SYMBIOSIS
Parte I
(22 años)
Una relación simbiótica ocurre cuando dos organismos distintos aprenden a coexistir.
Algunas veces ambos se benefician.
Algunas veces uno protege al otro.
Y algunas veces simplemente sobreviven mejor juntos que separados.
Lo curioso es que ninguna de las especies involucradas suele darse cuenta de lo que está ocurriendo al principio.
Porque si me hubieran preguntado cuándo comenzó todo con Caspian Walker, habría respondido algo ridículamente romántico.
El día que lo conocí.
La tarde de la limonada.
El accidente del baloncesto.
Cualquiera de esas opciones.
La realidad era mucho menos elegante.
Todo comenzó en una biblioteca.
Y ambos estábamos llorando a Damian.
La universidad se había convertido en algo parecido a un hogar.
No exactamente.
Pero lo suficientemente parecido.
Los laboratorios eran familiares.
Los profesores conocían mi nombre.
Los estudiantes de Biología sabían que probablemente me encontrarían estudiando incluso cuando no tenía clases.
Y por primera vez en mi vida me sentía cómoda siendo Summer.
No la hermana de Kenji.
No la chica enamorada de Caspian.
Solo Summer.
Aquello era agradable.
Hasta que llegó el aniversario de la muerte de Damian.
Entonces todo volvió a doler.
La biblioteca estaba casi vacía aquella tarde.
Los exámenes finales se acercaban y la mayoría de los estudiantes preferían sufrir en grupo.
Yo no.
Siempre había sufrido mejor sola.
Llevaba aproximadamente una hora intentando leer el mismo artículo científico cuando escuché un ruido al otro lado del pasillo.
No levanté la vista inmediatamente.
Lo hice cuando escuché un segundo ruido.
Y después un tercero.
Y entonces encontré a Caspian.
Sentado en el suelo.
Con una botella de agua a medio terminar.
Y una fotografía entre las manos.
Mi corazón tardó varios segundos en reconocerla.
Porque conocía aquella fotografía.
La había visto cientos de veces.
Los Huracanes.
Damian.
Verano.
Quince años.
Antes de que todo se rompiera.
Antes de que todo cambiara.
Antes de que alguien emigrara demasiado pronto.
Durante unos segundos ninguno habló.
Y entonces comprendí algo.
Caspian estaba llorando.
No mucho.
No dramáticamente.
No como en las películas.
Simplemente estaba llorando.
En silencio.
Completamente solo.
Y de repente todos los años que había pasado idealizándolo desaparecieron.
Porque los héroes no lloran.
Los chicos perfectos tampoco.
Las personas sí.
Y Caspian era una persona.
Una persona rota.
Igual que yo.
—Hola.
La palabra salió antes de que pudiera detenerla.
Caspian levantó la cabeza.
Durante un segundo pareció avergonzado.
Luego simplemente pareció cansado.
—Hola.
—¿Interrumpo?
—No.
Mentira.
Probablemente sí.
Pero ninguno de los dos tenía energía para fingir aquella tarde.
Me senté junto a él.
Sobre el suelo.
Entre libros.
Entre silencio.
Entre recuerdos.
Y durante varios minutos ninguno habló.
Era extraño.
Porque años atrás aquel silencio me habría parecido insoportable.
Ahora se sentía familiar.
Cómodo.
Necesario.
—Extraño su voz. —murmuré finalmente.
No sabía por qué había dicho aquello.
Simplemente ocurrió.
Como tantas cosas importantes.
Caspian observó la fotografía.
Luego sonrió.
Una sonrisa triste.
—Yo extraño sus chistes malos.
—Yo extraño que pronunciara mal todos los términos científicos.
—Creo que lo hacía a propósito.
—Definitivamente lo hacía a propósito.
Aquello provocó una pequeña risa.
La primera de la tarde.
Y después otra.
Y otra.
Pequeñas.
Rotas.
Pero reales.
Como si durante unos minutos Damian volviera a sentarse entre nosotros.
—¿Sabes qué es lo peor? —preguntó Caspian.
Negué con la cabeza.
—Que sigo pensando en llamarlo.
Aquello me destruyó.
Porque yo hacía exactamente lo mismo.
Todavía.
Cuatro años después.
Todavía.
Y por primera vez comprendí que no estaba sola dentro de aquel dolor.
Porque Caspian también cargaba una ausencia.
También cargaba culpa.
También cargaba preguntas.
Y quizás...
solo quizás...
ambos estaban cansados de llevarlas solos.
Aquella tarde no hablamos de amor.
Ni de sentimientos.
Ni del pasado.
Ni del beso.
Ni de Erika.
Ni de nada que hubiera ocurrido entre nosotros.
Hablamos de Damian.
Durante cuatro horas.
Y cuando finalmente abandonamos la biblioteca, ocurrió algo extraño.
Por primera vez en años ninguno de los dos parecía estar huyendo.
Ni de sí mismo.
Ni del otro.
Porque algunas relaciones no nacen del amor.
Algunas nacen del duelo.
Y quizás aquella fue la primera vez que Caspian Walker y yo comenzamos a encontrarnos realmente.