(27 y 29 años)
Epílogo
Siempre me gustó la biología porque prometía respuestas.
Cuando tenía ocho años creía que si estudiaba suficientes células, suficientes organismos y suficientes ecosistemas, eventualmente encontraría una explicación lógica para todo aquello que parecía imposible de entender. Quería saber por qué algunos órganos eran más importantes que otros. Quería saber por qué ciertas especies permanecían juntas toda la vida. Quería saber por qué algunos organismos sobrevivían incluso después de sufrir daños devastadores. Y, sobre todo, quería entender por qué un niño austríaco de diez años había sido capaz de alterar permanentemente la química completa de mi cuerpo.
Resultó que la ciencia podía responder muchas preguntas.
Pero no todas.
Nunca todas.
Y quizás esa era la parte más hermosa.
La mañana de mi boda amaneció luminosa.
No existía una sola nube sobre el océano.
La playa brillaba bajo el sol.
Las olas rompían suavemente contra la costa.
Y por primera vez en muchísimo tiempo, mi corazón estaba completamente en calma.
No porque la vida se hubiera vuelto perfecta.
Porque finalmente había dejado de exigirle perfección.
La habitación donde me preparaba estaba llena de movimiento. Había flores sobre prácticamente todas las superficies disponibles, vestidos colgados en las puertas, cajas abiertas sobre las camas y varias personas entrando y saliendo constantemente mientras intentaban organizar algo que parecía imposible de organizar. Sin embargo, en medio de aquel caos, Summer permanecía sentada frente al espejo observando su reflejo con una tranquilidad que habría resultado irreconocible para la niña que una vez había escondido sus pecas bajo una gorra.
Porque aquella niña había pasado gran parte de su vida intentando convertirse en alguien digna de ser amada.
Y aquella mujer finalmente había comprendido que nunca necesitó hacerlo.
La puerta se abrió lentamente.
Kenji apareció.
Y durante unos segundos ninguno dijo nada.
Porque algunas emociones son demasiado grandes para expresarlas inmediatamente.
Su hermano permaneció inmóvil observándola.
Después sonrió.
Y aquella sonrisa fue suficiente para que Summer sintiera las lágrimas amenazando nuevamente.
—No llores. —dijo él.
—Ni siquiera he empezado.
—Precisamente por eso.
Aquello provocó una pequeña risa.
Kenji avanzó hasta quedar frente a ella y durante unos segundos simplemente la observó.
No como el capitán de rugby.
No como el hijo perfecto.
No como el arquitecto exitoso.
Simplemente como el hermano mayor que había pasado toda una vida intentando proteger algo que amaba demasiado.
—¿Sabes qué es lo peor? —preguntó.
—¿Qué?
—Que sigo viéndote como una niña.
Summer soltó una carcajada.
—Eso explica muchísimas cosas.
—No te burles.
—Te peleaste con medio planeta porque salí con Damian y luego te peleaste con Caspian cuando me propuso matrimonio.
—Y volvería a hacerlo.
—Kenji.
—Volvería a hacerlo.
El comentario provocó una nueva risa.
Pero esta vez ambos sabían que había algo más detrás.
Porque mencionar a Damian ya no significaba abrir una herida.
Significaba recordar.
Y aquello era diferente.
Muy diferente.
La ceremonia se celebró exactamente donde Summer siempre había imaginado que ocurriría.
Frente al mar.
Frente a aquella playa que había sido testigo de prácticamente toda su vida.
Frente al mismo océano donde había llorado.
Amado.
Perdido.
Crecido.
Y sobrevivido.
Los invitados ocupaban las filas cuidadosamente preparadas sobre la arena. Los familiares conversaban en voz baja. Los amigos sonreían. El viento movía suavemente las decoraciones blancas mientras la música comenzaba a sonar.
Y allí estaban los Huracanes.
O lo que quedaba de ellos.
Luke.
Marc.
Kenji.
Caspian.
Un espacio vacío que nadie mencionó.
Y aun así todos vieron.
Porque algunas ausencias permanecen incluso durante los momentos más felices.
Y eso no significa que el amor sea menor.
Significa que la persona importó.
Cuando Summer comenzó a caminar hacia el altar, el tiempo pareció desacelerarse.
No porque estuviera nerviosa.
Porque estaba observándolo.
A Caspian.
Y por primera vez en toda su vida no vio una hipótesis.
No vio una fantasía.
No vio al chico perfecto que había construido dentro de su cabeza cuando era una niña.
Vio al hombre que había aprendido a amar.
Al hombre real.
Con defectos.
Con cicatrices.
Con errores.
Con culpas.
Con pérdidas.
Con todo aquello que lo convertía en humano.
Y aun así...
o quizás precisamente por eso...
seguía pareciéndole extraordinario.
Cuando finalmente llegó frente a él, Caspian tomó sus manos y soltó una pequeña risa nerviosa.
—¿Qué? —preguntó Summer.
—Nada.
—Eso es mentira.
—Estás hermosa.
—Eso tampoco era lo que estabas pensando.
—Me conoces demasiado.
—Han pasado diecisiete años.
—Buen punto.
Aquello provocó algunas risas entre los invitados.
Y también permitió que ambos respiraran.
Porque incluso después de todo aquel tiempo seguían siendo ellos.
Seguían siendo Summer y Caspian.
Los votos llegaron después.
Y fueron imperfectos.
Exactamente como debían ser.
Caspian habló primero.
Habló sobre crecimiento.
Sobre errores.
Sobre segundas oportunidades.
Habló sobre una niña de ocho años que había conocido mientras sostenía una jarra de limonada demasiado grande para ella. Habló sobre todos los años desperdiciados. Habló sobre la culpa de no haber sido más valiente. Habló sobre Damian. Sobre cómo, incluso después de marcharse, seguía formando parte de ellos.
Y cuando terminó, prácticamente nadie conservaba los ojos secos.
Summer tampoco.
Pero aun así sonrió.
Porque finalmente comprendía algo que había tardado décadas en aprender.
Las personas no dejan de formar parte de nosotros cuando desaparecen.
Simplemente cambian de lugar.