The Biology of Loving You

ADAPTATION

ADAPTATION

Parte III

(18 años)

Los días posteriores a la muerte de Damian se convirtieron en una masa de informe de tiempo que Summer nunca logró ordenar completamente en su memoria. Más adelante podría recordar detalles absurdamente específicos, como el color de la corbata que Luke llevaba durante el funeral o la manera en que la lluvia golpeaba los ventanales de la casa aquella madrugada, pero era incapaz de reconstruir los acontecimientos en el orden correcto. Todo parecía mezclarse dentro de un mismo recuerdo doloroso, como si su cerebro hubiera decidido protegerla borrando los bordes de cada momento.

Lo único que permanecía claro era la sensación de vacío.

No tristeza.

No exactamente.

Vacío.

Un espacio enorme donde antes había existido alguien.

Porque eso era Damian. Un espacio. Un lugar seguro. Una constante tan presente en su vida que Summer jamás se había detenido a considerar la posibilidad de perderlo. Había asumido que siempre estaría allí. Que seguiría enviándole mensajes ridículos. Que seguiría apareciendo en su casa sin avisar. Que seguiría aprendiendo conceptos de biología únicamente para verla sonreír cuando los pronunciara mal y que seguiría dáandoles esos besos sorpresas que la hacían suspirar.

Y ahora no estaba.

Simplemente no estaba.

El funeral se celebró tres días después.

La iglesia estaba llena.

Demasiado llena.

Summer observó los bancos ocupados mientras permanecía sentada entre sus padres y Kenji. Había profesores. Compañeros de escuela. Entrenadores. Vecinos. Familiares. Personas que quizá no habían hablado con Damian en años y que ahora lloraban como si hubieran perdido una parte de sí mismas.

Tal vez la habían perdido.

Porque Damian tenía esa extraña capacidad de ocupar espacio dentro de las personas.

A unos metros de distancia estaba la madre de Damian.

Y aquello fue lo peor.

No el ataúd.

No las flores.

No los discursos.

Ella.

La mujer parecía haberse encogido dentro de su propio cuerpo. Sus hombros estaban caídos, sus manos permanecían inmóviles sobre su regazo y sus ojos parecían mirar algo que nadie más podía ver. Summer recordaba a aquella mujer sonriendo durante las barbacoas, sirviendo comida durante las reuniones familiares o riéndose de alguna tontería que los Huracanes habían hecho. La persona sentada frente al altar parecía completamente distinta.

Como si también hubiera muerto algo dentro de ella.

Kenji no lloró durante la ceremonia.

Luke tampoco.

Marc tampoco.

Caspian tampoco.

Pero Summer los conocía demasiado bien.

Vio la forma en que Kenji apretaba la mandíbula hasta hacerse daño.

Vio los puños cerrados de Luke.

Vio a Marc permanecer inmóvil durante casi una hora entera, algo completamente antinatural tratándose de él.

Y vio a Caspian mirando fijamente el ataúd con una expresión que jamás había visto en su rostro.

Era la misma expresión que tienen algunas personas cuando el mundo deja de tener sentido.

Porque los Huracanes no estaban preparados para aquello.

Nadie lo estaba.

Eran demasiado jóvenes para estar enterrando a uno de los suyos.

Cuando la ceremonia terminó, muchas personas comenzaron a acercarse a la familia para ofrecer condolencias. Summer intentó hacerlo también, pero sus piernas se negaban a obedecerla. Permaneció inmóvil junto a uno de los pilares de la iglesia observando el movimiento de la gente hasta que sintió una presencia a su lado.

—Te está buscando.

La voz de Luke sonó extrañamente apagada.

Summer levantó la vista.

—¿Quién?

Luke tragó saliva antes de responder.

—La madre de Damian.

El corazón volvió a doler.

Porque todo seguía ocurriendo.

Seguía siendo real.

La mujer la recibió con un abrazo tan fuerte que durante unos segundos Summer creyó que ambas iban a romperse allí mismo. Ninguna dijo nada al principio. No había palabras suficientes para una situación así.

Finalmente fue ella quien habló.

—Él te quería muchísimo.

Summer cerró los ojos.

Aquella frase fue peor que cualquier otra cosa escuchada durante el funeral.

Porque era verdad.

Y porque ella también lo había querido.

Quizás no de la misma manera.

Quizás no con la misma intensidad.

Pero lo había querido.

Dios.

Lo había querido tanto.

—La útlima vez que hablé con mi hijo, me pidió que te entregara esto si alguna vez pasaba algo.

La mujer sacó un sobre ligeramente doblado de su bolso.

Las manos de Summer comenzaron a temblar inmediatamente.

Porque reconoció la letra antes incluso de abrirlo.

Era Damian.

Por supuesto que era Damian.

Hasta su letra parecía incapaz de permanecer quieta.

Summer no leyó la carta allí.

No pudo.

Esperó hasta llegar a casa.

Esperó hasta encerrarse en su habitación.

Esperó hasta sentarse sobre la alfombra rodeada de libros de biología, exactamente igual que cuando tenía ocho años y el problema más grande de su vida era que Caspian Walker la había confundido con un niño.

Qué pequeña parecía aquella tragedia ahora.

Con dedos temblorosos abrió el sobre.

Y leyó.

"Hola, Mitocondria."

La primera lágrima cayó inmediatamente sobre el papel.

>>Si estás leyendo esto, significa que algo salió terriblemente mal, lo cual es bastante típico en mí. Antes que nada, no quiero que te culpes por nada. Ni por no haber visto cosas. Ni por no haber arreglado cosas. Ni por no haberme salvado. Las personas no funcionan así, Summer. Y créeme, lo pregunté. Incluso investigué porque sabía que me responderías con algún dato científico insoportablemente preciso.

Summer soltó una risa rota.

Luego siguió leyendo.

>>Quiero que sepas algo. Me diste los mejores años de mi vida. No los más felices. Los mejores. Hay una diferencia. Porque los años felices aparecen y desaparecen. Los mejores son aquellos donde alguien te hace sentir visto. Tú hiciste eso por mí.




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