ADAPTATION
Parte I
(18 años)
La adaptación es uno de los mecanismos más importantes de la biología.
Las especies cambian.
Aprenden.
Sobreviven.
Migran.
Algunas veces porque quieren.
La mayoría porque no tienen otra opción.
Cuando tenía dieciséis años creía que adaptarse significaba aceptar cambios.
Dos años después descubrí que también significa aprender a despedirse.
Aquel verano los Huracanes regresaron a casa.
Y por primera vez parecían adultos.
No completamente.
Todavía discutían por estupideces.
Todavía competían por cualquier cosa.
Todavía eran incapaces de permanecer cinco minutos en silencio.
Pero algo había cambiado.
La universidad los había transformado.
Kenji parecía más seguro.
Luke más tranquilo.
Marc más maduro.
Incluso Caspian parecía distinto.
Como si hubiera encontrado finalmente su lugar en el mundo.
Y Damian...
Damian parecía cansado.
No triste.
No derrotado.
Simplemente cansado.
Fue la primera vez que lo noté.
Y durante años me odié por no haberlo notado antes.
La reconciliación ocurrió durante una de las barbacoas familiares.
Nadie la planeó.
Simplemente sucedió.
Como suelen suceder las cosas importantes.
Kenji y Damian llevaban años arrastrando aquella pelea absurda.
Una pelea nacida del amor.
Del miedo.
Y del orgullo masculino.
La peor combinación posible.
—Sigues siendo un imbécil. —dijo Kenji.
—Tú también. —respondió Damian.
—Bien.
—Bien.
Y eso fue todo.
Cinco años de resentimiento solucionados en treinta segundos.
Los hombres eran criaturas fascinantes.
Aquella noche la fiesta terminó tarde.
Los adultos regresaron a las casas.
Las luces comenzaron a apagarse.
Y poco a poco la playa quedó vacía.
Solo permanecieron ellos dos.
Como tantas veces antes.
Summer y Damian.
Sentados sobre la arena.
Observando el océano.
El mismo océano que habían contemplado durante años.
—¿Sabes? —murmuró Damian.
—Eso nunca es buena señal.
—Te odio.
—Mentira.
—Un poco.
Summer sonrió.
Y por un instante todo pareció igual que siempre.
Como si nada hubiera cambiado.
Como si todavía tuvieran todo el tiempo del mundo.
—Estuve pensando. —dijo él.
—Eso me preocupa.
—Lo sé.
Hubo una pausa.
Una larga.
Una extraña.
Y cuando Damian volvió a hablar, su voz sonó diferente.
Más suave.
Más cansada.
—Algunas células tienen que separarse para que el organismo siga creciendo.
Summer giró la cabeza lentamente.
—Eso fue sorprendentemente correcto.
—Te dije que aprendí algo.
—Estoy orgullosa de ti.
Damian soltó una pequeña risa.
Pero desapareció demasiado rápido.
—También hay especies que migran.
—Miles.
—Y cuando migran... ¿las demás lo entienden?
Summer observó el océano.
Luego negó con la cabeza.
—No siempre.
—¿Por qué?
—Porque están ocupadas.
—¿Con qué?
—Con su propia biocenosis.
Damian sonrió inmediatamente.
—Solo tú convertirías una despedida en una explicación científica.
—Solo tú aprenderías ecología para entender una despedida.
Aquello provocó otra sonrisa.
Pero esta vez hubo tristeza detrás.
Una tristeza que Summer no supo interpretar.
Todavía.
—Creo que todos estamos tan concentrados en nuestro propio ecosistema que no notamos cuando otras especies empiezan a migrar. —murmuró ella.
—Sí. —respondió Damian.
—Creo que sí.
El silencio regresó.
Cómodo.
Familiar.
Doloroso.
Y después de unos segundos, Damian tomó su mano.
Como había hecho cientos de veces antes.
—Gracias. —dijo.
Summer frunció el ceño.
—¿Por qué?
—Por todo.
—Eso es sospechosamente dramático.
—Déjame ser dramático.
—Jamás.
—Eres cruel.
—Y tú exagerado.
—Lo sé.
La observó durante varios segundos.
Y entonces sonrió.
Esa sonrisa.
La sonrisa que años después seguiría apareciendo en sus recuerdos.
—Me diste los mejores años de mi vida, Summer.
El corazón le dio un vuelco.
—Damian...
—No. Déjame terminar.
Ella guardó silencio.
—Me enseñaste cosas que nadie más me enseñó. Me escuchaste cuando nadie quería hacerlo y me hiciste sentir importante cuando yo no sabía cómo hacerlo por mí mismo.
Las lágrimas aparecieron sin permiso.
—Estás actuando muy raro.
—Lo sé.
—Demasiado raro.
—También lo sé.
—Y no me gusta.
La sonrisa de Damian tembló ligeramente.
Solo un poco.
—Lo siento.
Y entonces la besó.
No como a los trece.
No como un descubrimiento.
No como una posibilidad.
Como una despedida.
Aunque ninguno de los dos lo sabía todavía.
O quizás él sí.
Y esa posibilidad sería la que perseguiría a Summer durante el resto de su vida.
Porque meses después la policía encontraría el cuerpo de Damian Cross.
Y todo lo que quedaría de aquel verano sería una carta.
Una carta.
Un beso.
Y una pregunta imposible de responder:
¿había intentado despedirse de ella aquella noche?