SYMBIOSIS
Parte II
(22 años)
Las relaciones simbióticas no aparecen de repente.
No existe un instante exacto en el que dos organismos deciden depender el uno del otro.
Ocurre lentamente.
A través de pequeñas interacciones.
Pequeñas adaptaciones.
Pequeños cambios que parecen insignificantes hasta que un día miras atrás y descubres que ya no sabes funcionar exactamente igual sin la presencia del otro.
Durante mucho tiempo pensé que la simbiosis era un concepto sencillo.
Después conocí a Caspian Walker de verdad.
Y entendí que estaba equivocada.
Porque el Caspian que encontré a los veintiún años no era el mismo chico del que me había enamorado cuando tenía ocho.
Tampoco era el mismo que había besado a Erika detrás del gimnasio.
Ni el mismo que había evitado mirarme durante años.
Era alguien distinto.
Más silencioso.
Más cansado.
Más humano.
Y quizás esa fue la razón por la que finalmente empezamos a encontrarnos.
Todo ocurrió de forma tan gradual que ninguno de los dos pareció notarlo al principio. Comenzó con tardes compartidas en la biblioteca. Summer llegaba con sus apuntes de biología molecular, convencida de que pasaría varias horas estudiando sola, y terminaba encontrando a Caspian en una mesa cercana, revisando trabajos universitarios o fingiendo leer mientras observaba el mismo párrafo durante veinte minutos. Ninguno preguntaba por qué el otro estaba allí. Ninguno parecía necesitar explicaciones. Simplemente compartían el espacio.
Aquello era nuevo.
Porque durante años todo entre ellos había sido tensión.
Expectativas.
Silencios incómodos.
Preguntas sin responder.
Ahora no.
Ahora podían permanecer sentados durante una hora entera sin intercambiar más de dos frases y aun así sentirse acompañados.
Y para Summer aquello era extrañamente reconfortante.
En algunas ocasiones terminaban cenando juntos después de clases. No porque lo planearan. Simplemente ocurría. Salían de la biblioteca al mismo tiempo, caminaban hacia la cafetería universitaria y acababan compartiendo mesa mientras hablaban de cualquier cosa excepto de sí mismos. Hablaban de profesores insoportables. De entrenadores demasiado exigentes. De exámenes imposibles. De libros. De deportes. De los Huracanes.
Especialmente de los Huracanes.
Porque era imposible hablar de uno sin hablar de los demás.
Y era imposible hablar de los demás sin terminar hablando de Damian.
A veces recordaban alguna estupidez que había hecho durante la secundaria. Otras veces discutían cuál había sido la peor idea que había tenido en toda su vida, una competencia imposible de ganar porque Damian había producido una cantidad alarmante de malas decisiones. En una ocasión pasaron casi cuarenta minutos debatiendo si realmente había intentado construir una catapulta humana cuando tenían once años o si aquello era un recuerdo exagerado por el paso del tiempo.
Resultó que sí había intentado construirla.
Aquello los hizo reír tanto que Summer terminó llorando.
Y ninguno de los dos supo exactamente cuándo las lágrimas dejaron de ser de tristeza.
Los fines de semana comenzaron a reunirse con más frecuencia. Algunas veces aparecía Kenji. Otras, Luke. Algunas Marc. Pero incluso cuando los demás estaban presentes, Summer empezaba a notar algo extraño. Caspian ya no parecía buscar la forma más rápida de alejarse de ella. Tampoco parecía incómodo. No evitaba su mirada. No desaparecía cuando ella entraba en una habitación. Era como si ambos estuvieran aprendiendo nuevamente quién era la otra persona.
Y aquello resultaba peligroso.
Porque Summer había pasado años enamorada de una idea.
Ahora estaba conociendo a una persona.
Y las personas son mucho más difíciles de olvidar.
Descubrió, por ejemplo, que Caspian seguía despertándose demasiado temprano incluso cuando no tenía clases. Descubrió que odiaba el café, algo que le parecía casi ofensivo tratándose de un estudiante universitario. Descubrió que era incapaz de permanecer quieto cuando estaba preocupado y que caminaba en círculos mientras pensaba. Descubrió que conservaba todas las fotografías donde aparecían los Huracanes y que todavía guardaba mensajes de voz de Damian en su teléfono.
Aquello fue lo que más la sorprendió.
Porque Summer también los conservaba.
Y por primera vez comprendió que ambos estaban haciendo exactamente lo mismo.
Intentaban aferrarse a alguien que ya no estaba.
Intentaban impedir que el tiempo siguiera avanzando.
Intentaban conservar una especie que había migrado demasiado pronto.
Una tarde particularmente lluviosa terminaron refugiados en una de las salas vacías del edificio de ciencias. El sonido de la lluvia golpeando los ventanales llenaba el silencio mientras Summer revisaba unos apuntes y Caspian observaba distraídamente el exterior. Ninguno hablaba demasiado. Ninguno parecía tener energía para hacerlo.
Fue entonces cuando Summer lo observó por encima de sus hojas y comprendió algo que la sorprendió.
Ya no estaba enamorada del recuerdo de Caspian.
Tampoco estaba enamorada del chico perfecto que había construido en su cabeza durante años.
Lo que sentía ahora era mucho más complejo.
Porque finalmente estaba viendo a la persona real.
Y la persona real estaba rota.
Tenía cicatrices.
Errores.
Culpas.
Miedos.
Y aun así, o quizás precisamente por eso, le importaba más que nunca.
Afuera la lluvia seguía cayendo.
Adentro ninguno parecía dispuesto a marcharse.
Y sin que ninguno de los dos lo notara todavía, aquella era exactamente la definición de simbiosis.
Dos organismos distintos.
Dos sistemas dañados.
Dos personas que llevaban años sobreviviendo solas.
Aprendiendo, poco a poco, que quizás era más fácil respirar cuando el otro estaba cerca.