The Biology of Loving You

ISOLATION

Parte II

(13 años)

Existe algo particularmente peligroso acerca de sentirse visto.

No admirado.

No observado.

Visto.

Porque son cosas completamente distintas.

Las personas me observaban constantemente.

Los profesores observaban mis calificaciones.

Los alumnos observaban mis rarezas.

Los Huracanes observaban mis manías.

Mis padres observaban que estaba creciendo.

Pero Damian...

Damian parecía verme.

Y aquella noche fue la primera vez que comprendí la diferencia.

La playa estaba prácticamente vacía.

Las casas del vecindario brillaban a la distancia, iluminando la costa con pequeños puntos dorados que se reflejaban sobre el agua. El sonido de las olas acompañaba la conversación mientras caminábamos sin rumbo fijo por la arena húmeda.

Yo seguía hablando de Olivia.

Por supuesto.

Porque cuando algo me emocionaba, mi cerebro desarrollaba la extraordinaria capacidad de ignorar todas las señales evidentes del universo.

—Y también le gusta leer.

—Ajá.

—Y sabe quién es Rosalind Franklin.

—Ajá.

—Y no se burló cuando hablé de genética.

—Ajá.

—Y...

Damian se detuvo.

Yo avancé dos pasos antes de darme cuenta.

—¿Qué ocurre?

—Nada.

—Entonces sigue caminando.

—No puedo.

—¿Por qué?

—Porque llevas veinte minutos hablando de Olivia.

—Eso es una exageración.

—Diecinueve.

—Sigues exagerando.

—Dieciocho.

—Damian.

—Summer.

Me crucé de brazos.

Él sonrió.

Yo también.

Y durante unos segundos volvimos a ser simplemente nosotros.

La científica rara.

Y el chico que siempre aparecía.

El viento movió ligeramente mi cabello.

La brisa marina olía a sal.

Y por alguna razón, el silencio dejó de sentirse incómodo.

—¿Puedo preguntarte algo? —Preguntó finalmente.

—Depende.

—¿Siempre respondes eso?

—Sí.

—Deberías buscar nuevas respuestas.

—Deberías buscar nuevas preguntas.

Damian soltó una carcajada.

Luego volvió a quedarse callado.

Y aquello fue extraño.

Porque Damian rara vez permanecía callado tanto tiempo.

—¿Qué pasa? —Pregunté.

—Estoy pensando.

—Eso me preocupa.

—Lo sé.

Volvió a mirar el océano.

Luego me miró a mí.

Y algo en su expresión hizo que mi estómago se tensara.

No porque tuviera miedo.

Porque sentía que estaba a punto de ocurrir algo importante.

Como cuando observas una reacción química y sabes que está a punto de producirse el cambio.

Todavía no sucede.

Pero sabes que sucederá.

—Summer.

—¿Sí?

—¿Sabes qué es una mitocondria?

Lo miré fijamente.

—¿Estás hablando en serio?

—Respóndeme.

—Damian.

—Respóndeme.

—Es el orgánulo encargado de producir energía celular.

—Bien.

—Eso lo sabe cualquier estudiante de biología.

—Yo no lo sabía.

—Porque eres terrible en ciencias.

—Eso fue ofensivo.

—Pero cierto.

—Un poco.

Volvimos a sonreír.

Y entonces ocurrió.

Porque las mutaciones jamás avisan.

Simplemente llegan.

—Eres mi mitocondria.

El comentario fue tan inesperado que tardé varios segundos en procesarlo.

—¿Qué?

—Lo que escuchaste.

—Eso no tiene sentido.

—Sí tiene sentido.

—No.

—Sí.

—Damian.

—Summer.

—Las personas no son mitocondrias.

—Tú sí.

—Eso sigue sin explicar nada.

La sonrisa desapareció lentamente de su rostro.

Y por primera vez aquella noche pareció nervioso.

Damian.

El mismo Damian que podía hablar con cualquier persona.

El mismo Damian que nunca parecía tener miedo de nada.

El mismo Damian que era capaz de convertir cualquier situación en una broma.

Aquel Damian parecía estar buscando las palabras correctas.

Y eso me asustó más que cualquier otra cosa.

—Significa que me gustas.

Silencio.

Las olas siguieron rompiendo contra la costa.

La brisa siguió soplando.

El mundo siguió girando.

Pero yo me quedé completamente inmóvil.

Porque de todas las cosas que esperaba escuchar aquella noche...

esa no era una de ellas.

—Oh.

Fue una respuesta terrible.

Absolutamente terrible.

Pero era la única que mi cerebro podía producir.

—Sí.

—Oh.

—Summer.

—Lo siento.

—¿Por qué te disculpas?

—Porque eso fue lo único que se me ocurrió decir.

Para mi alivio, Damian soltó una carcajada.

Una carcajada suave.

Cariñosa.

Y dolorosa.

Aunque no entendí por qué hasta mucho después.

—Eres imposible.

—Eso me dicen mucho.

—Lo sé.

Volvimos a guardar silencio.

Y yo pensé en Caspian.

Por supuesto que pensé en Caspian.

Llevaba años haciéndolo.

Pero también pensé en Damian.

En sus mensajes.

En nuestras conversaciones.

En cómo había aprendido términos científicos solo para entenderme.

En cómo siempre aparecía.

En cómo me escuchaba.

En cómo nunca parecía cansarse de mí.

Y aquello provocó algo extraño dentro de mi pecho.

Algo distinto a lo que sentía por Caspian.

Pero igualmente importante.

Igualmente real.

—No sé qué hacer con eso. —Confesé finalmente.

Damian asintió.

Como si hubiera esperado exactamente aquella respuesta.

—No tienes que hacer nada.

—¿No?

—No.

—¿Y si arruino nuestra amistad?

—Entonces seremos dos.

Lo observé.

Y durante un instante comprendí algo.

Damian sabía.

Sabía perfectamente que una parte de mí seguía atrapada en Caspian Walker.

Lo sabía.

Y aun así estaba allí.

Aun así se había quedado.

Aun así había decidido intentarlo.

Aquello me pareció la cosa más valiente que había visto jamás.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.