SYMBIOSIS
Parte III
(22 años)
La ciencia tiene un pequeño problema.
Las hipótesis rara vez sobreviven intactas al experimento.
Algunas se fortalecen.
Otras se derrumban.
Y algunas evolucionan hasta convertirse en algo completamente distinto de lo que imaginabas al principio.
Cuando tenía ocho años me enamoré de una hipótesis.
A los veintiún descubrí que la realidad era muchísimo más interesante.
Aquella noche la lluvia había obligado a la mayoría de los estudiantes a refugiarse en sus residencias universitarias.
Las calles del campus estaban prácticamente vacías.
Las ventanas brillaban bajo la tormenta.
Y el mundo entero parecía más silencioso de lo habitual.
Summer había terminado quedándose en el apartamento de Caspian después de una sesión de estudio que ninguno de los dos había tomado demasiado en serio.
Los apuntes permanecían abiertos sobre la mesa.
Los libros también.
Pero hacía más de una hora que ninguno estaba leyendo.
Simplemente hablaban.
Como habían aprendido a hacerlo durante los últimos meses.
Sin miedo.
Sin tensión.
Sin aquella distancia absurda que los había acompañado durante años.
La cercanía había llegado tan lentamente que resultaba difícil señalar cuándo había comenzado exactamente.
Quizás fue en la biblioteca.
Quizás durante las cenas.
Quizás en alguno de los cientos de silencios compartidos.
Lo único seguro era que ahora resultaba natural.
Y aquello seguía sorprendiéndola.
Caspian estaba sentado junto a ella en el sofá.
No demasiado cerca.
No demasiado lejos.
Lo suficiente para que Summer pudiera sentir el calor de su cuerpo cuando movía el brazo.
Lo suficiente para que ya no pareciera extraño.
Porque la verdad era que llevaban meses acercándose.
Meses encontrándose.
Meses aprendiendo nuevamente quién era la otra persona.
Y en algún momento el espacio entre ambos había dejado de existir.
—¿Qué? —preguntó Caspian de repente.
Summer parpadeó.
—¿Qué qué?
—Llevas cinco minutos observándome.
—Eso es una exageración.
—Tres.
—Sigue siendo una exageración.
Una sonrisa apareció lentamente en el rostro de Caspian.
Aquella sonrisa.
La real.
La que no usaba para los demás.
La que aparecía cuando estaba tranquilo.
Y por alguna razón Summer sintió que el corazón se aceleraba.
Todavía.
Después de tantos años.
Todavía.
—Solo estaba pensando. —murmuró.
—Eso me preocupa.
—Lo sé.
—Siempre me preocupa cuando piensas demasiado.
—Es un riesgo ocupacional.
—¿De los biólogos?
—De las personas obsesionadas con analizarlo todo.
Aquello provocó una pequeña risa.
Y durante unos segundos volvieron a quedarse en silencio.
Cómodo.
Tranquilo.
Familiar.
Summer apoyó la cabeza contra el respaldo del sofá mientras lo observaba.
De verdad lo observaba.
No al Caspian de sus recuerdos.
No al chico perfecto que había construido durante años.
No a la fantasía.
Al hombre sentado junto a ella.
Al que se despertaba demasiado temprano.
Al que odiaba el café.
Al que conservaba mensajes de voz de Damian porque todavía no era capaz de borrarlos.
Al que fingía estar mejor de lo que realmente estaba.
Al que había sobrevivido a tantas cosas sin que nadie pareciera notarlo.
Y por primera vez entendió la diferencia.
La enorme diferencia.
—¿Sabes algo? —preguntó.
—Depende.
—Durante años estuve enamorada de una hipótesis.
Caspian giró la cabeza lentamente.
—Eso suena preocupante.
—Lo era.
—¿Y qué ocurrió con ella?
Summer sonrió.
Una sonrisa pequeña.
Honesta.
—Llegó el experimento.
Aquello pareció desconcertarlo.
—No estoy seguro de entender.
—La hipótesis era terrible.
—Gracias.
—Déjame terminar.
—Continúa, científica.
Durante un instante ella simplemente lo observó.
Y luego dijo la verdad.
La verdad completa.
—Pensaba que sabía quién eras, pensaba que estaba enamorada de ti, pero en realidad estaba enamorada de una idea. De una versión imaginaria que construí cuando tenía ocho años.
La habitación quedó en silencio.
Y por primera vez Caspian no apartó la mirada.
No huyó.
No se escondió.
Simplemente escuchó.
—¿Y ahora? —preguntó suavemente.
La respuesta apareció sin esfuerzo.
Porque llevaba meses creciendo dentro de ella.
Meses tomando forma.
Meses convirtiéndose en algo real.
—Ahora me gusta demasiado el resultado del experimento.
Aquello hizo que Caspian sonriera.
Y Dios.
Aquella sonrisa casi la destruyó.
Porque no era arrogante.
No era divertida.
Era vulnerable.
Como si aquella respuesta hubiera significado más de lo que estaba dispuesto a admitir.
Ninguno habló durante varios segundos.
El sonido de la lluvia llenó el espacio entre ellos.
Y por primera vez Summer sintió que ya no quedaban barreras.
No importantes.
No las verdaderamente importantes.
Entonces Caspian levantó una mano y apartó un mechón de cabello que había caído sobre su rostro.
El gesto fue tan simple que debería haber significado muy poco.
Pero no fue así.
Porque existían años detrás de aquel movimiento.
Años de silencios.
De distancia.
De oportunidades perdidas.
Y ahora él estaba allí.
Mirándola.
De verdad mirándola.
Como si finalmente ambos hubieran llegado al mismo lugar.
El beso llegó lentamente.
Sin prisas.
Sin accidentes.
Sin malentendidos.
Sin huidas.
Nada parecido al desastre de cuando tenían doce años.
Esta vez ninguno tropezó.