Parte IV
(13 años)
Existe un concepto bastante interesante en Biología llamado mimetismo.
Algunas especies desarrollan características que les permiten parecer inofensivas.
Seguras.
Familiares.
Confiables.
Y mientras los demás bajan la guardia...
ellas obtienen exactamente lo que quieren.
Durante mucho tiempo pensé que el mimetismo era fascinante.
Después conocí a Olivia Reynolds.
Y dejó de parecerme tan fascinante.
Al principio no hubo señales.
O quizás sí las hubo y yo era demasiado ingenua para verlas.
Lo cierto es que Olivia seguía sentándose conmigo durante el almuerzo.
Seguía caminando conmigo después de clases.
Seguía preguntándome cosas sobre libros, biología y cualquier tema extraño que normalmente hacía que las personas huyeran.
Y yo seguía creyendo que había encontrado una amiga.
Una amiga de verdad.
La primera.
Porque resulta difícil explicar lo sola que puede sentirse una persona incluso cuando está rodeada de gente.
Los Huracanes estaban allí.
Mi familia estaba allí.
Damian estaba allí.
Pero ninguna de esas personas era una amiga.
No de la forma en que una chica de trece años entiende la amistad.
Yo quería compartir secretos.
Hablar de cosas absurdas.
Enviar mensajes sin razón.
Reírme de tonterías.
Tener alguien que eligiera sentarse a mi lado.
Y durante un tiempo creí que Olivia era esa persona.
Todo comenzó a derrumbarse una tarde de otoño.
El comedor estaba lleno.
Los estudiantes ocupaban prácticamente todas las mesas.
Las conversaciones se mezclaban unas con otras formando un ruido constante que normalmente me habría resultado insoportable.
Aquel día, sin embargo, estaba feliz.
Porque Olivia me había invitado a sentarme con ella.
Y también porque Damian y yo habíamos logrado sobrevivir otra semana sin que Kenji intentara asesinarlo.
Lo cual ya era un logro importante.
—Ven. —dijo Olivia sonriendo.
—Hay espacio aquí.
Summer acomodó su bandeja y se sentó.
Algunas de las chicas presentes levantaron la vista.
Luego volvieron a sus conversaciones.
Nada extraño.
Nada preocupante.
Todo parecía normal.
Hasta que dejó de serlo.
—Entonces... —dijo una de ellas.
—¿Es verdad?
Summer parpadeó.
—¿Qué cosa?
Varias miradas se cruzaron alrededor de la mesa.
Y entonces llegaron las risas.
Pequeñas.
Maliciosas.
Innecesarias.
—Lo de Damian.
El estómago de Summer se tensó.
—¿Qué pasa con Damian?
—Que sales con él.
Otra risa.
Luego otra.
Y otra.
Olivia no dijo nada.
Absolutamente nada.
Simplemente observó.
Y aquello fue peor.
Mucho peor.
Porque por primera vez algo dentro de Summer comenzó a entender.
—No entiendo qué tiene de gracioso. —Murmuró.
—Nada. —Respondió una chica.
—Solo es raro.
—¿Por qué?
—Porque es Damian.
—¿Y?
—Y tú eres tú.
Aquello provocó nuevas carcajadas.
Summer sintió que el rostro comenzaba a arder.
No entendía.
De verdad no entendía.
¿Qué significaba eso?
¿Qué tenía de malo?
¿Por qué todos parecían encontrar aquello tan divertido?
—Creíamos que te gustaba Caspian. —Comentó alguien más.
Silencio.
Completo.
Absoluto.
El corazón de Summer dejó de latir.
Olivia sonrió.
Y fue entonces cuando comprendió.
Todo.
Las conversaciones.
Las preguntas.
La curiosidad.
Las invitaciones.
Nunca habían sido amistad.
Habían sido investigación.
Olivia no quería conocerla.
Quería material para entretener a otras personas.
—¿Sabes qué es lo peor? —Continuó otra de las chicas.
—Que se nota muchísimo.
Aquello fue suficiente.
Summer se levantó tan rápido que la silla cayó hacia atrás.
El ruido resonó por todo el comedor.
Varias personas se giraron.
Pero ella ya estaba marchándose.
Porque quedarse significaba llorar.
Y jamás lloraría delante de ellas.
Jamás.
Encontró refugio en el único lugar donde siempre lo hacía.
La biblioteca.
El rincón más alejado.
Entre estanterías llenas de libros.
Entre páginas que nunca la juzgaban.
Entre historias que no se reían de ella.
Se quedó allí durante casi una hora.
Intentando respirar.
Intentando entender.
Intentando no llorar.
Fracaso absoluto.
—Sabía que te encontraría aquí.
La voz la hizo sobresaltarse.
Damian.
Por supuesto.
Siempre Damian.
—Vete. —murmuró
—No.
—Quiero estar sola.
—Mentira.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque cuando quieres estar sola te escondes en el invernadero.
No respondió.
Porque tenía razón.
Maldita sea.
Siempre tenía razón.
Damian se sentó a su lado.
Y esperó.
Simplemente esperó.
Sin presionar.
Sin preguntar.
Sin exigir explicaciones.
Como hacía siempre.
Y cuando finalmente las lágrimas comenzaron a caer, él siguió allí.
Sin moverse.
Sin juzgarla.
Sin apartar la mirada.
—Era una mentira. —murmuró ella.
—Lo sé.
—Pensé que era mi amiga.
—Lo sé.
—Fui estúpida.
—No.
—Sí.
—No.
—Damian.
—Summer.
—Fui estúpida.
Damian suspiró.
Luego apoyó suavemente la cabeza contra la estantería.
—Confiar en alguien no es ser estúpido.
—Se siente bastante estúpido.
—Eso es diferente.
Por primera vez aquella tarde, Summer soltó una pequeña risa.
Y por primera vez aquella tarde, el dolor disminuyó un poco.
No desapareció.
Pero disminuyó.
Años después descubriría que algunas heridas cicatrizan más rápido cuando alguien se queda a tu lado mientras sanan.