habíamos terminado siendo amigos.
Ni siquiera nosotros.
Todo comenzó con conversaciones.
Muchas conversaciones.
La mayoría ocurrían durante las cenas.
Después de clases.
Mientras los demás discutían deportes, videojuegos o cualquier actividad absurda que requiriera correr detrás de algo.
Summer hablaba de biología.
Como siempre.
Y sorprendentemente, Damian escuchaba.
Al principio pensé que fingía.
Después asumí que estaba aburrido.
Finalmente llegué a la conclusión de que simplemente estaba loco.
—Entonces las estrellas de mar pueden regenerar brazos completos.
Damian levantó una ceja.
—¿Y si pierden los dos?
—Depende de la especie.
—Eso es aterrador.
—Eso es fascinante.
—Eso es aterrador.
—Fascinante.
—Aterrador.
—Fascinante.
—Voy a darle la razón a la científica porque me da miedo discutir contigo.
Summer sonrió.
Damian también.
Y poco a poco aquello comenzó a repetirse.
Cada día.
Cada semana.
Cada mes.
Hasta que un día Damian apareció en la biblioteca.
Después apareció en el club de ciencias.
Y después empezó a hacer preguntas.
Muchas preguntas.
—¿Qué lees?
—Biología celular.
—¿Por diversión?
—Sí.
—Necesitas ayuda.
—Eso me dicen mucho.
—Bien.
Porque me estaba preocupando.
Lo extraño fue que, en lugar de burlarse, se sentó junto a ella.
Y comenzó a leer también.
No porque le gustara.
No porque entendiera demasiado.
Sino porque ella estaba allí.
Summer tardó mucho tiempo en comprender lo que significaba eso.
Porque a los doce años todavía creía que las personas permanecían porque sí.
Que la amistad era automática.
Que el cariño aparecía de la nada.
No sabía que algunas personas hacen esfuerzos silenciosos para quedarse.
Damian comenzó a aprender términos científicos.
Al principio los pronunciaba horriblemente.
—Mitocodria.
—Lo dijiste mal.
—Mitotondria.
—Peor.
—Mitorondria.
—Ahora lo haces a propósito.
—Sí.
Pero seguía intentándolo.
Y cada vez que conseguía aprender algo nuevo parecía absurdamente orgulloso de sí mismo.
—Mira.
—¿Qué?
—Sé lo que es una célula madre.
Summer levantó la vista lentamente.
—Eso lo aprende todo el mundo.
—Déjame disfrutar mi momento.
—Está bien.
—Gracias.
Aquella tarde permanecieron casi dos horas hablando.
Y cuando regresaron a casa, Luke los observó desde el asiento delantero del automóvil.
Luego observó a Damian.
Después observó a Summer.
Y finalmente negó con la cabeza.
—No entiendo nada.
—¿Qué no entiendes?
—A ustedes.
—Nosotros tampoco.
—Eso explica muchas cosas.
Lo curioso era que Damian nunca intentaba competir con Caspian.
Nunca.
Como si supiera algo que los demás ignoraban.
O quizás porque simplemente conocía a Summer mejor de lo que ella creía.
Una tarde, mientras caminaban por la playa detrás de las casas, Damian lanzó una piedra al agua y observó cómo desaparecía entre las olas.
El sol comenzaba a ocultarse.
Los demás estaban más adelante.
Marc corría.
Luke gritaba algo.
Kenji discutía con Caspian.
La normalidad.
—¿Puedo preguntarte algo?
Summer asintió.
—¿Te gusta alguien?
La pregunta la tomó completamente desprevenida.
—¿Qué?
—Lo que escuchaste.
—No.
—Mentira.
—No es mentira.
—Summer.
—Damian.
—Llevas años mirando a la misma persona.
Ella sintió que el corazón se detenía.
—No sé de qué hablas.
—Claro que sí.
Hubo unos segundos de silencio.
El viento movió ligeramente su cabello.
—¿Tan obvio es?
Damian soltó una sonrisa pequeña.
Una sonrisa triste.
Aunque Summer no lo notó entonces.
—Para mí sí.
—Oh.
—Para los demás no tanto.
—Eso ayuda.
—Me alegro.
Y por primera vez ella se preguntó si quizás Damian veía más cosas de las que aparentaba.
Muchísimas más.
Porque mientras los demás observaban a la hermana pequeña de Kenji...
Damian siempre parecía observar a Summer.
La verdadera Summer.
La que escondía libros debajo de la almohada.
La que hablaba con las plantas.
La que podía pasar una hora explicando cómo funcionaba una célula.
La que seguía enamorada del mismo chico desde hacía años.
Y aunque todavía faltaban muchas mutaciones por ocurrir...
una parte de ella comenzaba a comprender algo.
A veces el primer chico que te entiende no es el mismo chico del que estás enamorada.
Y esa diferencia puede cambiarte la vida para siempre.