Parte III
(13 años)
Si alguien me hubiera preguntado a los trece años qué era lo más complicado de la Biología, probablemente habría respondido genética.
O neurociencia.
O bioquímica.
Definitivamente no habría dicho relaciones humanas.
Fue un error.
Porque las relaciones humanas son muchísimo más difíciles.
Especialmente cuando empiezas a salir con alguien.
Y sigues pensando en otra persona.
No era algo de lo que me sintiera orgullosa.
Tampoco algo que entendiera completamente.
Solo sabía que me gustaba estar con Damian.
Me gustaba hablar con Damian.
Me gustaba que me escuchara.
Me gustaba que supiera la diferencia entre ADN y ARN únicamente porque yo se la había explicado.
Y me gustaba que cuando me veía leyendo un libro de trescientas páginas sobre evolución, no actuara como si estuviera loca.
Bueno.
No demasiado loca.
Lo que no sabía era cómo explicar aquello.
Porque una parte de mí seguía perteneciendo a un lugar donde jamás había sido invitada.
Un lugar llamado Caspian Walker.
Durante tres semanas intentamos mantenerlo en secreto.
Fue una idea ridícula.
Absolutamente ridícula.
Los Huracanes eran incapaces de mantener secretos.
Especialmente Damian.
—¿Podemos no decir nada todavía? —Pregunté una tarde.
Estábamos sentados bajo las gradas de las canchas deportivas después de clases.
Damian tenía una botella de agua entre las manos.
Yo sostenía un libro.
—¿Por qué?
—Porque Kenji me matará.
—Kenji siempre amenaza con matar.
—Porque eres tú.
—Eso fue ofensivo.
—Era la intención.
Damian sonrió.
Luego me quitó el libro.
—Devuélvemelo.
—No.
—Damian.
—No.
—Devuélvemelo.
—Primero respóndeme algo.
Suspiré.
—¿Qué?
—¿Te avergüenzas de mí?
La pregunta me tomó desprevenida.
—¿Qué?
—Lo que escuchaste.
—No.
—Entonces no entiendo el secreto.
Summer bajó la vista.
Porque ni siquiera ella entendía el secreto.
No era Damian.
Nunca había sido Damian.
Era el miedo.
El miedo a las preguntas.
A las miradas.
A que alguien mencionara a Caspian.
A que alguien descubriera que una parte de ella seguía siendo la niña de ocho años que se quedó muda frente al vecino nuevo.
—Solo dame tiempo. —Mumuré.
La expresión de Damian se suavizó inmediatamente.
—Está bien.
—¿Sí?
—Sí.
—¿Así de fácil?
—Summer.
—¿Qué?
—Te habría esperado aunque me pidieras seis meses.
Y ahí estaba otra vez.
Ese dolor extraño.
Ese sentimiento cálido.
Ese cariño.
Porque Damian hacía cosas así constantemente.
Y cada vez resultaba más difícil ignorarlas.
El secreto duró exactamente tres días más.
Tres.
Ni uno más.
Ni uno menos.
Porque Damian Cross jamás había destacado por su discreción.
Todo ocurrió durante el almuerzo.
Estaba sentada bajo uno de los árboles cercanos a las canchas, leyendo mientras esperaba que comenzara el siguiente período.
Damian apareció.
Normal.
Sonriente.
Peligrosamente sonriente.
Y antes de que pudiera sospechar nada...
la besó en la mejilla.
Delante de medio campus.
—Damian.
—¿Sí?
—¿Qué acabas de hacer?
—Saludarte.
—Te voy a asesinar.
—Lo intentaremos otro día.
Y entonces ocurrió.
Una voz.
Una voz que conocía demasiado bien.
—¿Qué demonios fue eso?
Oh no.
No.
No, no, no, no.
Kenji.
Por supuesto.
Kenji.
Porque el universo disfrutaba profundamente arruinando mi existencia.
Mi hermano estaba inmóvil.
Observándonos.
Mirando a Damian.
Mirándome a mí.
Y luego volvió a mirar a Damian.
Aquello jamás era una buena señal.
—Kenji... —Empecé.
—Tú. —dijo señalando a Damian.
—Hola. —Respondió.
—No.
—¿No qué?
—No me hables.
—Exagerado.
—¿Exagerado?
—Un poco.
—¿UN POCO?
Summer cerró los ojos.
Porque ya sabía lo que iba a ocurrir.
Lo sabía.
Lo sabía.
Lo sabía.
Y aun así no fue capaz de detenerlo.
La pelea fue corta.
Ridículamente corta.
Porque Kenji estaba furioso.
Y porque Damian era incapaz de quedarse callado.
La combinación perfecta para un desastre.
Luke tuvo que intervenir.
Marc también.
Incluso algunos profesores terminaron involucrados.
Y cuando finalmente los separaron, ambos tenían el uniforme arrugado y la dignidad herida.
Especialmente Kenji.
—No vuelvas a acercarte a mi hermana. —gruñó.
Damian escupió un poco de sangre antes de responder.
—Ella no te pertenece.
Aquello empeoró todo.
Muchísimo.
No volvieron a hablarse.
Ni ese día.
Ni la semana siguiente.
Ni la siguiente.
Y aunque todos fingían normalidad, los Huracanes ya no se sentían iguales.
Había algo roto.
Algo pequeño.
Pero roto.
Como una fractura microscópica que nadie quiere admitir que existe.
Luke empezó a pasar más tiempo mediando que hablando.
Marc intentaba hacer bromas constantemente.
Caspian observaba más de lo que hablaba.
Y yo...
yo intentaba convencerme de que todo iba a arreglarse.
Porque las cosas siempre terminaban arreglándose.
¿Verdad?
Entonces llegó Olivia.
Y con ella llegó la lección más dolorosa de mis trece años.
Porque resulta que algunas personas no se acercan a ti porque les agradas.
Algunas se acercan porque están aburridas.
O porque quieren algo.
O porque disfrutan siendo crueles.
Y Olivia...
Olivia era una experta en eso.
Pero todavía no lo sabía.